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Desde Grecia

Entre Pinto y Valdemoro

Un restaurante en Sivota. j. rigo

Cuando hace unos días Toni Ruiz, el subdirector del diario, me refrescó la memoria (como suele hacer pacientemente todos los meses) reclamando la crónica de este domingo, me preguntó a la vez que donde estaba, desde donde escribía, para poder ajustar el encabezado de Mallorquines en el mundo. Y la verdad, podría perfectamente haberle dicho que entre Pinto y Valdemoro, o quizás, más ajustado a la realidad, con permiso de mi amigo J. C. Llop, entre el champán y la resina. Estaba, al menos físicamente, en París -enredando con las maletas, lo dejo todo siempre para el último minuto- y no había caído en que me tocaba artículo para este fin de semana. Abandoné inmediatamente el chequeo de la terrible lista de objetos imprescindibles, mi rompecabezas equinoccial, y me senté, feliz, frente al ordenador. Bueno, lo de feliz es un decir, quedaría mejor circunspecto, ya que no tenía ni idea de por dónde empezar. Por un lado, estaba aun en casa, en Francia, pero por otro, la cabeza había largado amarras, navegando ya por el Jónico. De hecho, hoy, cuando ustedes lean estas líneas, espero estar en Lefkada, en Sivota, degustando un vino blanco en la terraza del Trocolo.

Temas a tratar no me faltaban, y en primer lugar la evocación del medio siglo del Mayo 68. Un aniversario que, a pesar de los nostálgicos intentos estudiantiles, con algunas facultades ocupadas, la huelga intermitente de los ferrocarriles, los problemas de Air France y algunas manis violentas, como la del pasado 1 de mayo, no parece que vaya a cuajar. El contexto, palabra de moda, o las circunstancias, más orteguiano, son otras, completamente distintas a las de entonces. También, la hermosa primavera que estamos teniendo -batiendo récords de temperaturas desde abril, las terrazas a tope y llenas de sonrisas- habrá influido sin duda en que el ambiente no se crispe demasiado. Y esta misma semana, puntuada de fiestas y celebraciones, la victoria del 45 y la ascensión, París ha vivido el éxodo habitual pese a la amenaza del colapso en trenes, aviones, y carreteras. Total que estamos ya a mitad de mes y las barricadas siguen durmiendo en los archivos fotográficos.

Por tanto, volviendo al principio, a mi situación particular, no acabo de tener muy claro dónde estoy en este momento. Pasajero en tránsito, y mi querido Pere Joan sabe de qué hablo. En tránsito entre el champán y el vino resinado griego. Champán, aparte de una de mis bebidas preferidas -estoy ahora mismo copa en mano buscando la inspiración- es también el título más celebrado del recientemente desaparecido Jacques Higelin. Un artista difícil de clasificar, de encasillar en un género concreto. Actor en sus inicios, tremendo poeta, evolucionó desde la chanson -cantó a Vian y rindió homenaje a Charles Trenet- hacia el rock pasando por el glam. Un átomo libre en la amplia escena musical francesa. Mientras escribo, estoy escuchando su último álbum, grabado en 2016 cuando cumplió setenta y cinco tacos, cincuenta de profesión. La inconfundible voz rasgada recita más que canta "el mundo está loco, el mundo marcha al revés, jaque mate, los locos bailan de través". La ceremonia de inhumación, a diferencia del gran espectáculo de Johnny, se celebró casi en la intimidad. No demasiado estricta, ya que más de mil personas, entre familia, amigos y fans, acudieron al Pere Lachaise para despedirle. Su hijo mayor, el también cantante y compositor Arthur H, entonó uno de los éxitos del iconoclasta Jacques, Pars, surtout ne te retourne pas. Emotivo adiós. Textos y música en la red.

Para cambiar de registro, de país y de bebida, me traslado mentalmente a mi mesa, pies en el agua, deliciosa bahía de Sivota, tranquilo domingo de mayo. El ajetreo de París parece lejano, ¿fue anteayer o hace un año? Aquí la temporada aun balbucea, están en periodo de rodaje antes del temido apretón estival. Mientras espero que Eleftería me convoque a manteles, me deleito en la lectura, absolutamente recomendable, de Alessandro Barbero, La bataille des trois empires, Lépante 1571, editorial Flamarion. Lo encontraran en castellano, publicado en 2012 por Pasado & Presente. Ya les contaré, ahora solo me queda espacio para desearles un ¡Buen verano!

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