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Juan José Millas

Tierra de nadie

Juan José Millás

Alguien miente

Cuando a todos los vecinos de un bloque de viviendas les molesta que el portal y la escalera estén sucios, llaman al administrador y la cosa se arregla en dos patadas. Significa que la unanimidad es un chollo para los problemas de orden práctico. Por eso me extraña que, estando todo el mundo de acuerdo en que los niveles de desigualdad son insoportables, la desigualdad no haga otra cosa que crecer. Alguien miente, pues. No sabemos si los políticos, los banqueros, los empresarios, los sindicatos, los iguales o los desiguales. Tiene que haber fuerzas muy poderosas que, al tiempo de quejarse de la desigualdad, la potencien. Lo que viene a ser como si uno de los vecinos del bloque de viviendas de las primeras líneas acusara en las reuniones a la contrata encargada de limpiar la escalera de no hacer bien su trabajo, y él mismo, por la noche, sembrara las escaleras de basura.

Algo de esto ocurre. Hace poco, en la tele, un representante de los empresarios aseguraba que otra subida del salario mínimo sería un desastre para la economía. Es lo que dijeron de la anterior porque están programados para ello. Pero la anterior influyó positivamente en el consumo y todo eso. Significa que se hizo para bien, pese a que el algoritmo empresarial pronosticaba una catástrofe. Al entrevistador le faltaron reflejos para preguntarle si con el salario mínimo actual se puede vivir. El empresario habría respondido que no, claro, porque eso se le ocurre a cualquiera: a los capitalistas, a los anticapitalistas, a los obispos, y los Amigos de la Capa Española. No hay individuo o asociación capaz de ignorar una evidencia tal. Pero hay verdades que escandalizan y verdades que no. La desigualdad no escandaliza a quienes viven de ella. A ver, si les preguntas, te dirán que les parece mal, pero cruzarán los dedos a la espalda. Ellos mantienen sus mansiones gracias a la desigualdad. Poseen aviones privados gracias a la desigualdad. Tienen mayordomo y ama de llaves gracias a la desigualdad. Gracias a la desigualdad comen en los restaurantes que comen y visten el cachemir que visten. No hay consenso, en fin, respecto a los inconvenientes de la desigualdad. Pero los desiguales, siendo pocos, tienen de su parte al Estado y a sus fuerzas y cuerpos de la seguridad. Snif.

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