Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Oblicuidad

No me importa cómo escribes la maldita canción

Bob Dylan se sumó a la lista interminable de versionadores de Hallelujah durante un concierto en Montreal, la ciudad natal de Leonard Cohen. El estadounidense le preguntó en cierta ocasión al canadiense cuánto tiempo le había llevado componer dicha canción:

-Dos años, mintió Cohen, que en realidad había trabajado en la composición durante cinco.

Envalentonado más allá de su proverbial timidez, Cohen le preguntó a Dylan cuánto le había llevado una de sus canciones favoritas:

-Quince minutos , fue la respuesta lacónica.

Podríamos seguir con la invención de Yesterday en un desayuno de Paul McCartney, empleando los «huevos revueltos» o «scrambled eggs, cómo me gustan los scrambled eggs» de estribillo, a distancia del lacrimógeno producto final. Nos hemos acercado tanto al objetivo que ya podemos desvelarlo. Estamos dispuestos a saberlo todo sobre una canción de Dylan, Cohen y los Beatles, pero ni un paso más allá. Malditos sean por tanto los casi infinitos compositores, por llamarlos de alguna manera, que nos castigan con las minucias sobre la manufactura de sus tonadas anodinas.

La grosería es el camino más corto, así que no me importa lo más mínimo cómo has escrito tu maldita canción. He probado el óboe, he versificado en castellano o he adaptado una historia de amor de mi mascota. No insistas, ya me cuesta bastante escucharte sin saber cómo has cocinado el guiso. Ni siquiera tienes la decencia de reconocer que sueñas con pronunciar la frase que Lennon le soltaba a McCartney antes de entrar en faena:

-Paul, vamos a componer una piscina.

Y qué me dicen de la cara de seriedad del entrevistador que no distinguiría un óboe de un laúd, al preguntarle al engreído sobre su sacrosanta función compositora, como si el orbe entero dependiera de la respuesta. En realidad, equivale en interés a requerirle al fontanero cómo ha hecho la conexión de los dos ramales, aunque en este caso cuesta menos simular el embelesamiento dada la utilidad evidente del empeño. Al ascensor le trae sin cuidado la gestación de la tonadilla que sonará en su interior cada día a la misma hora, para evitar que los pasajeros piensen en cosas serias, así que imagínate a nosotros. Toca y calla, si sabes.

Compartir el artículo

stats