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Joaquín Rábago

¿Dónde quedó la eficiencia alemana en esta pandemia?

Es la pregunta que se hacen todos en vista del caos en el que se ha convertido la lucha contra la covid-19 en el país central de Europa y considerado hasta hace poco también como el más eficiente.

El desconcierto generado allí es tal que un semanario tan influyente como Der Spiegel ha llegado a abogar en un comentario editorial por una cierta reforma de lo que es su marca de identidad política: el federalismo.

El problema es que éste funciona bien si todos reman en la misma dirección en lugar de trabajar muchas veces unos contra otros, como ha venido ocurriendo últimamente, sin que la canciller Angela Merkel haya logrado imponer su autoridad.

La citada revista señala como tarea urgente del Gobierno que se forme tras las elecciones generales del próximo otoño la promulgación de una ley de protección ciudadana para casos de catástrofe que confiera mayores poderes al Gobierno federal.

Es algo previsto en caso de estallido bélico, pero ¿no han utilizado siempre los políticos la palabra «guerra» para referirse a la lucha contra el coronavirus? ¿Por qué no recurrir entonces a esos poderes especiales en esta y las más que probables futuras pandemias?

No se trata de crear un Estado centralista donde no existe: la estructura federal funciona y los «länder» (Estados federados) deben aprovechar su mejor conocimiento de la situación en sus territorios y utilizar métodos e instrumentos propios, pero sin torpedear la estrategia general, como ocurre cuando compiten entre sí.

Es algo que vemos que vemos que sucede también entre nosotros en el caso de la comunidad madrileña, cuya presidenta, esgrimiendo un falso concepto de la libertad, hace gala de llevar siempre la contraria a lo decidido por el Gobierno central y acordado con el resto de las comunidades.

Lo que nunca debe ocurrir es que un país políticamente descentralizado degenere en una especie de reino de taifas, donde cada cual va a lo suyo sin que le importen los demás porque en ese caso, la estructura federal o autonómica, se convierte rápidamente en disfuncional.

Y es que estamos ante un virus tan insidioso como errático, lo que dificulta cualquier respuesta. Y así vemos que la existencia de un Estado fuertemente centralista como Francia tampoco es garantía de eficacia frente a la pandemia.

Ocurre que en todas partes los ciudadanos están confusos por las medidas contradictorias de las autoridades, además de cansados, lo que hace que cada vez se tomen menos en serio las restricciones que se les imponen, algo especialmente peligroso debido a las mutaciones del virus.

Y cuanto más alto sea su valor de reproducción – como conocen los epidemiólogos al número de personas que puede infectar un solo individuo-, más difícil será poder controlarlo, algo que parece suceder ahora con la variante británica.

En Alemania se calcula que con una incidencia de 200 casos por cada 100.000 habitantes, las unidades de cuidados intensivos pueden comenzar a tener problemas al menos en algunas partes del país.

Y si no se hace nada y se deja que se llegue a los 300 casos, las UVI pueden verse desbordadas y podría tener que recurrirse al llamado «triaje», una horrible perspectiva en la que los médicos habrían de decidir a quién salvar y a quién no.

Un problema que es que tan pronto baja la incidencia, aumenta la presión de los ciudadanos para que se relajen las restricciones y muchas veces los políticos no tienen la valentía de tomar medidas que consideran necesarias.

El resultado de todo ello es que siempre estamos corriendo detrás del virus cuando la única forma de vencerlo es impedir que nos tome la delantera.

Y para ello hay que hacer cada vez más test, ya sea el famoso PCR o el bastante menos fiable test de antígenos, tanto en las escuelas – porque se ha visto que la nueva variante del virus infecta también a la población más joven- como en las empresas.

Sólo así se logrará romper más fácilmente la cadena de transmisión, algo imprescindible para, junto a la vacunación masiva, llegar a vencer la pandemia.

Y hablando de vacunación masiva, ¿por qué no se autorizan cuanto antes en toda la UE otras vacunas que han demostrado su eficacia como la rusa Sputnik V. ¿O es que Bruselas pretende llevar la guerra fría también al terreno sanitario?

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