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Diario de Mallorca

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El abuelo de Ana Torroja que Franco convirtió en marqués

El ingeniero Eduardo Torroja fue la superestrella del hormigón armado de la primera mitad del siglo XX, amigo de Frank Lloyd Wright y Richard Neutra - Se construyó un estudio en Portals Nous, un refugio para estar a solas con sus ideas, la poesía y la música

Eduardo Torroja, abuelo de la cantante de Mecano, Ana Torroja. FOTOS: ARCHIVO

En el apogeo de Mecano, Ana Torroja pasaba de puntillas cuando la prensa le preguntaba por la familia. Que si era su puntal, que si su mayor apoyo. Y de ahí no pasaba. Un relato muy detallado no encajaba con su androginia nuevaolera en una época en que la Movida los miraba por encima del hombro.

Ahora, a punto de cumplir 62 años, libre de prejuicios ajenos, reclama el título de marquesa de Torroja («mi padre me transmitió que quería que el título se conservase en la familia y será un honor cumplir con su deseo», explica vía mail).

El marquesado fue otorgado por Franco a su abuelo Eduardo Torroja, una superestrella del hormigón armado de la primera mitad del siglo XX que la democracia no ondea por haber ejercido en la edad oscura. Algo un poco arbitrario, porque en la Segunda República Torroja ya había proyectado el Mercado de Algeciras (1933), el voladizo sobre el Hipódromo de la Zarzuela (1935) y la bóveda del ultramoderno Frontón de Recoletos (1935), destruido por los bombardeos.

No solo «se mudó a Francia con su familia durante toda la guerra», explica Pepa Cassinello, directora de la Fundación Eduardo Torroja, sino que daba conferencias en Estados Unidos, fue incluido en el libro Art and Artist (University of California Press) al lado de Henry Moore, Jean-Paul Sartre y Jean Renoir; y aprobaba la contratación de purgados, como Fernando Sánchez Dragó, recién salido de la cárcel por (sí, sí) comunista.

La Bauhaus española

«Era el Steve Jobs de la época», le define Cassinello. Tenía las ideas tan claras y España era tan páramo que fundó el Instituto Técnico de la Construcción, un centro de conexión con profesionales de la ingeniería, la arquitectura y el arte extranjeros que «recordaba a la Bauhaus». Había piscina y tenis para las familias, cursos de formación para obreros, fiestas de disfraces y una revista.

Cubiertas y graderíos del Hipódromo de la Zarzuela de Madrid.

Por la sede, presidida por un dodecaedro de hormigón (en la foto superior), desfilaron amigos como Richard Neutra, Pier Luigi Nervi o Frank Lloyd Wright. De hecho, este último pateó unas cuantas veces la rampa circular del Instituto y una muy parecida acabó siendo el elemento singular del Guggenheim de Nueva York. A cambio -¿de la inspiración?- le regaló una acuarela de su famosa Casa de la Cascada, en Pensilvania.

La realidad es que Ana era hija de un ingeniero civil y una hermana del exfiscal de la Audiencia Nacional Eduardo Fungairiño, creció en El Viso -el barrio más rico de España-, estudió en las teresianas, veraneó en Mallorca y se matriculó en Económicas.

Techo para culés

Entre otros prodigios, Torroja diseñó la cubierta de la tribuna del estadio del FC Barcelona de Les Corts: 26 metros de anchura por 104 de largo, sin soporte alguno. ¡Literalmente volaba sobre las cabezas de los culés copetudos! Se inauguró en 1945, en un amistoso ante el Nàstic de Tarragona, que compró la vieja tribuna por 50.000 pesetas (300 euros) con el compromiso de desmontarla y llevársela a su propia casa.

Su huella en Cataluña también quedó impresa en la Capilla al Aire Libre del Santo Espíritu, en el Parc Nacional d’Aigüestortes (1953, desaparecida por dejadez), una concha abierta al río Sant Nicolau. «A Norman Foster le sorprendió el parecido con las conchas que Jørn Utzon diseñó para la Ópera de Sidney», cuenta Cassinello.

La marquesina de Les Corts, antiguo estadio del FC Barcelona.

Su espíritu sigue vivo

Contaba su hijo José Antonio, segundo marqués de Torroja, que era «un hombre introvertido y silencioso». Se construyó un estudio en Portals Nous, a unos kilómetros de Palma, para estar a solas con sus ideas. Se lo encargó al arquitecto Gonzalo Echegaray, que lo levantó entre 1959 y 1960 y lo bautizó como Mon Catau. Solo le distraían de su ingente agenda constructiva y pedagógica «la música y la poesía», el lote genético que al parecer le tocó a su nieta Ana. «Yo tenía cinco meses cuando murió mi abuelo -explica la cantante-, pero mi padre me contó su pasión por la profesión y la importancia que tenía para él no solo la parte técnica, sino la estética».

Era tal la intensidad de su dedicación que, si hacemos caso al inefable Iker Jiménez, no se detuvo tras su muerte. Cuarto Milenio recogió en un programa la angustia de los vigilantes de noche del Instituto Técnico de la Construcción y de un trabajador de laboratorio por la presencia de «un ente».

«Es como un humo denso, como de puro, que igual que se forma, desaparece», definieron el fenómeno paranormal. Y sospechan que se trata del espíritu de Torroja, que falleció en 1961 en su despacho a consecuencia de un infarto. «Los perros de los vigilantes se quedan clavados ante su puerta y no hay forma de moverlos», dijo Jiménez. De ser cierto, la líder de Mecano heredaría título y fantasma.

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