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Cómic

Un malo muy bueno

Leía con agrado las aventuras de Ric Hochet cuando aparecían en el interior de las revistas de Bruguera. Entre un montón de productos de humor, que de alguna forma se reconocían como propios, españoles, se colaban esas otras series, más realistas, que pronto aprendimos a identificar como franco-belgas

Un malo muy bueno

Allí cabía todo, de «Asterix» al «Teniente Blueberry», de «Michel Tanguy» a «Ric Hochet». Este joven detective era el ejemplo perfecto de lo que más tarde se denominó «línea clara». Una historia donde la línea y el color lo hacían todo, desterrando las sombras. Los argumentos eran igualmente limpios, con aquel héroe de edad indefinida resolviendo casos imposibles, siempre secundado por el inspector Bourdon, tan bonachón como inútil ya que, al final, era el jovencito el que le sacaba las castañas del fuego. Recientemente, como ha pasado con tantos otros personajes de los setenta, ha vuelto agrupado en perfectos integrales que nos permiten recuperar las historias que ya habíamos leído y aquellas que permanecían inéditas. Pero, además, sus editores han intentado ofrecerle una segunda oportunidad, tras la desaparición de los autores originales.

A los que nos hemos pasado toda la vida escuchando diatribas sobre el sistema industrial americano, como ejemplo de aberración anti-artística, frente a los comics «de autor» europeos, nos divierte ver lo que está pasando con la mayoría de los personajes clásicos. No solo quedan en manos de otros creadores, es que además en muchos casos esas revisiones superan a los originales. No ocurre siempre pero lo cierto es que la aplicación de esos criterios industriales, la voluntad de ordeñar un poco más esas ubres, ha favorecido la creatividad de nuevos guionistas que han aprovechado la oportunidad para inventarse historias que mejoran las anteriores. Obviamente, Asterix resulta un hueso duro de roer y yo espero que no lo intenten con Tintin. Pero ya hay algunos Spirous curiosos y claramente nos esperan Cortomalteses mejores que el original.

En fin, que también han remozado a Ric Hochet y el nuevo producto es muy interesante. Primero por el dibujo. Hay algo en el arte de Van Liemt que a mí me recuerda a Rich Buckler. No en el entintado, que es más europeo, pero sí en la dinámica de las figuras. En una narrativa siempre contenida como es la franco-belga, no encontraremos los grandes escorzos ni los manierismos gestuales de los americanos. Pero Van Liemt se las apaña para imprimirle una intensa movilidad a sus figuras y el entintado mejora mucho del primer al segundo álbum. Es un grandísimo dibujante y eso se aprecia con facilidad en las escenas de acción y en sus estupendos planos generales. La frialdad habitual de la bedé deja aquí paso a una aproximación mucho más cálida de lo esperable. Solo por eso este integral merece la pena.

Pero es que además la propuesta argumental de Zidrou es muy subversiva. Plantea una situación poco vista, por descabellada. El malo secuestra al héroe y lo sustituye en su vida diaria. Por una parte debe contenerse porque su plan pasa porque nadie descubra que está suplantando a Ric. Pero por otra se permite ciertas libertades que el original ni se habría planteado, como acostarse con una novia muy sexy que le acompaña. En el segundo episodio el verdadero Ric sigue con la bella señorita, que se ha liado con el malo en la primera entrega. El planteamiento, por tanto, tiene un punto perverso y sensual que sería impensable en los capítulos clásicos de la serie. Zidrou se burla de algunos de los lugares comunes de la serie, como la suicida costumbre del héroe de citarse a solas con los malos en lugares aislados. Pero a pesar de ciertos aspectos innovadores, se las apaña para mantener el habitual ¿quién lo hizo?, que siempre ha caracterizado a Ric Hochet, enriqueciéndolo con matices políticos y sutilezas que reflejan bien ese París post-Mayo del 68, donde se sitúa la acción. Ric deja de ser un boy-scout y se transforma en algo mucho más cool y actualizado.

Un malo muy bueno

Un malo muy bueno Florentino Flórez

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