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Albert Soler

Limón & vinagre

Albert Soler

Jean-Luc Mélenchon: Marianne y un señor de Murcia

No se deje nadie engañar por su parecido con Lino Ventura, actor francés duro entre los duros. Mélenchon es el murciano de Ninette y un señor de Murcia, el provinciano que tuvo que ir hasta París para encontrar el amor, aunque en su caso el amor no sea una señorita francesa sino el poder, que cunde más. Alguien llamado Mélenchon no puede tener otro origen que la huerta murciana, y efectivamente, Antonio Melenchón, su abuelo, natural de Mula (Murcia), emigró a la Argelia francesa, donde años después nacería su nieto, ya con la tilde del apellido trasladada desde la o hasta la primera e, que hace mucho más francés. Así que ahí está, intentando conquistar al objeto de su amor, que no se llama Ninette sino Marianne, la figura femenina que simboliza Francia. Marianne y un señor de Murcia.

La coalición Nupes, que encabeza Mélenchon, no ha aprovechado la ocasión de llevar a cabo una original campaña que, con el eslogan «Mélenchon, qué hermoso eres» -o como se diga en francés- apelara al origen de su líder, obsequiando a los asistentes de los mítines con pimientos, en lugar de los ya muy anacrónicos -y mucho menos sostenibles- pins, suponiendo que todavía se regalen, yo qué sé, jamás he ido a un mitin. Aun sin recurrir a Murcia, los de Mélenchon afrontan la segunda vuelta de las legislativas francesas con bastantes números de poder frenar a Ensemble, el partido de Macron, que se las prometía muy felices después de vencer en las presidenciales. No es descartable que después de este domingo tengamos en Francia al presidente de un partido y al primer ministro de otro, eso que ellos llaman «cohabitación» y que sería imposible en zonas más meridionales como España, donde saltarían prestos los navajazos, probablemente literales. Francia es el país donde los divorciados se llevan bien con la nueva pareja de su excónyuge, o sea que en temas de cohabitación nos llevan ventaja, tanto en política como en relaciones sentimentales, si es que no son lo mismo

El euroescepticismo se va abriendo paso. Como muestra, Francia, donde tanto la derecha (Le Pen) como la izquierda (Mélenchon), tiene cada día más dudas respecto a Europa, en aquel caso por nacionalismo, en este por las políticas de austeridad. Mélenchon empezó siendo socialista y se fue decantando hacia la izquierda, aunque seguramente él aduciría que fue el PSF quien se decantó hacia la derecha, y tal vez no le faltara razón. Mélenchon es rojo, tan rojo como un pimiento de la huerta murciana. Y divorciado, como buen francés, aunque uno ignora si cumple con el requisito de estar a buenas con su exmujer, ya que la mezcla de sangre española y francesa produce extraños personajes. Así describía Mihura a los padres de Ninette, y quien sabe si se adelantó y retrató de paso a Mélenchon: «aunque afincados en Francia y con ideas marxistas, eran rabiosamente españoles para estas cosas del amor».

Pagarse los estudios trabajando primero en un taller de relojería y después en una gasolinera, le habrá servido al político de ascendencia murciana para comprender que, si el tiempo es oro, la gasolina aún lo es más, por lo menos en estos tiempos que nos toca vivir. Quizás esa sea la causa de que una de sus propuestas estrella sea aumentar el salario mínimo hasta los 1.500 euros, cosa que al sur de los Pirineos nos suena a utopía. Acabaremos cruzando la frontera de nuevo, esta vez no para ver El último tango en París sino para comprobar cómo se vive con tal salario mínimo, nosotros, a quienes apenas nos alcanza para comprar la mantequilla que Marlon Brando malgastaba -es un decir- fuera de los fogones.

El aspecto de Lino Ventura al que aludíamos más arriba lo desarrolla Mélenchon en sus ataques a la prensa y en sus conflictos con el semitismo. No es Mélenchon de los que se calla por mor de lo políticamente correcto -he ahí de nuevo su sangre murciana-, sus insultos a medios y periodistas son célebres en Francia, como lo son sus críticas al Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, que le han valido más de una acusación de antisemitismo. Pasaría por un personaje de Michel Houellebecq, como el que en Sumisión afirma que «esa Europa que era la cumbre de la civilización humana se ha suicidado, en el espacio de pocas décadas». Europa se tambalea, y Mélenchon parece más dispuesto a darle un empujón que a sostenerla.

Uno se queda al final sin saber si votar a Mélenchon o no, hasta que cae en la cuenta de que uno no vota en Francia, allá se apañen los franceses. A nosotros, basta con que nos guste. Aunque no sepamos francés y no entendamos nada de lo que dice, o precisamente por eso. Como le dice Andrés a Ninette: no te comprendo una palabra, pero me gustas, me gustas cuando hablas en francés.

Jean-Luc Mélenchon, este pasado domingo en París.

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