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Escritor inmortal y personaje excesivo

Camilo José Cela Conde actualiza la visión personal de su padre a través de la correspondencia con su madre en el centenario del nacimiento del Nobel

Camilo José Cela Conde, Rosario Conde y Camilo José Cela.

Camilo José Cela Conde, Rosario Conde y Camilo José Cela.

Un solo hombre puede ser una multitud. Somos poliédricos y, por tanto, complejos a la vista del prójimo. Camilo José Cela (1916-2002), maestro de la escritura y la autopromoción, fue en muchos aspectos un desconocido incluso para aquellos que lo tuvieron más cerca. Su hijo, Camilo José Cela Conde, ya había dado su visión personal del padre en el libro Cela, mi padre, que ahora actualiza añadiendo fragmentos escogidos de las muchas cartas que el escritor envió a Rosario Conde, quien fuera su mujer durante más de cuarenta años. Para su hijo, como para el público en general, puede que Cela sea el caso de mayor repercusión mediática alcanzada por un escritor, a todos los niveles, en la historia de la literatura española. Hay muchos Celas, pero sobre todo hay uno antes de 1989 y otro después de esa fecha, hay uno antes de Marina Castaño y otro después -"los años oscuros", le llama Cela Conde a ese período-. Sin duda, el que interesa a nivel intelectual es el anterior, que incluye la lucha por la vida en el Madrid de los años cuarenta, la escritura de obras maestras de nuestra literatura -La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria o La colmena-, el matrimonio, la inseguridad profesional, la paternidad y el paso firme hacia una carrera cada vez más consolidada y exitosa, sobre todo después de la publicación de La catira por encargo del gobierno de Venezuela, que le reportó un adelanto de tres millones de pesetas en los años cincuenta.

Este libro es, nos dice su autor, "el resultado del cruce que sale al tirar del cajón de la memoria y releer las cartas que se cruzaron mis padres". "Las cartas cruzadas sirven para descubrir un Camilo José Cela muy distinto del que llegó a ser tan célebre como para salir en las tertulias de la televisión". Puede que en cierto sentido esto sea así, pues se nos dan muestras de un Cela fiel y amoroso con quien compartió su vida durante muchos años, pero también es cierto que Cela siempre tuvo una incontenible tendencia a la boutade como modo de promoción escandalosa, así como a la intriga para conseguir posicionarse bien -alcanzó un sillón en la Academia en 1957 con cábalas y conspiraciones que venían de 1955; lo mismo hizo desde los años setenta para conseguir el Nobel-. "El que resiste, gana" se convirtió en su lema perseverante y arribista.

Lo que se desprende de este libro es la memoria bienintencionada del hijo, que trata de salvar al padre compensando esa imagen pública del hombretón que jugaba constantemente al caca, culo, pedo, pis en un país tan pacato como para caer constantemente en la trampa. Y lo hace proporcionando una imagen más serena y casera, narrada siempre con garbo y con cierta jocosidad en ocasiones -muy divertidas son las páginas que dedica a sus recuerdos de estudiante y cómo reaccionaba el padre ante sus comportamientos poco ejemplares-. Sin embargo, es muy posible que Camilo José Cela, para bien y para mal, no necesite que nadie le salve, porque lo que fue el hombre, poco importa ya, y el escritor, con sus altibajos, gozará de larga vida porque algunas de sus obras se encuentran entre lo mejor de nuestra literatura.

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