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Cincuenta y cinco días en confín

A veces encontrar un título para encabezar un escrito parece complicado, en éste caso debo confesar que es vergonzosamente fácil pues cuando escribo estas líneas llevamos, llevo, esas cincuenta y cinco jornadas de ésta época de nuestras vidas tan monástica, aunque según los historiadores de la revuelta de los Boxers en realidad fueron cincuenta y seis los días de asedio del distrito de la embajadas en Pequín. Y es que además no me negarán las similitudes existentes entre aquella superproducción de los estudios Samuel Bronston, rodada a escasos kilómetros de esa zona cero de la pandemia hispana, en el municipio de Las Rozas, con la actual situación de nuestros dolores.

En aquella película se representa la real ficción de un peligro surgido en los confines de una China de antaño, que se cierne sobre los europeos hacinados en sus viviendas, poniendo en riesgo sus vidas y haciendas; en aquella cinta el peligro oriental no es vírico, aunque si nos atenemos a la descripción de virus que hace la Real Academia de la Lengua, que entiende que virus es aquel organismo de estructura muy sencilla, compuesto de proteínas y ácidos, y capaz de reproducirse solo en el seno de células vivas, utilizando su metabolismo (les dejo a Ustedes el llegar a las similitudes que tengan por oportuno), pareciera que quizá sí; aquel pandemia parecía más bien ir dirigida a la más prosaica intención de establecer quién manda en realidad; en aquella cinta los que ven en peligro su mera existencia, fuera cual fuera su procedencia nacional y consideración política acuden a la única forma que tiene no solo el ser humano, sino cualquier otra especie de la mundial fauna animal, la de apelotonarse, juntarse, ayudarse, colaborar en todo aquello que les hiciera a los sitiados más fuertes y al peligro latente más débil. Es curioso percibir como colaboraron nacionales que apenas dos años antes se habían fajado en una contienda militar como España y Estados Unidos (aquí cabría decir que tal parece que quien fue el elemento centralizador de aquel esfuerzo fue el embajador español, el tinerfeño D. Bernardo Cologán y Cologán, en su calidad de diplomático decano en Pequín) y otros que cinco años después se enzarzaron en otra contienda por el dominio de Oriente, como la Rusia de los zares y el naciente Imperio japonés, por no nombrar a los europeos que apenas catorce años después se dedicaron a exterminarse a modo en las trincheras del norte de Francia.

En ese sentido ya las similitudes y semejanzas con lo que aquí ocurre ya empiezan a desfallecer, por no decir que desaparecen en éste nuestro asedio por parte del bóxer contagioso. En el suelo político de más aquí, las gentes que dicen obrar por el bien de la Patria, parecen olvidar que esa Patria no es otra cosa que el conjunto de sus compatriotas, y se pasan el día intentando pegarse, unos a otros, patadas en las espinillas con la sana intención de derribar al contrario, con golpes que indefectiblemente sufren en su carnes los que no tiene ni voz ni pode para decidir su día a día, a los que el sistema representativo obliga a elegir a los que luego, con mayor o menor acierto, decidirán por ellos. Es lo que hay.

Pero es que al perecer en ésta nuestra Europa, tan sumamente, y quizá exageradamente, valorada, el reparto de roles en ésta nueva película no pronostica que el antiguo espíritu de colaboración pequinés o bronstoniano pueda tener predicamento entre los de ahora; me pregunto cómo reaccionaría en el Pequín de mil novecientos un hipotético representante del entonces Imperio Colonial Holandés; ¿argüiría por ventura que no tiene porqué pagar las balas de los demás en la defensa de todos, que su munición es solo para sus nacionales y para nadie más?; seguro que no.

Pero claro la cinta de Nicholas Ray, fue elaborada para el disfrute de los que acudían con fruición a los, entonces, repletos cines, a desconectarse de la realidad en aquella especial terapia de la sala oscura y lo de aquí es la realidad desnuda; y no tenemos aquí aquellos héroes salvadores de la pantalla; aquí, entre los que nos dirigen, tenemos más interés que valor, más conveniencia que sacrificio, más escusas que acciones, más conveniencias que adecuaciones, más actitudes que aptitudes. Decía Henry Kissinger que el noventa por ciento de los políticos consiguen una mala reputación por otro diez por ciento restante. Aplíquense por favor.

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