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Norberto Alcover

En aquel tiempo | La quietud, ambientes y personas

Porto Colom. Ese ámbito recoleto, marítimo y acogedor, salpicado de barcas y barcos para momentos de placer y de pesca eventual. Reconciliación con el agua en cuanto agua, potente y salada. Esa especie de útero bajo el que retornas a los orígenes de la propia vida y los alaridos de esperanza. Hundido en las aguas, escapas al tiempo y al espacio humanos para entrar en una dinámica de plenitud absoluta, eliminadas molestias ajenas tan inquietantes ellas. Las conversaciones con Gaspar y Francisca, los paseos sobre los acantilados, el silencio al atardecer, esa insuperable sensación de bienestar con olor a mar tan lejos de la ciudad, lejos, muy lejos de los pensamientos crecidos en Porto Colom. Y sin embargo, de vez en cuando, tentado por la prensa y algún telediario, descubres que los males del mundo siguen en pie como un fantasma prepotente que puede con casi todo. Y caigo en la cuenta, una y otra vez, de que la tentación dictatorial galopa sobre países y conciencias, sin que caigamos del caballo ilusorio de que la seguridad aumenta la libertad. Pero en las aguas de Porto Colom, y las escapadas a Porto Cristo, Cala D’Or y Santanyí, se amplía el deseo de permanecer fiel a las propias convicciones, como la payesía a sus tierras y los turistas a su escapada anual. Cuando estaba en Madrid añoraba el mar, y en alguna escapada a la montaña mojaba mis pies en los riachuelos discretos y tranquilos. Una consolación efímera y frágil. Pero es nuestra vinculación genética al agua en cuanto agua, a la inmersión en el líquido, abandonada la represión de la carne, el peso del asfalto, la humareda de la polución. Días en Porto Colom. Hasta que uno marcha y retorna a la ciudad. Quietud.

Valldemossa. Los orígenes. Los placeres y los días. Los saludos inesperados. Unas fiestas sin fiesta por mor del maldito bicho latente, solamente la misa mayor en Cartuja, que recupera su dimensión majestuosa y sacral. Sillas y gran pantalla fuera del templo para saciar las ansias de participación de tantos creyentes. Después de la misa, sabrosa y fraternal comida del grupo sacerdotal en casa del párroco, sumergidos en un clima fraterno pero no menos crítico. Vidas entregadas a un trabajo ingente por la cantidad de pueblos que atender y la limitación de las fuerzas. La Iglesia que cura, si se quiere, de toda tentación laicista. Mercedes y José Luis en el recoleto jardín de nuestra casa pairal, pequeña, íntima, sabrosa. Hacemos memoria del tiempo pretérito y lo proyectamos sobre el futuro de hijos y de nietos, especies desconocidas para mí. Tendré que volver con más calma. Tal vez solo, para saborear el silencio del pueblo y acercarme a la ermita, donde eres invitado al placer de la eternidad. Sobre el Mediterráneo. Hasta que uno marcha y retorna a la ciudad. Quietud.

Festividad de Ignacio de Loyola, mi referente sustancial, a 31 de julio. El día anterior se nos cruza un caso de virus y el grupo queda confinado en los muros de Montesión. Anulación de la misa del santo loyolense para tristeza de todos. Cuando deseábamos dar el pistoletazo de salida del 500 Aniversario de la célebre herida de Pamplona, con la que arranca la experiencia de Ignacio, el núcleo de los ejercicios espirituales y en fin la misma Compañía de Jesús, un virus mínimo pero letal impone su ley y nos lo fastidia todo. Es nuestra herida en el tiempo, es la enésima comprensión de que los caminos de Dios no son nuestros caminos, de que la conversión de Ignacio en Loyola es lo realmente importante de esta celebración, porque sin cambios interiores es una gran farsa propugnar transformaciones de cualquier tipo, desde las religiosas a las políticas. Sin cambio de la persona no hay cambio histórico. A pensar en ello dedico el día. Cuando la sociedad salta de urgentes alegrías tras tiempos de confinamiento, el creyente Ignacio sabe muy bien que la vida surge de esas fugaces heridas con que nos sorprende el tiempo. No es pesimismo, en absoluto, es un realismo que intentamos desdibujar de nuestras pasiones para endulzar ingenuamente nuestras vidas. Todo esto en la ciudad. Sin salir de ella. Quietud.

Mientras tanto, llegan compañeros madrileños, con su mochila de noticias y no menos de memoria. Están en la cúpula de la edad. Gobiernan la Compañía con inteligencia y bravura. Llevan a sus espaldas nuestra herencia y constatarlo sabe a gloria. Son momentos de unidad en la pluralidad, de sonrisas por los avatares del tiempo. Y especulaciones de futuro. Palma intenta recuperarse. Agosto ha arrancada como un necesidad de recuperación. Los presidentes se reúnen para mostrarnos sus discrepancias. Y todos nos mantenemos a la espera del dinero europeo como di fuese el maná. Pero Porto Colom, Valldemossa e Ignacio lo sobrevuelan todo como una llamada a la caducidad del dolor humano. Quietud.

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