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Mateu Ferrer

La presidenta recapacita en horario límite

Armengol

Armengol

Francina Armengol es el principal capital político de esta tierra; no tiene rival, hasta los que deberían serlo lo admiten en privado. Desde hace tres o cuatro años, la socialista genera un consenso inusitado -ha domesticado desde la CAEB a los hoteleros-, y ha logrado como ningún otro político que su imagen se asocie con estas islas. Armengol es Balears, una identificación absoluta.

Empezó esta pandemia y la presidenta del Govern aunaba a la mayoría social, o sea, el grueso de mallorquines de derechas, que no es poco mérito. «Yo no he votado nunca a la Armengol, pero tengo que reconocer que no lo está haciendo mal», es la extendida cantinela que llega hasta los oídos de Biel Company de su electorado. Con la batalla perdida de la gestión por la covid, el del PP ni siquiera le ha hecho un rasguño con su ofensiva contra la okupación.

  Hoy no está claro que Armengol aglutine tantos apoyos. Tal vez porque no tiene oposición -de ahí que Pablo Casado prepare a Marga Prohens-, la presidenta incurre en errores de calado. En el capítulo de su madrugada de bar, y al contrario de lo que ha pregonado, no se juzgaba su intimidad; se examinaba su ejemplaridad en un contexto horrible donde hay mucha gente asustada y en vilo por su futuro. Armengol podía estar si quisiera hasta las tantas en la Flower Power de Can Picafort cuando aún no había coronavirus, sin que tuviera que ser objeto de debate público. Ahora, hacer gin tonics en un bar de madrugada como el Hat -que para más inri no es precisamente el Gibson ni el Lisboa- sume a muchos en el desconcierto. 

La presidenta sabe perfectamente que el problema radica en transmitir una imagen de frivolidad. A la mañana siguiente del Hat, la socialista visitaba a los médicos de Son Espases que por suerte entonces lo ignoraban; no están para bromas, es tiempo de liderazgos sólidos.

  Lejos de reconocer el patinazo desde el minuto cero, enmendarlo y seguir adelante, Armengol se obsesionó en construir un relato que la situara fuera del local a la una, pensando únicamente en las consecuencias políticas del incumplimiento legal. Una simple frase del dueño, «se fueron a la una y cuarto», le desmontó la coartada. Armengol sabe que en este capítulo lo que estaba en juego era su credibilidad, nada menos que su patrimonio político más importante. Ante lo que acontece, ¿puede Isabel Ayuso tomarse un daiquiri en una coctelería del barrio de Salamanca? ¿O Salvador Illa beber rones con cola en Barcelona? No hay más preguntas, señoría. 

  Pero la socialista optó por un papel amonestador que no le pega en absoluto. Quien la conoce vio que sus declaraciones exculpatorias del viernes en Menorca eran impostadas. Más tarde, en Ciutadella sufrió el primer input ciudadano de censura a su actitud. Allí regresó a la realidad.

  Tras bajar la barrera del Hat, Armengol intenta ahora zanjar este episodio que la deja seriamente tocada. Además del mea culpa, que ayer sí sonó empático, quizás le ayudaría relevar de una vez a la consellera de Salud. Aparte de dejar más que claro que no era una «cena de trabajo» gubernamental - juas, juas- , Patricia Gómez ha echado por tierra meses de concienciación a la ciudadanía con su esperpéntico «cada uno en su tiempo libre tiene derecho a hacer lo que considere». Normal que nos impongan el toque de queda.

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