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Ellos, en nuestro lugar

La primera vacunada en Balears, Avelina Serrano.

La primera vacunada en Balears, Avelina Serrano.

He perdido la cuenta del número de anuncios, viñetas, cortos o artículos que desde que llegó el coronavirus a nuestras vidas, intentan concienciar a los más jóvenes de la importancia de cumplir con las restricciones para proteger a nuestros mayores. Con mensajes directos y duros, algunos, y otros ñoños y básicos, les recuerdan que los que están muriendo, esas cifras que se nos atragantan en la garganta, son básicamente los abuelos, e intentan concienciar a los chavales de la importancia de parar los contagios y con ellos sus muertes. Y a veces me pregunto cómo sería el cuento si se cambiaran las tornas. Es decir, si el ‘bicho’ en cuestión se estuviera cebando con los jóvenes, y con los no tan jóvenes, esa gente de mediana edad, vaya, que vemos en las terrazas cada día con la mascarilla en la barbilla, tomándose la caña. ¿Alguien cree que harían falta todos esos mensajes y advertencias para convencer a los más entrados en edad de quedarse en casa para protegerlos?

Pues claro que no. Ellos, en nuestro lugar habrían hecho lo que hubiese hecho falta para preservar a los más vulnerables, al precio que fuera y sin escatimar sacrificios. Porque es lo que han hecho toda la vida. Lo que están haciendo desde que empezó la pandemia. Acatando las limitaciones en silencio. Aislados en sus casas. Prescindiendo de su partida de cartas y del rato de charla al sol o el paseo con los amigos. Sin recibir visitas ni el calor de los suyos en las residencias. Echando de menos los abrazos de sus nietos y de sus hijos. Sin rechistar, ni cuando han ido viendo caer como chinches a sus compañeros. Ahí están los datos, tozudos y contundentes. Si nos ponemos a hacer números, alrededor de un 80% de las muertes por covid-19 en España, corresponden a mayores de 70 años, tanto hombres, como mujeres. Y, sin embargo, todavía no he encontrado entre ellos a ningún ‘negacionista’, ni les he visto echarse a la calle a protestar, ni tan siquiera despotricar en las redes sociales sobre la buena o mala gestión de esta crisis sanitaria de la que se están llevando la peor parte.

Es más, hace semanas que nos están volviendo a dar lecciones de vida, con su comportamiento ejemplar durante las esperadas vacunas. Abriendo camino, haciendo las veces de cobayas humanas. Muertos de miedo y apretando los dientes, en muchos casos, han acudido puntuales a su cita, cuando les ha correspondido por su lugar de residencia, por grupo de edad o vulnerabilidad. No les importa salir en la foto, ni reconocer sus temores, porque según cuentan en sus testimonios, creen que «va a ser lo mejor para todos». Y los sanitarios no se cansan de destacar su comportamiento ejemplar y lo agradecidos y sufridos que son, que han sido, desde que empezó la enfermedad.

Y una mira alrededor y compara su valentía y su talante con el del resto de este país lleno de quejicas y descerebrados, y dan ganas de ponerse a hacer cortes de mangas. Que si no me gusta ponerme la mascarilla, que si me quiero ir de fiesta con mis colegas, que si me encantaría ir de vacaciones a la playa esta Semana Santa, que si qué injusto que nos volvemos a quedar sin procesiones, que si no nos dan permiso para celebrar una manifestación... A veces parece imposible que seamos sus hijos o sus nietos. Porque es difícil de entender esta sociedad en la que nuestros mayores y nuestros niños son los referentes del buen comportamiento desde que empezara el estado de emergencia sanitaria, mientras los demás, incluida la clase política, se dedican a hacer trampas o a mirarse el ombligo.

Ojalá las vacunas continúen probándose efectivas y dejemos de perder a esas generaciones de ancianos generosos, sabios y luchadores. Y a ver si, después de que sobrevivan a este desastre, la sociedad les da el valor que de verdad se merecen y aprendamos a escucharlos y a mirarnos en su ejemplo. Porque sin ellos, no solo nos quedaríamos sin memoria y sin algunos valores, que a algunos le suenan a chino, perderíamos también a los artífices del mundo prepandemia, con su estado de bienestar y su holgada clase media; y todo apunta, señoras y señores, que nos va a hacer falta volver a reconstruir todo eso, prácticamente de cero. Porque no nos engañemos, ni los que queman contenedores, ni los que se pasan las restricciones por el forro, serán capaces de hacerlo.

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