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JOrge Dezcallar

Los héroes

Las modas cambian. Mi infancia estuvo dominada por un mundo de héroes en el que destacaban el Guerrero del Antifaz y Superman aunque a mí me gustaran más Sandokán y el Corsario Negro, de Emilio Salgari. O el Ivanhoe de Walter Scott. En cine brillaban El Cid y Ben-Hur en una larga cadena que llega hasta Luke Skywalker. Era una época todavía dominada por Thomas Carlyle que pretendía que los grandes hombres (con pocas mujeres) determinan el rumbo de la Historia, desdeñando las teorías de inspiración marxista que mantienen que ese rumbo lo marcan las fuerzas económicas y culturales subyacentes. Probablemente la verdad esté mucho más cerca de la segunda interpretación, como muestran las similitudes entre El Gatopardo, de Lampedusa, en Sicilia, y el Bearn, de Lorenzo Villalonga, en Mallorca, que no se conocían entre sí, aunque tampoco sea desdeñable el impacto que algunas personalidades arrolladoras han tenido sobre nuestras vidas. El nazismo surge en Alemania por la combinación de la humillación del Tratado de Versalles con la crisis económica del 29 y el fracaso de la República de Weimar, pero hubiera hecho mucho menos daño sin la locura vesánica de Hitler. Igual que fue Stalin, aupado por una revolución comunista fraguada sobre la esclavitud campesina, el que envió a 30 millones de compatriotas a morir en el Gulag.

Hoy los héroes han pasado de moda, se lo tienen que hacer perdonar, se humanizan y los defectos y debilidades de su carácter les engrandecen y les acercan más a nosotros como le ocurre al hobbit protagonista de la obra de Tolkien, abrumado por la tarea que se le encomienda pero no menos resuelto a vencer los obstáculos. Nuestros héroes son hoy los anónimos sanitarios que luchan contra la pandemia y tantas personas que bregan a diario para llegar a fin de mes en un entorno económico destrozado. No se les levantan estatuas de bronce en las plazas y no conocemos sus nombres, aunque de vez en cuando surja uno capaz de galvanizar a las multitudes como ese capitán Brown que a sus cien años se ha convertido en un fenómeno viral en Inglaterra y que antes de morir ha recaudado millones de libras para luchar contra el Covid-19.

Porque los héroes cambian de apariencia pero siguen existiendo y afortunadamente en algunos casos todavía inspiran nuestro comportamiento. Hoy son menos fuertes, más cercanos, menos monolíticos y dogmáticos, más frágiles y más atenazados por dudas que, en definitiva, son el motor del progreso... porque sin duda no hay cambio. Y a veces se rompen como le ha ocurrido a Aung San Suu Kyi, que después de pasar quince años de prisión domiciliaria por luchar contra la dictadura militar birmana y recibir el premio Nobel de La Paz, no fue capaz de condenar el genocidio de la minoría royingya a manos de militares budistas. Los mismos que acaban de volver a detenerla.

Hay gentes que detestan a los héroes porque cortan todas las cabezas que destacan y por eso quieren acabar también con los del pasado aplicándoles criterios del presente, que es una forma muy injusta de juzgarlos porque eran gente con otra mentalidad, como también tienen otro código de conducta los indígenas de tribus primitivas para los que nuestras categorías mentales son simplemente incomprensibles como cuenta Jared Diamond en El mundo hasta ayer. Y a la inversa, y por eso nosotros no comprendemos que ellos dejen morir o incluso maten a los ancianos a los que su vida trashumante impide mantener. Adriano no hubiera comprendido que alguien le hablara de pederastia. Fue un pederasta, que es algo condenable, aunque eso no le hiciera peor emperador. No trato de condonar conductas criticables sino de ponerlas en su contexto. Las Walkirias no suenan peor aunque le gustaran a Hitler y Woody Allen dijera que al oírlas le entraban ganas de invadir Polonia. Se está poniendo de moda en el mundo una «cultura de cancelación» que niega el pan y la sal a quiéenes no piensan o actúan de acuerdo con la moral dominante y eso me parece de un totalitarismo intelectual inaceptable.

Lo que no logro comprender es que alguien quiera convertir en héroe a un tipejo como Pablo Hasél, que además es un rapero malísimo. Prefiero a Sandokán.

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