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José Carlos Llop

Ni contigo ni sin ti

Hace poco más de un mes viajé a Porto, que antes llamábamos Oporto y no sé si ahora deberíamos también, del mismo modo que decimos Londres y no London. Al día siguiente de mi llegada me encontré con una amiga que regresaba de Egipto. No hablamos de la belleza del Valle de los Reyes al amanecer, ni del barrio copto de El Cairo, ni de la iglesia de San Francisco de Porto y su maravilloso Árbol de Jessé, o de la fortaleza sobre el Duero o de la Casa del Té de Álvaro Siza y el Atlántico como una lámina de Hokusai, no. Hablamos de la masificación turística, del gentío en las calles –qué digo, el gentío, la muchedumbre–, de los viajes masivos como una señal de que el mundo se acaba y hay que apurarlo. Habiendo estado en la vieja Europa y en la tierra de los faraones parecía que habíamos viajado al mismo sitio. Y lo que hubiera sido una breve crónica de ambas estancias fue una caricatura de nosotros mismos. Hablábamos con fastidio encubierto de aquello de lo que habíamos formado parte, de aquello que éramos, habíamos sido y seremos cuando visitemos una ciudad que no es la nuestra: turistas y cómplices de una masificación de la que huimos y que nos incomoda, más allá de un concierto de rock o un partido de la Champions. Hablábamos de un viaje, olvidando la bendición y la alegría de poder hacerlo. Y lo que es peor: hablamos de ese ‘efecto acabóse’ como quien habla de las dosis de la vacuna que lleva puestas, en fin, un aburrimiento cósmico. Y sin embargo las ciudades mueren sin que las habiten y visiten. Pero si son visitadas en exceso –Venecia como paradigma– dejan de ser ciudades y se convierten en los animales disecados de un museo.

Cuando dejé a mi amiga en Cort, rodeada de turistas, pensé en cosas extrañas. O sea, que en vez de estar en mí, me dejé llevar por las circunstancias. Pensé que Mallorca es uno de esos lugares del mundo donde la mayoría de sus habitantes no podrían comprar la casa donde viven, sea ésta comprada o heredada. Llevo diciéndolo hace años. Las batidas inmobiliarias, el aumento de población, el redescubrimiento del Mediterráneo por parte de los europeos del centro y norte del continente han provocado que se pida por el palmo de suelo construido lo que se pide por un par de tarros de caviar beluga. Y el hecho de competir no sólo entre nosotros a la hora de buscar casa, sino de hacerlo con una selección europea con dinero –como ocurre en otras islas del Mediterráneo y seguirá ocurriendo porque parece que nuestro mar ha adquirido la categoría de refugio soleado ante lo que pueda llegar– nos deja en una rara situación, que padecen, sobre todo, los jóvenes e inmoviliza a los mayores.

¿Qué hacer?, diría Lenin. Como él fue un criminal de masas, supongo que lo haría liquidando a la población flotante o sobrante o excesiva y se quedaría tan pancho lamentándose de sus dolores de espalda mientras quebraban las agencias de viajes al Kremlin. Pero aquí se olvida que mientras nos lamentábamos y lamentamos la isla ha ido adquiriendo más valor económico y si al principio se creía que eso revaloriza lo que se tenga ahora ya da la sensación de estar en un callejón sin salida. Todo vale más, pero para nosotros también y si en los 20/30 se perdieron muchas propiedades por quiebra o ruina de sus propietarios, ahora se corre el peligro de perderlas por la asfixia de un éxito no buscado. No de esta forma, al menos. O sea que salvo para unos cuantos todo vale más de lo que se tiene. Hace décadas –el tiempo pasa muy deprisa– hubo un presidente de la CAIB que dijo con retranca payesa postiza que por mucho que las compren, las casas no se las pueden llevar. Algo habrá cambiado cuando se habla de impedir la compra de casas a extranjeros: parece evidente que con el euro sí se las llevan aunque no se muevan de sitio. Pero esta prohibición, de llegar a ser –cosa que no creo– suena a jeremiada y en seco parece una barbaridad. No sólo eso: en India y Tailandia, por ejemplo, ya es así: un extranjero no puede comprarse una casa, pero hecha la ley, hecha la trampa y las casas se compran a través de testaferros. Y de testaferros en esta tierra sabemos un rato largo. O sea que tampoco está claro que sea la solución. ¿Y toda la economía del gremio que sea –carpinteros, albañiles, fontaneros…– que se mueve a su alrededor? ¿De verdad existe solución a lo que nos pasa o a lo que ya existe se van a sumar las víctimas colaterales y las causadas por el fuego amigo? Como, por otra parte, está ocurriendo al haberse enriquecido Mallorca como lo ha hecho. Ni contigo, ni sin ti, parece, tienen nuestros males remedio.

Todo eso pensé el dejar a mi amiga en Cort. Ya he avisado: cosas extrañas. Tal vez sean las secuelas de un maligno covid –debía venir de Angola o de Mozambique– que pillé, precisamente, en Porto, Oporto y sus multitudes. Las de Walt Withman y Bob Dylan –I contain multitudes– que es lo que nos pasa ahora, sin recordar lo que nos pasó meses después de que se parara el mundo por un bichito. Sin salida.

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