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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Cómo quedará el queso

El bicampeón olímpico Gervasio Deferr tiene un gimnasio en un barrio deprimido y prepara a adolescentes. Podría dedicarse a entrenamientos personales en el centro de la ciudad, pero decidió hacer algo por la comunidad

Ilustración

Ilustración INGIMAGE

Mi tío Fernando hizo prácticas de Medicina en el barrio de La Mina, en Barcelona. Decía que estudiaba lo que estudiaba porque su objetivo era ayudar a las personas y, en especial, a las más vulnerables. Mi tío, que murió de un accidente de moto el día que recibía su último aprobado de la carrera, era un fuera de serie que siempre tuvo claro que todos tenemos que aportar a los demás y a la sociedad. Defendía un compromiso más allá de nuestro propio bienestar.

En todas las ciudades hay un barrio como La Mina. Lugares que solo se nombran en las campañas electorales, donde la droga campa a sus anchas, la decadencia es estructural y el abandono escolar es el pan nuestro de cada día. Son barrios que engullen y marcan. Salir de su inercia y optar a una vida con más posibilidades es toda una heroicidad. Y ahí es donde entra el compromiso de los que sí pueden hacer algo. He pensado en mi tío, que contribuyó en lo que pudo, leyendo un artículo sobre Gervasio Deferr. El bicampeón olímpico, que se considera un chaval de barrio, pone su nombre a un gimnasio en el centro de La Mina, en una acción que nada tiene que ver con las estrategias de marketing y de vender humo a las que estamos acostumbrados. Gervasio Deferr se gana la vida entrenando a un equipo de gimnastas. Dice él que cuando oye al equipo gritar «¡Somos La Mina!» se emociona porque por fin reconoce el orgullo de pertenencia en los chillidos adolescentes. Deferr pasó una época oscura. Al retirarse de la primera línea, sintió vértigo y le pillaron con un extra de cannabis en sus venas. No se arrepiente porque aprendió la lección. Está orgulloso de lo que hizo como deportista y de lo que hace como ciudadano. Podría haber abierto un espacio de fitness elitista en el centro de Barcelona, pero no ha sido su elección. Y a mí me admira ese gesto. Me gusta la gente que pudiendo hacer lo fácil, escoge lo mejor, a pesar de ser difícil.

Hace años, un amigo que pensó que yo necesitaba aprender cómo gestionar el cambio me regaló el libro Quién se ha llevado mi queso, de Spencer Johnson. Una historia de autoayuda sobre unos ratoncitos y unos liliputienses que deben salir de su zona de confort y adaptarse a la ausencia de su principal sustento, el queso. Leer la historia de Deferr me ha hecho pensar en la capacidad admirable de algunos para renovarse y hacer algo por la comunidad y en si nosotros, como isla, habremos sido capaces de asumir el reto. Ahora, que avanzamos en vacunación y que comenzamos a ver la luz al final del túnel, ¿volveremos al queso de los múltiples cruceros coincidiendo el mismo día? ¿Fomentaremos el requesón de la masificación y sobreexplotación de recursos? ¿Retornaremos al negocio de la borrachera y de los excesos? ¿Seguiremos agotando nuestros espacios naturales en pos de atraer a más gente? La respuesta y responsabilidad está, en gran parte, en hoteleros y grandes empresarios de esta isla, que son quienes pueden hacer algo significativo y marcar el cambio. Pueden pensar en ellos o abrir el espectro de visión. Esquilmar el queso o fomentar el orgullo de pertenencia. Ojalá abran un gimnasio.

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