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JOrge Dezcallar

En brazos de China

Como las malas noticias nunca vienen solas, resulta que otra consecuencia de la invasión de Ucrania es que arroja a Rusia en los brazos de China. No creo que a largo plazo vaya a ser buen negocio para Moscú aunque a corto le saque las castañas del fuego. Tampoco lo es para Europa. Aquí el único que gana es Beijing.

La Unión Soviética y China, los dos grandes paraísos comunistas, tuvieron inicialmente una relación tan conflictiva que desembocó en el conflicto del río Ussuri en 1969. Luego, ya con Rusia, la cosa mejoró sobre la base de una común ideología totalitaria, complementariedad económica e intereses políticos compartidos. Rusia es desde 2016 el principal suministrador de China de gas, petróleo y armamento, mientras que China tiene hoy la tecnología punta que Moscú necesita. Y también les une considerar a EE UU como una potencia en decadencia que les impide ocupar el lugar que ambos piensan que les corresponde en el mundo por su peso económico y por su influencia política. Y que encima no para de meterles el dedo en el ojo -con mucha razón- por cuestiones de derechos humanos.

Ahora la invasión de Ucrania ha separado aún más a Rusia de Occidente, que le impone duras sanciones, y eso le ha obligado a acercarse a Beijing. Entre la anexión de Crimea en 2014 y hoy la participación china en el mercado ruso ha pasado del 10% al 18%, y desde la invasión de Ucrania en febrero el comercio bilateral ha pegado un subidón del 48% a pesar de los problemas de Rusia y del relativo estancamiento de la economía del gigante asiático, que solo crecerá un 2,8% este año.

China dice que lo suyo con Rusia no es una alianza sino una «Asociación Estratégica Multidimensional de Coordinación» -¡ahí queda eso!- que Dimitri Trevin sintetiza en «nunca uno contra otro, nunca uno siempre con el otro», pero no esconde que no está cómoda con la invasión de Ucrania porque ha violado principios que le son muy caros como la integridad territorial, el respeto de la soberanía nacional, y la no injerencia en los asuntos internos, lo que resulta comprensible si uno piensa en Xinjiang, Tíbet y Hong Kong. Por eso Beijing no ha reconocido la anexión de Crimea o la más reciente de las cuatro provincias de Donetsk, Lugansk, Jerson y Zaporiyia. Pero no puede dejar de apoyar a Rusia porque no quiere el colapso de su régimen y porque necesita su apoyo en su eventual futura confrontación con los EE UU que nadie descarta. También quiere su energía. A China le conviene una Rusia hostil a occidente porque eso la empujará aún más en sus brazos y a su objetivo de alcanzar en un futuro no lejano hasta el 50% del mercado ruso, ser su fuente de tecnología punta y convertir al rembinbi en moneda de reserva frente al dólar o el euro. Por no hablar de su apoyo en las instancias internacionales cuando se traten cuestiones de derechos humanos o de sus ambiciones en el Mar del Sur de China. También quiere alejar a Moscú de la India y Vietnam, que son países con los que Beijing mantiene contenciosos abiertos. Por eso Xi no escucha cuando le pedimos que intervenga para parar la invasión: porque no le interesa, porque no tiene experiencia en mediaciones, y porque sabe que no va a cambiar a Putin y que sus eventuales críticas a Moscú tampoco ayudarán a mejorar sus relaciones con Washington.

Lo que no está tan claro es que este acercamiento también le interese a Moscú porque le hace perder libertad y capacidad de maniobra internacional, porque de hermano mayor en la relación bilateral pasa a ser el socio subordinado, porque ve con aprensión el futuro de sus inmensos territorios siberianos con escasa demografía frente a una China superpoblada (1400 millones frente a 140), y porque ambos compiten por la influencia dominante en Mongolia y en las repúblicas ex-soviéticas de Asia Central, ricas en energía y donde las ingentes inversiones asociadas a la ruta de la seda inclinan la balanza en favor de Beijing.

Tampoco nos interesa a nosotros este acercamiento entre dos potencias que no comparten nuestros valores democráticos y liberales y que quieren acabar con las normas que han regido el mundo desde 1945, como acaba de afirmar Putin al anexionarse el 15% de Ucrania. Pero es lo que hay.

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