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Guillem Frontera: «La banalidad del mal sigue extendiéndose de manera incontenible»

Una conversación sobre la moral, el pasado, los abusos sexuales, el poder... El autor mallorquín pivota sobre estas cuestiones en esta entrevista a tenor de la reciente reedición de una de sus novelas más controvertidas, ‘Tyrannosaurus’, recuperada por el sello catalán Club Editor

El escritor Guillem Frontera (Ariany, Mallorca, 1945).

El escritor Guillem Frontera (Ariany, Mallorca, 1945). vicenç mates

Guillem Frontera denunció los abusos de la Iglesia en una de sus primeras novelas, Tyrannosaurus, que escribió diez años después de salir del seminario de la Porciúncula. La obra se publicó por primera vez en 1977. Estuvo retenida por la censura durante siete años.

¿Por qué motivo se ha reeditado Tyrannosaurus este 2020? 

En general, cuando doy un escrito mío a un editor -de libros, de periódicos, etc.- no me gusta intervenir en lo que ya no es trabajo mío. Cada cual a lo suyo, si bien reconozco que esta «política» no siempre me ha favorecido. Pero también es verdad que lo que haya podido perder por esta actitud, lo he ganado en tranquilidad y sosiego, que no tienen precio. Bien, Tyrannosaurus estaba perdida por ahí, y mi editora, Maria Bohigas, me propuso reeditarla, como ya había hecho antes con Els carnissers.

¿Qué ha retocado, aparte de añadirle un epílogo?

En el caso de Els carnissers, digamos que le pasé un plumero por encima y ya. He de decir que releer una cosa mía me saca de quicio. Nunca lo he hecho por iniciativa propia. Pero, claro, cuando la editora te propone lo que ella cree de buena fe que es bueno para ti, lo más normal es que aportes algo a esta empresa. Dices que sí, que de acuerdo, y después te encuentras, en el caso de Tyrannosaurus, con un trabajo inesperado. Haces memoria y, claro: el éxito, aquí y en Cataluña, de Els carnissers se me había subido a la cabeza. Y quise ser muy moderno. Entendía la «modernez» como la acumulación de obstáculos para obligar al lector a esforzarse más de lo necesario. Pues bien, he ido quitando obstáculos y he dejado expedito el camino de la lectura. 

El epílogo es revelador y  terrorífico. ¿Cuándo recibió la carta de X?

En realidad no existió tal carta más que en mi imaginación. Pero en mi imaginación era necesaria. Pasados tantos años, esos dos personajes debían encontrarse, de manera que el viejo cura no hubiera podido soportar el peso que lastraba su conciencia y, así, se convirtiera también en víctima. Pero lo esencial de la historia sí que sigue un guión proporcionado por los hechos: la novela se había estado pudriendo en la censura durante siete años porque había caído en manos de un censor sacerdote, que había ido a parar allí porque, siendo profesor de un seminario, había cometido este tipo de «pecados». Él creyó desde el principio que yo conocía su historia y que la había novelado. Cosas imposibles que pasan.   

¿Es habitual que los depredadores sexuales intenten justificarse tal y como hace X en el relato que usted apuntala? ¿Que incluso recurran a la palabra «amor»?

No sé si es habitual. Pero sé que algunos de estos depredadores han buscado refugio en la sublimación de este tipo de actos y han desembocado en la abyecta ficción de que aquello era amor.

 ¿Diría que X es un monstruo, que el padre Sales lo es? ¿O que acaso son fruto de una educación emocional tarada, inexistente, que son hijos de un régimen donde se castran los sentimientos y la moral es asfixiante? 

Ahora preferiría cambiar nuestros papeles: yo preguntaría y usted respondería. Siento una gran confusión, porque ninguna de sus preguntas, así tomadas de una en una, me inspira una respuesta suficiente. Lo que sí le diría es que en ámbitos en los que no se impone «una moral asfixiante» también han aparecido monstruos de esta especie.  

«En el seminario imperaba la ley de la selva tal y como la he percibido en los documentales de La 2»

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¿Qué sentimiento era el más predominante en el seminario?

