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Diario de Mallorca

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Opinión

Quién necesita a mbappé

Final de la Champions League: Liverpool - Real Madrid Reuters

Cuando usted lea estas líneas, es posible que Valverde siga galopando en París incluso después de ser sustituido, alguien debería acercarse a desconectar a la dinamo madridista. Si el club blanco hubiera fichado a Mbappé, lo más probable es que el francés lograra inscribirse por primera vez en una final de Champions, solo que para contemplarla desde el desván del banquillo al igual que Hazard, Bale y demás marcas de lujo madridista. La alineación completa de Ancelotti se compone de retales y restos de serie. Todos los finalistas han sentido sobre su cabeza la guillotina del traspaso, empezando por el Vinicius a quien Zidane ordenó despedir años antes de su gol en la final parisina, y sin olvidar a Courtois.

No jugaba por tanto el Real Madrid, salía a pista el Mad Max. El triunfo era incierto, solo el sufrimiento estaba garantizado. La anulación del fichaje de Mbappé es lo mejor que podía ocurrirle a los blancos para afrontar aguijoneados la final de Champions. Ni siquiera los descentró la repelente actuación musical de Camila Cabello, que se desgastó más en tres canciones sobre el césped que la suma de Bale y Hazard durante toda su peripecia blanca. Celebrando el triunfo en el palco se hallaba Felipe VI. Por fortuna, está acostumbrado a ser el segundo rey español en importancia, en esta ocasión por detrás de Florentino Pérez.

El Madrid alcanzaba la final que nunca jugará Mbappé después de haber estado eliminado durante el ochenta por ciento de la competición, es un equipo resucitado. Y si volver de entre los muertos tiene cierto mérito, lograrlo por triplicado ha despertado el asombro continental. Se desperezaba en la media hora final de cada eliminatoria, para sacudirse a monstruos como City, Chelsea o PSG como si fueran pulgas.

La pregunta no era si el Madrid iba a sobrevivir a la final, sino si iba a resucitar como llevaba haciendo en las tres eliminatorias encadenadas. Y de nuevo regresó de entre los muertos, tras una primera parte de parálisis absoluta. La primera parte fue un monólogo insultante del Liverpool, un equipo insultante que ametralló a Courtois por todos los rincones. Salah se multiplica por tierra, mar y aire, hay una imagen que lo muestra defendiendo a Benzema.

La mitad de los jugadores del Madrid aguardan al descanso para volver a la vida, el guardameta no puede permitirse el recreo. Antes y después del gol, resolvió las amenazas más insospechadas con la falta de pasión que caracteriza a los belgas. La Champions le pertenece.

Jürgen Klopp ha fabricado un equipo extraordinario, hasta el punto de que Vinicius no pudo llevar a cabo ni una de sus internadas fulminantes. El Madrid solo disparó a gol en una ocasión antes del descanso, y marcó aunque la diana de Benzema fuera anulada por la alta tecnología.

La apertura fallida del marcador descabaló a un Liverpool que degeneró en un equipo convulso, una inseguridad que el descanso no amansó. En la jugada del francés había fallado estrepitosamente la coordinación del portero y dos defensas. De repente, el Liverpool parecía vulnerable. Pedía perdón, después de haber irrumpido en la final sin pedir permiso. El gol anulado desequilibró a los ingleses con mayor eficacia que el tanto legal de Vinicius, además de que sirvió para facilitarlo.

Obediente a la tradición, el Madrid saltó al campo como si tuviera que perder, con un delantero de menos al alinear al prodigioso Valverde. Concedía graciosamente un hipotético gol inaugural de los ingleses, que no se produjo. Y acabó por darle la vuelta a la realidad. Nadie ha conseguido desentrañar la magia del Madrid. Solo Jorge Valdano se ha acercado a una interpretación válida, pero desistió antes de alcanzar su núcleo.

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