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La decostrucción del patriarcado desde los símbolos y mitos que lo sustentan

La autora expone que existe una espiritualidad de la mujer ligada a la naturaleza

La antropóloga Rosa-Elvira Presmanes, ayer frente a Llibres Ramon Llull.

Rosa-Elvira Presmanes, antropóloga, se cuestiona en Matricidi (Autoeditado, 2020) la existencia de una espiritualidad propia de la mujer. Este interrogante, que la autora abrió a partir de un encargo editorial que se frustró, se ha cerrado con una respuesta positiva: “Hace unos años me sugirieron escribir un pequeño volumen sobre la espiritualidad de las mujeres, pero dije que no porque tenía dudas de que existiera”. Sin embargo, la idea quedó ahí y la autora comenzó una investigación que ha dado como resultado este ensayo en el que Presmanes defiende la existencia de esa espiritualidad propia de la mujer, basada en la fuerza de la naturaleza y de la vida. La autora entiende que puede parecer extraño que como persona atea “hable de espiritualidad, pero creo que hay una sensibilidad, una espiritualidad y que la humanidad ha tenido siempre unas necesidades psicológicas de saber”. Desde Matricidio, Presmanes defiende la existencia de esa espiritualidad exclusiva “por varias cuestiones, por la puramente biológica que tiene que ver con lo emotivo y lo sentimental y porque para mí la cuestión espiritual reside en el imaginario colectivo y lo que siempre se ha estado negando por el poder y las religiones patriarcales y el monoteísmo que es toda clase de disidencia y toda clase de paganismo ligado a la tierra. La espiritualidad primaria está ligada a la naturaleza, no está controlada por ningún poder”, expone la autora.

No siempre ha habido patriarcado. En el neolítico y el pre-neolítico el padre no existía porque los hijos eran de muchos padres o de quien la madre decía. En las sociedades matrilineales o matrifocales quien hacía el papel masculino respecto a los niños era el hermano de la madre”, afirma Presmanes al tiempo que hace notar que este sistema se ha sustentado en “apropiarse de los hijos de la madre para hacerse una genealogía y esto va paralelo a lo que es la constitución de los estados, la fórmula del poder, de las primeras ciudades estados”, apunta. Como “gran defensora de la maternidad” Presmanes cree que “desde el mismo feminismo no le hemos dado la importancia que tiene. Pienso que la construcción del patriarcado hace cuatro milenios ha sido el rapto de la madre y del sexo de las mujeres sobre todo en cuanto que podemos tener progenie y reprogenie”. Para Presmanes, en esta apropiación reside no solo el origen del patriarcado sino de los estados, del imperialismo y también del capitalismo, un orden que se basa en la violencia y el dominio.

La propuesta de Presmanes es la deconstrucción del patriarcado desde el mundo de los mitos, los símbolos y los ritos de la humanidad. La búsqueda de un mundo más vivible y más equitativo ha llevado a la autora a preguntarse como naturalizamos situaciones injustas: “Encontramos normal que haya un solo dios en el cielo que nos mande, un solo padre, un solo rey y un solo patrón. Todo esto está imbuido en todas las sociedades y lo tenemos que deconstruir. A veces hacemos modificaciones sociales explícitas importantes, pero implícitamente volvemos al modelo. Todo cambio debe venir del fondo de los parámetros culturales que son los que todos compartimos”, argumenta.

Para la antropóloga la madre es un símbolo que desde el monoteísmo no ha podido ser erradicado: “La han encerrado pero no la han podido eliminar. Aquí, en el Mediterráneo, hay una tradición que se ha propagado desde el principio del catolicismo, la de las vírgenes negras”, subraya. Presmanes opina que el de la madre es el primer mito importante: “He llegado a la conclusión de que hay cuatro tipos de mitos y que toda la mitología puede clasificarse en estas tipologías y la madre es la primera. Es el amparo y la acogida”. Así, la investigadora defiende que la versión católica de ese mito es la virgen María y destaca la importancia que tiene y ha tenido: “Es fundamental quien es tu madre y la saga de tu madre y siempre ha estado secuestrada”.

Para la autora el interés por suprimir la importancia de la figura de la madre está claro: “Reside en que la vida es lo que más vale. Si hacemos un análisis marxista supone apoderarse de la mano de obra y de la mano para la guerra. Para esto se necesitan los hijos. Lo que tiene valor realmente es la vida, secuestrar esto es lo que ha configurado la sociedad”. Explica que a partir de aquí se establece la guerra como institución y como resultado “la historia de la humanidad es la historia de las guerras, de los hombres preeminentes, del colonialismo y del formato capitalista”.

Para la antropóloga en este estado de cosas la madre queda como primordial objeto de posesión y al tiempo se produce una desvalorización de la maternidad: “Los hombres han de acoger los roles sensibles de la maternidad y esto es bueno, porque dará como resultado un mundo más sensible. Pero ojo, tanto padres como madres hemos de buscar esta sensibilidad y entre todos construir una sociedad más maternal, que cuide más de la vida y menos de la tecnología”, argumenta. En este sentido hace notar que “todos los trabajos reproductivos se han hecho gratis mientras que las tareas productivas han entrado en el mercado laboral. La economía feminista de la que ahora se habla es una verdadera revolución en el sentido de que las tareas reproductivas si las pones en precio de mercado equivalen al PIB”. Para la autora este hecho viene a constatar que “una economía que se basa en el PIB es falsa. Nuestra economía es mentira porque no cuenta los trabajos de reproducción de la vida que son las más importantes”. Así, opina Presmanes que el orden del valor está trastocado.

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