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Entrevista
Coke Riobóo Especialista en la técnica de animación 'stop motion'

«El humor en mis cortos es la llave para contar historias potentes»

«Hoy en día con un teléfono móvil, un flexo y un trípode de cuatro euros, además de ingenio, paciencia y algunos tutoriales, puedes tener una buena animación»

Coke Riobóo con su cámara, un trípode y varias de sus figuritas para hacer ‘stop motion’.

Coke Riobóo (Madrid, 1970) ha llevado la técnica tradicional del stop motion a otro nivel. Y es que, además de ser el mayor exponente nacional en esta técnica de animación foto a foto (Goya al mejor cortometraje de animación en 2006 por El viaje de Said), sus corto destilan imaginación e ironía a partes iguales. Responsable también de anuncios, videoclips y cortinillas que le ayudan a financiar sus proyectos más personales, este sábado y domingo impartirá un original taller en Manacor donde enseñará stop motion a través de figuritas de robots japoneses. Toda una experiencia organizada por el siempre activo Cinemaclub 39 Escalons.

¿Cómo y cuándo aprendió a animar en stop motion?

Fue toda una carambola, porque yo en realidad soy músico. Es verdad que desde pequeño siempre me ha interesado la faceta artística. Dibujaba cómics, pintaba cuadros, diseñaba, modelaba con plastilina, etc., aunque no fue hasta los 30 años cuando un verano no pudimos salir a tocar con la orquesta y me quedé en paro, en casa y sin nada que hacer. Así que cogí una cámara y un poco de plastilina y estuve tres meses trabajando sin parar en figuras y decorados. Una vez empecé, ya no pude parar. Poco después me junté con mi primo Sergio Catá para hacer un corto a medias en stop motion, siguiendo un guión muy gamberro que se tituló La telespectadora y con el que conseguimos ganar varios premios.

Ahí lo vio claro.

Con esto me di cuenta de que me lo pasaba mejor que de músico. Después, poco a poco, fui haciendo cosas de publicidad, un concurso para la web de Canal Plus… Hasta que llegó El viaje de Said, en 2006, con el que gané el Goya al mejor cortometraje de animación.

¿Ha pensado en lanzarse con un largometraje?

Cada corto de 10 o 15 minutos me lleva entre tres y cuatro años de trabajo, así que imagínese lo que sería un largo. Además, mis historias suelen basarse en ideas que no tienen un recorrido mucho mayor que ese en cuanto a duración. En España, las películas de animación para público adulto no suelen tener muy buena distribución, y menos en stop motion. Y las que la tienen no suelen aguantar ni dos semanas en exhibición. Las únicas que recuerdo que se hayan ‘salvado’ en los últimos años quizá sean Arrugas o Un buen día para morir.

¿Es muy distinto animar un personaje de plastilina o un muñeco de plástico?

La diferencia es brutal, sobre todo en la manera de trabajar el movimiento. También si es con personas reales o con arena sobre cristal, que es otra técnica que he utilizado. Aunque todo sea stop motion, son formas muy distintas de trabajar. A mí me gusta ir probando, hacer cosas nuevas, como en la segunda parte de Made in Spain (Mad in Xpain) o en El ruido del mundo, donde utilicé una técnica muy costosa, no en cuanto a presupuesto, sino a esfuerzo personal de trabajo.

¿Los paisajes o edificios también son suyos?

Así es. Además de hacer y animar los muñecos, hago los decorados… De hecho es lo que más me gusta, construir las maquetas, el volumen, los coches, el atrezzo. En realidad, creo que lo que soy es modelista.

¿Qué importancia tiene el humor en lo que hace?

Es importantísimo. Es la llave de entrada para contar historias potentes, aunque sean dolorosas o traten temas políticos. En el caso de El viaje de Said, tiene un tono más de cuento y en El ruido del mundo hay menos porque es una historia demasiado tremenda. Pero en los demás cortos, pese a que los temas de fondo sean peliagudos, las situaciones, ver a los muñecos saltando… crea una sensación de relajación en el espectador que aprovecho para entrar ‘a traición’.

¿Cuáles serían sus referentes en el mundo del ‘stop motion’?

Para mí el checo Jan Svankmajer es el gran pope, ya desde los años 70 y 80. Toda esa animación de Europa del Este, con su apariencia desgarbada pero muy peculiar, era muy atrayente. Después están los trabajos de Laika Studio o, ya más a nivel técnico, los de Aardman Animations.

¿No le tienta la posibilidad de trabajar para un estudio?

Yo soy autodidacta, no tengo formación como animador clásico, así que no sé si acabaría de encajar en lo que un estudio quiere. Supongo que tengo carencias que suplo de otras maneras. Al mismo tiempo eso hace que sea más libre y que pueda emprender los proyectos que me apetecen. Como los produce mi mujer y siempre llamo a colegas y a amigos para trabajar conmigo, eso me da una libertad absoluta para animar…, aunque siempre son proyectos de poco presupuesto y que no dan dinero para vivir.

¿Y de dónde saca el dinero para financiarse?

De la publicidad, de los anuncios que voy haciendo para empresas y que me ayudan a ganar en horas lo que normalmente ganaría en un mes. Eso, además de los talleres y cursos que imparto y el trabajo duro, son lo que me permiten vivir de ello.

Usted ha impartido talleres por todo el mundo. ¿La reacción emocional hacia esta forma de animar suele ser la misma aunque las culturas sean diferentes?

Mis dos últimos cortometrajes, por ejemplo, han sido un éxito en países tan dispares como China o Rumanía. Pienso que lo absurdo, las convenciones sociales o poner en situaciones algo ridículas a los personajes, unido a lo que le decía del movimiento tan peculiar de los muñecos en stop motion, hacen que sea una experiencia sorpresiva y simpática que puede ser comprendida por todo el mundo, aunque haga referencia a localismos, como los tópicos españoles en el caso de Made in Spain.

¿No hay trucos visuales como los de antes?

Digamos que directores como Guillermo del Toro los han estado incorporando cada vez más en sus películas. Y creo que es porque aunque los efectos digitales se han abaratado mucho, a veces el ojo llega a cansarse de la misma estética perfecta. Muchos de los trucos y efectos del fotograma a fotograma de los años ochenta, las miniaturas alucinantes o los monstruos de látex para mí siguen siendo más creíbles que muchos de los 80.000 bichitos que se pueden hacer hoy por ordenador. Evidentemente, el secreto es saberlos combinar.

¿Se siente cómo en el papel de profesor?

Me encanta enseñar animación. Hoy en día con un teléfono móvil, un flexo y un trípode de cuatro euros, además de ingenio, paciencia y algunos tutoriales, ya puedes tener una buena animación en 4K o HD con la que poder empezar a contar historias.

Este fin de semana viene a Manacor para enseñar a animar a partir de figuras de robots japoneses… Suena a algo realmente extraordinario.

Es la primera vez que impartiré este taller a nivel mundial, y creo que no se ha hecho nada parecido nunca en España. Es un universo asombroso. Son muy útiles para empezar a animar, debido a que son figuras muy articuladas y porque al ser de plástico, pesan muy poquito, lo que hace que puedan ser fotografiadas en muchas posiciones diferentes.

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