18 de noviembre de 2011
18.11.2011
En cuatro años

Diputados de PP y PSOE solo han preguntado 5 veces por Balears

Mallorca y Balears llegaron en total 22 veces a los plenos de Congreso y Senado, pero en 17 ocasiones fue el senador del PSM Sampol el protagonista

18.11.2011 | 11:52
Zapatero se dirige al pleno del Congreso, en el que había seis mallorquines silenciosos.
Como diría José Ramón Bauzá, fueron a hacer lo que dijeron que iban a hacer. Solo que no lo hicieron. O no tanto como dijeron que harían. Los diputados y senadores que en los últimos cuatro años han representado a Mallorca han pasado por las cámaras con más pena que gloria. Silencio es la palabra. De los doce representantes mallorquines, ocho no llegaron a alzar la voz en el pleno para acordarse de su comunidad. Escuchar el nombre oficial de sa Roqueta en Madrid salió así carísimo: a 70.000 euros de salario medio anual para los once representantes del PP y el PSOE (tres millones en cuatro años), cada una de las cinco preguntas sobre Balears que se escucharon en los plenos de Congreso y Senado costó 600.000 euros. El precio de la palabra Balears solo baja cuando se incorpora al registro al único representante mallorquín sin carné del PSOE o el PP, Pere Sampol. El senador del PSM preguntó él solito por su isla y por Balears en 17 de las 22 ocasiones en que los plenos de las cámaras debatieron sobre el archipiélago.

¿A qué se debe tal nivel de aparente desidia? Ellos alegan impotencia. El diputado, como el corazón, tiene razones que la razón no entiende. Y excusas que se dan sistemáticamente por válidas. La principal fermenta en un concepto que está en la base de gran parte de las virtudes y defectos del parlamentarismo: la llamada "disciplina de partido". La describió a voz en grito hace dos siglos Benjamin Disraeli, un primer ministro de la inglaterra victoriana que, acosado por la rebelión de sus correligionarios, espetó: "Malditos sean sus principios: ¡Respalden al partido!" Y desde entonces hasta ahora. Sobre todo en países donde manda el bipartidismo, fuerza arrolladora que lleva a los diputados a representar primero los intereses de sus siglas y, después, si cabe, los de los ciudadanos que los eligieron.

La prueba más elocuente del servilismo del diputado a sus colores la ofrece el único representante balear que no ha pasado los últimos años bajo el paraguas del PP o del PSOE: Pere Sampol. El ya exsenador de PSM-Entesa defendió en Senado a Balears más veces que el resto de senadores juntos. ¿Por qué? Los propios diputados lo aclaran. Primero, porque Sampol era el único representante de su formación política. Y segundo y fundamental, porque su partido no era parte del gobierno. Así que podía hablar.

No les pasaba a los del PSOE, a los que el propio Sampol justifica, apelando a la manoseada disciplina del partido y la maldición que pesa desde tiempos de Disraeli sobre los principios de cada político: "Si formas parte de la mayoría, estás más atado. Entiendo el provincialismo que hace que no hayan querido meter el dedo en el ojo de su gobierno. Tienen otras vías para defender a sus ciudadanos: pueden presionar en los despachos, moverse en del partido o utilizar sus contactos para hacer un trabajo silencioso", resume Sampol, que no se muestra tan complaciente con los representantes baleares del PP. "Su actitud ha sido de un servilismo lamentable. Solo han intervenido para defender al partido. Estaban en la oposición y no han hecho oposición".

El corta-pega del PP
Aunque Sampol exagera. Los del PP hicieron mucho, al menos por la aplicación de la informática y el corta-pega a la evolución del parlamentarismo. Suena a broma, pero es en serio: la mayor aportación cuantitativa de los diputados del PP a la novena legislatura que ahora concluye fue la presentación de 4.586 preguntas escritas al Gobierno. La cifra apabulla. De puro grosor dan ganas de subirles el sueldo. Al menos hasta que se lee el contenido de las preguntas, cuando dan ganas de incautárselo. En la creencia de que más vale preguntar diez veces lo mismo que no preguntar ninguna, los del PP dedicaron gran parte de su energía a presentar todos las mismas preguntas durante cuatro años.

Y no solo eso: le cogieron tanto gusto al detalle que llegaron a preguntar lo mismo variando cada vez la población a la que se referían, el sexo de los ciudadanos por los que inquirían o el grupo de edad al que pertenecían. Un ejemplo real le abriría los ojos al mismísimo Disraeli y su disciplina de partido: en vez de usar el ordenador que se les regala al llegar a la Cámara para consultar en la web del Instituto Nacional de Estadística el dato que les interesaba, los diputados del PP emplearon el costoso engranaje burocrático del Congreso para preguntar por cuadruplicado por "la tasa de actividad masculina" en cada uno de los 67 municipios baleares. Y como no les parecía concreción suficiente, pidieron la tasa de paro femenino pueblo por pueblo. Otras 67 muescas. Y para que ningún dato inútil se perdiese, solicitaron para cada pueblo la tasa por tramos de edad, antes de reclamar el número de pensionistas por municipio y el de delitos por tipo y población.

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