La soledad, la añoranza, la tristeza por la pérdida de familia, de amigos: se nos alejaba de todo lo que pudiera unirnos a este mundo. Y la sensación de que no podríamos librarnos nunca de aquello, porque sabíamos que la deserción era siempre un capítulo traumático. En mi caso, se me cubrió de calumnias y se pidieron oraciones para que volviera al catolicismo, puesto que, dijeron, me había convertido en testigo de Jehová. Era una tontería inmensa, pero también una maldad inquisitorial. 

¿Qué es Alanària, un pueblo mítico de la Mallorca rural de aquellos años? ¿Una Arcadia feliz para Miquel Moragues? ¿Una suerte de Comala de Juan Rulfo?  

Es el pueblo donde transcurren algunas cosas que he escrito, sobre todo La mort i la pluja. No tiene nada que ver con Comala (creo, así, a primera vista). Tampoco es una Arcadia. Es el pasado que permite a sus personajes mantener un sentimiento de pertenencia. Es el último espacio en el que las personas todavía entienden el funcionamiento de las cosas (sean herramientas o usos sociales). Por lo tanto, también es un escenario de supervivencia, el cuarteto de T. S. Eliot, «el tiempo pasado y el tiempo presente»...

En el seminario había también diversidad de vocaciones e intereses. Los había que buscaban poder también. En un parlamento del libro, se desprenden algunos de estos intereses, por ejemplo cuando se apunta a que es preciso que haya hombres de prestigio que se dediquen al estudio porque había escasez de hombre de cultura.

Sí, en realidad se trataba de una orden con escasos cerebros de altura. En aquella orden había un doctor. En cierta ocasión pregunté a un fraile cómo se hacía un doctor. Me contestó que era muy complicado, y que el padre en cuestión, para ser doctor, se había tenido que inventar un bicho. Ese era el nivel.  

«Sobre los abusos sexuales, al menos con el Papa Francisco se ha disipado la sensación de impunidad que empañaba a los ejércitos de Cristo»

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En el libro, se apunta también que los jesuitas prosperaban más. En Palma queda el último vestigio jesuita, Montesión, que abandonará el centro de Palma después de cuatro siglos de docencia. ¿Qué piensa de estas transformaciones ciudadanas, en las que antiguos conventos se convierten en hoteles?

De los despachos, pasillos y aulas nunca desaparecía la neblina de la envidia a los jesuitas, tantos títulos universitarios, tantos doctorados. Tantos sabios. Por eso los hijos de las mejores familias estudiaban el bachillerato en Montesión. No había nada que superase aquella institución. Ahora está más de moda estudiar en el extranjero, en fin… Los Nuevos Tiempos han llegado no para transformar la vida de las ciudades llenando sus edificios, suntuosos o humildes, con nuevos valores. Los Nuevos Tiempos simplemente vacían las ciudades y lo ponen todo a disposición de quien quiera sentirse conquistador del mundo. Ciudades multicolores, clonadas, ciudades que son, en sí mismas, una franquicia.

¿En aquella época, quién iba al seminario? En un momento de la novela, se dice que también iban aquellos hijos que la familia «volia arreglar»...

Se iba al seminario por varias razones. Unos por pobreza: así los hijos tendrían estudios por un precio razonable. Pero otros iban porque se les presentaba la vida en el seminario como una especie de viaje lleno de diversiones, con muchos amigos… Había muy pocos seminaristas de pueblos marineros, por ejemplo, y muy pocos también de Palma y de otras ciudades como Inca o Manacor. Por qué los jóvenes de estos lugares iban al seminario conciliar es algo de lo que no puedo hablar, porque no sé nada de nada.

¿Y por qué fue usted?

Me tentaron con los grandes atractivos de un seminario junto al mar. Esta inmediatez de la playa despertó muchas vocaciones, debemos recordar que en los años cincuenta el mar estaba muy lejos de la inmensa mayoría de los pueblos. Y, sobre todo: había un campo de fútbol, se nos propiciarían botas de reglamento y equipación completa. Miquel Bauçà, que también pasó por lo mismo, a las campañas de captación de nuevos seminaristas las llamaba razzias.

