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Diario de Mallorca

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Mercè  Marrero

La suerte de besar | No son solo paredes

El cierre de comercios, cines, bares de toda la vida es una pérdida para cualquier ciudad. Si lo que está en peligro es un teatro, además de perder personalidad, perdemos cultura

Cuando cerró la farmacia de la esquina de la calle Joan Segura no solo cesó una actividad. Finalizaron historias asociadas a ella. La señora que se iba tomar la tensión y a charlar con la farmacéutica tuvo que cambiar de ubicación y, como el nuevo titular no le da bola, ahora solo se toma la tensión y vuelve a su casa sola y en silencio. Se acabó rememorar cuando iba a comprar las pastillas Juanola con mi abuelo y el auxiliar me regalaba unas barras de regaliz. Fue el final de las asesorías desinteresadas sobre medicamentos para el catarro y la expectoración, de los consejos para evitar las erupciones en la piel y de las conversaciones de barrio de vecinos que esperaban turno. Esa farmacia era la típica farmacia que imaginamos las que ya tenemos una edad: baldosa hidráulica, estantes de madera atiborrados de cremas y jabones y unos carteles grandes en su fachada con la clásica tipografía enmarcada en dorado que anunciaba medicamentos, remedios y fórmulas magistrales. La buena noticia es que ahora alberga un despacho de arquitectos que, con muy buen criterio, han decidido mantener su espíritu, incluidos los rótulos de la fachada. Una excepción. La regla mayoritaria es que donde había una tienda de hilos, agujas y botones, hoy hay una cafetería que sirve bocadillos de pan chicloso y embutidos de calidad mediocre. En el colmado donde te vendían tomates de ramallet auténticos, hoy te ofrecen híbridos de piel brillante. En la librería donde respirabas calma y curiosidad hay una heladería con sabores de colores chillones cubiertos de pepitas de chocolate y música a todo volumen. Donde había un horno con personalidad y olor propios y únicos, ahora hay una franquicia idéntica a la que está en París o en Toledo. Olor incluido. Estamos tan globalizados que hasta las marcas huelen igual en cualquier parte del mundo. Desaparecen cines, pequeños comercios y colmados y algunos nos entristecemos, pero nos cuesta movernos de nuestro sofá porque estamos enganchados a la serie que Netflix quiere que veamos y, oye, ¡qué cómodo es eso de que te traigan la compra a casa!

El cierre de ciertos espacios que son característicos de nuestros barrios, pueblos y ciudades implica aniquilar parte de nuestro pasado y personalidad. Si este espacio es un teatro, el empobrecimiento es, también, cultural. El Teatre Sans es un activo para Palma, un lugar donde disfrutar de obras de pequeño formato, donde actores y actrices realizan residencias, los jóvenes (y no tan jóvenes) desarrollan vocaciones, se fomenta la lectura, creatividad, expresión, movimiento y pensamiento. Y, además, el Teatre Sans forma parte de muchos pasados. Incluido el mío. Allí descubrí el subidón que implica subirse a un escenario, sentí ansiedad al leer a Shakespeare, interpreté a Goldoni y a Karl Valentin, me teñí el pelo y me puse bigote. Conocí a personas a quienes hoy sigo queriendo, a pesar de los 30 años que han pasado. El Teatre Sans ha cambiado, para bien, la vida de muchos y debe seguir cambiándola muchos años más.

Defendamos el teatro y, sobre todo, vayamos al teatro y practiquémoslo. Está en manos de los ciudadanos que una actividad tan maravillosa y un espacio que enriquece la ciudad pueda seguir mejorando la vida de tantas personas. No son solo cuatro paredes. Es mucho más.

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