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Elizabeth López Caballero

El orgullo de la risa

La risa es un verbo tan (o más) orgásmico como penetrar, masturbar o lamer. Ver reír -o hacer reír- a los que amas también segrega fluidos, también nos hace estremecernos y que se nos tensen los músculos del alma. Una risotada propia o ajena te baja un hormigueo a los cachetes y al estómago y a la entrepierna y se queda por ahí, dando vueltas, y vuelve a subir con más calor que en el descenso para quedarse anclado en tu mirada mientras observas cómo ella o él echa la cabeza hacia atrás dejándose ver por dentro. Muy dentro. Cómo convulsionan sus hombros, se le enrojece el rostro o le lagrimean los ojos. Reír es similar a pasar la lengua dura y húmeda por los entresijos de una persona. Es arrancarle un gemido sin ponerle una mano encima. Es introducir uno o dos dedos en alguna tristeza atravesada entre el pasado y el presente y empotrar ese dolor con una carcajada intensa y opresiva que te dobla hacia adelante. Que te hinca de rodillas y te conecta con tu ser. Hacer reír es acariciar ese recuerdo, domarlo y dejarlo marchar disuelto en agua. Alguna vez me preguntaron por mi prototipo de hombre. Como si los hombres -o las mujeres- fuesen una mercancía itinerante que espera impaciente por ver en qué molde encaja. Contesté que a mí me gusta que me hagan reír. Que para lo demás puedo, o no, necesitar a un hombre. Pero que me arranquen una sonrisa sincera cuando me abruma la vida y ver cómo mi mueca le ha hecho más feliz a él que a mí, es un «prototipo» que no todo el mundo cumple, sin embargo, quizá deberíamos ponérnoslo como meta. Una de las ventajas de madurar es, sin duda, que una se preocupa más por tener agujetas en el estómago de las risas que se echa con su gente que de las tres series de doce repeticiones de una tabla de abdominales. Que no quiero decir con esto que los «fitness» sean unos inmaduros, que aquí cada cual interpreta la feria según le va, sino que a veces nos puede la rutina, los horarios y las obligaciones y nos vamos desconectando de lo placentero -y necesario- que es el orgasmo de la risa. Da igual con quien, la risa no entiende de identidad sexual ni de diferencia de género. Tampoco de infidelidad. La risa es, sin más, una necesidad de la que no debemos privarnos.

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