Borís Mijáilovich Skósyrev Mavrusov [Borís en adelante] fue rey de Andorra entre el 8 y el 21 de julio de 1934. Ocho meses antes, ha sido expulsado de Mallorca, donde reside en compañía de una millonaria inglesa, o americana según algunas fuentes. Una orden gubernativa ordena su salida en barco hacia Barcelona con obligación de abandonar España. En julio del año siguiente aspira al inexistente trono andorrano, concede una constitución a sus súbditos y diseña un futuro económico parecido al que disfruta hoy el diminuto país.

Borís nace en Vilna, en la actualidad capital de Estonia, el 12 de enero de 1896. Desciende de una familia de la pequeña aristocracia rusa, que escapa de la revolución bolchevique. Durante la Gran Guerra se alista en la marina británica y después se incorpora al servicio secreto. Son datos de su biografía que conviene poner en cuarentena porque su capacidad de fabulación es digna del más febril de los novelistas.

Se traslada a Holanda en 1925, donde le conceden el pasaporte, y seis años después se casa con la francesa María Luisa Parat, viuda, acaudalada y diez años mayor que él. Pocos meses después abandona a su esposa y conoce Andorra. Allí se instala en una vivienda que aún existe y es llamada la Casa dels Russos. Casi simultáneamente inicia su relación con Mallorca, donde urde su plan para convertirse en monarca del pequeño país.

El experto alemán de Mallorca

Periodistas de medio mundo se movilizaron durante el sueño monárquico de Borís. Él se explayó para narrar sus orígenes nobles, sus movimientos y sus planes de futuro. Aunque no siempre es coherente al explicar el pasado.

Tres días después del destronamiento, cuenta a La Vanguardia que en Mallorca conoció a un alemán dedicado a la filatelia y los estudios heráldicos. El experto le informa de que en la Seu d’Urgell existe un documento que demuestra que uno sus antepasados ha sido príncipe de Andorra. Al principio resta importancia al dato, pero durante una visita a la ciudad episcopal comprueba, al menos en su imaginación, que puede «reclamar el principado».

Borís, siempre con monóculo, después de su detención y traslado a Barcelona.

Ni corto ni perezoso se pone manos a la obra. Andorra tiene un especial estatus político, el poder se reparte aún hoy entre dos copríncipes: uno es el obispo de Urgell y el otro el presidente de la República Francesa.

No se sabe cómo, quizás con un soborno o sólo gracias a su labia, convence al Síndic General de Andorra, quien el 7 de julio de 1934 convoca un Consell General. Según sus planes, el pequeño país, entonces muy atrasado, se convertirá en lo que es hoy: un centro financiero internacional que atrae bancos y empresas. A cambio, solo pide que se le proclame rey. Veintitrés de los veinticuatro consejeros aprueban la medida. El 10 de julio se ratifica la decisión con el mismo resultado. El disidente se traslada a Urgell para informar de la situación al obispo-copríncipe, Justino Guitart. El 17 de julio se publica la nueva Constitución. Cuatro días después, un sargento y cuatro guardias civiles enviados por el prelado invaden Andorra, arrestan al rey y lo trasladan a Barcelona. Aquí se acaba el reinado de Borís.

Un policía de Palma le reconoce

Le trasladan a Barcelona en medio de una gran expectación periodística. «De estatura alta, muy moreno, vestía traje claro con brazal de luto y una flor en el ojal de la americana. De aspecto arrogante, magnificado por el monóculo que lleva con gran solemnidad», le describen las crónicas. A su llegada a la Delegación del Gobierno se cruza con un tal Degorgue, un policía destinado en Palma que se encuentra de paso por la capital condal. El agente le reconoce de inmediato. Hace apenas unos meses que le ha expulsado de la isla por orden gubernativa. Ambos se saludan y el policía le pregunta por «Mistres Marmon, a lo que Borís ha contestado sonriente dando informes sobre dicha dama”.

La señora Marmon era Florence Marmon, una acaudalada inglesa o americana con la que convive durante al menos medio año en Mallorca. Algunos periódicos la consideran «secretaria» de Su Majestad. Ella, ofendida, les rectifica y sostiene que le sigue por «sentimentalismo». La prensa busca datos sobre el monarca destronado. Él asegura que ha residido en la calle Rincón número 17. El único Racó del nomenclátor es un camino sin salida, perpendicular al de La Real, detrás de Son Espases. Otra opción podría ser la calle del Forn del Racó, junto a la plaza Major. 

