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Diario de Mallorca

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Souvenirs | Un televisor en la maleta

La cantante Lolita Garrido ya lo decía en 1948: «La televisión pronto llegará, yo te cantaré y tú me verás». El «pronto» de la letra tardó ocho años en hacerse realidad en España, o mejor dicho, en unos pocos lugares y pantallas de España. El 28 de octubre de 1956, Rafael Arias–Salgado, ministro de Información franquista, apareció en la pantalla de los apenas 600 televisores que había en Madrid. La bendición de las instalaciones, dos documentales y los bailes de los Coros y Danzas falangistas completaron la programación.

Tuvo que pasar un lustro para que, gracias a la antena de Alfàbia, TVE española se viera en Mallorca. Fue la única hasta que en 1983 los municipios de la vertiente norte de la Serra de Tramuntana sintonizaron las emisiones de TV3. Novedad que se tradujo en peregrinaciones culés a Deià o Valldemossa para seguir los partidos del Barça. Las privadas tuvieron que esperar hasta 1990.

El primer televisor que entraba en cada hogar se convertía de inmediato en el centro de las reuniones familiares. La abuela bordaba un mantelito para protegerlo del polvo y encima se colocaba una flamenca, un toro de fieltro y las fotos de los hijos. Quienes tenían una familia con posibles para viajar al extranjero no dudaban en ubicar en el electrodoméstico estrella la reproducción en plástico de la Torre Eiffel.

Con el éxito creciente del televisor sólo era cuestión de tiempo que se trasladara al mundo del souvenir. Lo hizo de la forma más lógica: para mostrar imágenes. El dispositivo era muy simple. En la parte delantera se reproducía una pantalla y al lado los mandos —inútiles en este caso— para encender y apagar, para darle brillo y contraste o para regular el volumen. En la parte posterior, mucho más sencilla, se encontraba un visor al que el propietario arrimaba el ojo y procuraba no parpadear. En la parte superior destacaba un único elemento: un pulsador. Los modelos nunca son los ultraplanos actuales, se limitan a imitar con cierta fidelidad las marcas antiguas de tubos catódicos.

Ya solo quedaba situar cada órgano en el lugar adecuado. El de la vista en el visor. El dedo, culminación de las extremidades superiores, en el pulsador. Cada vez que se apretaba cambiaba la imagen para deleite del viajero, que disfrutaba con las mejores vistas del destino turístico, una docena como mucho.

Si en la parte delantera aparecía la palabra Mijas, la proyección incluía inevitablemente los burro-taxi con los que se accede a la población andaluza. Si es Misterio, se refiere al de Elche y a su antiquísima celebración de la muerte y ascensión de la Virgen, que se representa cada 15 de agosto. Si se trata de Segovia, se contemplan el acueducto romano del siglo II después de Cristo, o de la era común para los cursis de hoy, y el alcázar. Si Salamanca es la palabra clave, encontramos las dos catedrales, con la fachada que incluye un astronauta, la Casa de las Conchas y la plaza Mayor. Si queremos un recuerdo televisado de Madrid, será inevitable que nuestra miniatura emita imágenes del Palacio Real, la Puerta del Sol y el Museo Del Prado.

Es curioso que si el turista extranjero no es demasiado detallista y se conforma con el televisor de España, nos representen las sangrientas corridas de toros y el baile flamenco, originario del sur del país, pero que nada tiene que ver con el resto del país.

¿Y si la palabra escrita debajo o en la pantalla es Mallorca, qué veremos? Nada sorprendente. La catedral, por supuesto. El Castillo de Bellver, faltaría más. La Lonja, sin ninguna duda. El Torrent de Pareis, como no podía ser de otra manera. Las Cuevas del Drac, que nadie debe perderse. Cualquier playa llena de sombrillas, hamacas y cuerpos al sol, que son nuestra seña de identidad. La programación es más moderna, pero no mucho más variada que la de la primera emisión de TVE.

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