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Salud

El huevo y la gallina

Los embriones, antes de que aparecieran los huevos tal como los conocemos, se depositaban en un medio acuoso envueltos en una membrana. Evitaba así que se secaran y la membrana semipermeable permitía el paso de sustancias. En algún momento, comenzó a evolucionar un tipo diferente de huevo que llegó a tener tres membranas en su interior: el corion, el amnios y el alantoides. En esa cápsula el embrión puede absorber los nutrientes que depositó la madre, almacenar los productos de desecho de su metabolismo y respirar sin la necesidad de un ambiente acuático externo. Los fluidos del amnios y la capa exterior resistente ofrecían protección adicional. Fue un paso importante para la conquista de la tierra firme por los vertebrados.

Pero cómo fue apareciendo ese huevo. ¿Lo ponía la proto-gallina, llamo así a todos los vertebrados ovíparos que la precedieron en la evolución, de manera espontánea o era el huevo el que aparecía antes?

Las células pueden sufrir mutaciones que normalmente no tienen ninguna trascendencia o las hace disfuncionales: mueren. Unas pocas son útiles para la célula de manera que se reproduce con esa mutación y esa característica. Un ejemplo es el cáncer. La célula muta y se hace diferente. Su progenie crea el tumor y, si además tiene capacidad maligna, es el cáncer. Pero esa célula mutada no tiene ningún efecto sobre la descendencia de ese organismo. Ahora supongamos que esa proto-gallina que aún ponía huevos en el agua envueltos en una membrana hubiera sufrido un conjunto de mutaciones que la llevan a producir una cáscara y dos membranas que envuelven al embrión que se formó tras ser fecundada por el gallo. Es muy improbable, pero aceptémoslo. Pues ese embrión ya crecido, si fuera capaz de salir del huevo, no portaría la capacidad de la madre de hacer huevos como el suyo. Sería una situación análoga a la del cáncer.

Lo que ocurrió, suponemos, fue que sucesivas mutaciones del óvulo fecundado le dieron progresivamente la capacidad al binomio embrión-hembra de producir membranas, quizá al principio modificación de la primera, luego, a partir de otros células o tejidos del embrión. A la vez, solo los embriones que eran capaces de romper la cáscara sobrevivían. Y ya no nacían en el agua. De manera que tuvieron que darse muchas casualidades que solo el tiempo, el ensayo y el error consiguen. Y no es que persiguiera un objetivo. La evolución, como Picasso, no busca, encuentra.

En resumen, no se heredan los caracteres adquiridos. El cuello largo de las jirafas no es el resultado del esfuerzo de sus ancestros para alcanzar las hojas más altas en una competencia con otros herbívoros que tuvieran más facilidad o medios para comer los vegetales del suelo o a media altura. El que la proto-jirafa forzara su cuello para alcanzar y quizá, como esas africanas que se ponen aros, se estirara un poco, no hizo que sus hijos tuvieran el cuello un poco más largo y así sucesivamente hasta llegar a ese cuello que cuando lo vio por primera vez Ruy González de Clavijo en su extraordinario viaje a la corte del Gran Tamerlán como embajador de Enrique III que se titulaba emperador, cuenta que, cito de memoria, esos animales tenían “un collo tan largo que parecía maravilla”. En la Edad Media la existencia de animales fantásticos formaba parte de las entonces ciencias naturales. La jirafa lo confirmaba.

Mientras las mutaciones que dan lugar a nuevas especies son impredecibles, las determina el azar, la selección tiene casi siempre un sentido biológico: triunfan los que consiguen vivir y crear una progenie. Para ello tuvieron que adquirir alguna característica que les dé alguna ventaja, por ejemplo, que sean capaces de aprovechar mejor el medio donde nacen (como las jirafas) o poner huevos con cáscara y nutrientes.

¿Serán diferentes nuestros descendientes, los hijos de las nuevas generaciones criados en este ambiente tecnológico nuevo? Sin duda, lo serán, pero no porque hayan heredado habilidades y expectativas de sus padres: la multitarea, la atención dispersa, la comunicación electrónica, etcétera. Si no porque se criarán en ese medio.

Las grandes ventajas del ser humano no están en las herramientas con las que nacemos, sino en las que adquirimos. Es una apuesta biológica disparatada: nacemos tan prematuros que muchos sistemas se forman en el medio, adaptados a él. Sobre todo, el cerebro donde reside la inteligencia y las emociones, fundamentales para la supervivencia de seres tan poco equipados para defenderse. Con la inteligencia intentamos entender el mundo y aprovecharnos de él. Con las emociones establecemos lazos que nos fortalecen. El ser humano apostó, como medio de supervivencia, por la educación. No lo hizo de manera planificada ni porque fuera la mejor estrategia en el medio donde aparece, sino por azares de la evolución. Y nos hizo más responsables del desarrollo de las crías: a los padres y a la sociedad en conjunto.

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