Caricatura sobre su captura ataviado como un rey, publicada en la prensa de la época.

Caricatura sobre su captura ataviado como un rey, publicada en la prensa de la época.

Sin embargo, pronto se establece que su residencia estaba en El Terreno, un barrio en el que se reúnen la mayoría de los extranjeros instalados en la isla. La Vanguardia concreta que vive en la calle Don Calderet. Resulta fácil deducir que se trata de la de Son Catlaret, donde se encuentran los escasos restos de la primera casa construida en El Terreno. La edificó en 1777 Cristóbal Villella, pintor y naturalista palmesano.

El Correo de Mallorca del 20 de julio explica que es «muy conocido» en la ciudad, donde se hacía llamar «capitán Borís». Sobre sus actividades informa de que «daba lecciones de idiomas y de cultura física al aire libre». Es «especialmente conocido en las peñas natatorias, donde se las daba de sportman y hombre de mar». Su elegancia también se destaca en el periódico mallorquín: «Vestía casi siempre zapatos y pantalón blancos, camisa azul y gorro de marino, y usaba siempre monóculo y bastón». El Correo califica su presencia de «misteriosa». El periódico catalán El Matí asegura que en Palma llevaba una «vida vegetativa».

La expulsión de la isla

No es la primera vez que Borís es protagonista en la prensa mallorquina. La Almudaina del 2 de diciembre de 1933 informa de que «por orden gubernativa salieron anteanoche para Barcelona conducidos por un agente de vigilancia el súbdito holandés Borís de Skossireff [el nombre y las nacionalidades son variables en esta historia] y la francesa María Margarita González Conde, cuya expulsión del territorio de la República ha sido ordenada por el Ministerio de la Gobernació».

Sobre las causas de la medida hay más conjeturas que confirmaciones. Algunas noticias hablan de estafas. Algunas de aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. Otras de las perversiones sexuales que se practicaban en la residencia de la pareja de extranjeros. Quizás sólo escandalizase su amancebamiento. El exmonarca suavizaba las circunstancias de su salida: «En diciembre de 1933 me llamó el gobernador de Mallorca, don Juan Manent, y me dijo muy correctamente: ‘A las nueve de la noche sale un barco para Barcelona. Tiene usted tiempo de sobras para recoger su equipaje y poder marchar’. Acto seguido me enseño una comunicación del ministerio de Gobernación por el que quedaba expulsado del territorio español».

Ante el tribunal

El capítulo mallorquín ha llegado a su fin. Tras su detención en Andorra y traslado a Barcelona, es conducido a Madrid en tren. ¡En un vagón de tercera clase! Una humillación para un monarca, aunque sea destronado, que Borís se toma con deportividad. Llega a la capital en medio de una gran expectación periodística. 

A principios de noviembre de 1934 se enfrenta al juicio. Pese a que la fiscalía solicita pena de cárcel, el tribunal se limita a considerarle «peligroso» y ordenar su expulsión de España. Él siempre puso énfasis en que su procesamiento se debía al quebrantamiento de condena y no a la aplicación de la Ley de Vagos.

Sale de la cárcel Modelo y el 27 de noviembre se le conduce a la frontera de Portugal. Afirma que su intención es trasladarse a Brasil para descansar de todas las emociones vividas con su ascenso y caída del trono. Parece el fin de una vida de película. Pero aún quedan varios episodios de la historia de la falsa dinastía real que dio sus primeros pasos en Mallorca.

De Alemania a Siberia

Borís es expulsado de Portugal en mayo de 1935. Viaja a Gibraltar y al norte de África. En 1939 regresa a Francia con su esposa legal. Al principio de la Segunda Guerra Mundial pasa por un campo de concentración. Allí le recluta la Wehrmacht, que valora sus conocimientos de idiomas, y le destina a la frontera del Este. Al finalizar la contienda es arrestado por los americanos en la localidad alemana occidental de Boppard, en Renania Palatinado, donde reside con su mujer. Le ponen en libertad porque ni siquiera está afiliado al partido nazi. Sin embargo, durante una visita en 1948 a Eisenach, ciudad controlada por los soviéticos, es detenido, juzgado, condenado y enviado a Siberia. Ocho años después sale en libertad y regresa a Boppard. Allí permanece hasta su muerte el 27 de febrero de 1989. Tiene 93 años de una vida plagada de aventuras.