«En cuanto al panorama artístico, pienso que en Palma nos alejamos del pasado como si ya no fuera presente y fuera el detritus de la Historia»

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 ¿Era un lugar violento? 

Sí, una violencia generalmente aplicada en silencio, con medias palabras…, pero que un día podía estallar alborotadamente. Pero le diría que no había más violencia que en cualquier escuela laica.

En el epílogo afirma que con los abusos sexuales no sucedía nada cuando los padecían los niños de clase social baja.

Eso se dice en el libro precisamente cuando un profesor de seminario se atreve con un niño de la aristocracia andaluza. Por eso se lo hacen pagar (aunque el castigo no pueda ni rozar el escándalo). En el día a día, imperaba la ley de la selva tal y como la he percibido en los documentales de La 2. Los depredadores eligen a los animales más indefensos.  

 ¿Cómo valora el papel del Papa Francisco con la cuestión de los abusos?

Bueno, no es cierto que la Iglesia católica dé dos pasos adelante y uno atrás. Normalmente da uno adelante y uno atrás. Con este Papa argentino parece que se ensaya la primera fórmula. De confirmarse, va a estallar alguna vena del cuerpo cardenalicio. Al menos ha disipado la sensación de impunidad que empañaba a los ejércitos de Cristo. 

¿En Mallorca quedan muchos casos por destapar? ¿Cómo se está actuando en este sentido?

No le puedo dar datos sobre la cuestión, porque no los tengo. Sería pura especulación, y, dado el sufrimiento que rodea todo este asunto, la especulación está totalmente fuera de lugar.

¿Hay muchos personajes reales en la novela?

Todos los personajes son reales por cuanto la creación literaria es una forma de crear realidad. Por si esta frase resulta demasiado altisonante, podríamos decir que todos los personajes se han construido con mucha realidad extraída de muchas canteras. 

Podría pensarse que con la democracia y una moral menos castradora los abusos se habrían terminado, pero no: está el caso de las niñas del IMAS o el de un educador de la institución que fue detenido el pasado noviembre por presuntos abusos a chicos. ¿Con qué tiene que ver el tema del abuso? ¿Con el poder?

Oh, sin el poder no hay abuso. Éste es el pilar de la cuestión. Pero no necesariamente el origen. También podemos contemplar la obtención de poder con el objetivo de cometer abusos.

¿No teníamos que ser una sociedad mejor? ¿Cuál es nuestro gran mal: la banalidad? Pienso en lo que decía Hannah Arendt.

Sí, la banalidad del mal se extiende de manera incontenible. Debería haber manera de dirigir hacia otros horizontes las energías y el deseo de la humanidad, pero no se adivina en el horizonte ningún anuncio de cambio. Al contrario, la banalidad del mal recibe cada día nuevos impulsos, a veces monstruosos: pensemos en los principios que alimentan la política de esa bestia codiciosa llamada Donald Trump. Es sólo un ejemplo. 

Cambiando de tema, usted está en el Consell de la Cultura del Govern. Supongo que toma parte en las reuniones. ¿Cómo ve el rumbo de las políticas culturales en la isla?

Entre el cambio de gobierno y otras «filicunstancias», que diría Peret, hace tiempo que no ejerzo. En realidad no he ejercido nunca, y no por falta de interés, claro.

¿Le hubiera gustado comisariar la exposición de Rafael Tur Costa? 

Sí, pero no ha podido ser. A veces todo se pone en orden para que puedas encarar un trabajo, y otras veces aparecen obstáculos que lo dificultan. Además, ya soy demasiado viejo para hacer estas cosas.

¿Cómo ve el panorama artístico y expositivo en Mallorca en estos momentos?

Mire, de una ciudad esperamos una programación que haga compatible la revisión del pasado y la comprensión del presente. Pero en Palma (en general, en Mallorca, con algunas excepciones) nos alejamos del pasado, como si ya no fuera presente y fuera el detritus de la Historia; y estamos también en vías de abandonar el presente para ojear posibilidades de futuro con muy escasas garantías. Añádale que se hacen algunas cosas bien (como la exposición de Tur Costa, de la que hablábamos ahora), y creo que queda más o menos apuntado el panorama. Qué lástima, ¿verdad?.

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