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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

El arte de pasarlo bien

Empecé a leer una tarde que me aburría. Recuerdo que no entendí nada. O, mejor dicho, que no sirvió para aliviar mi aburrimiento. No volví a coger un libro hasta el verano siguiente, cuando ya transitaba entre los siete y los ocho años. En casa teníamos una biblioteca aceptable, en la que se mezclaban todo tipo de obras: antologías de cuentos escandinavos y enciclopedias, novelas francesas de los años 50 y diccionarios de mitología, la serie de Hércules Poirot y los títulos de Mark Twain. Sé que, en este sentido, fui un privilegiado. Era una época pobre en muchos otros aspectos. Recuerdo los televisores en blanco y negro y las calles sin iluminar. Conseguir una línea de teléfono llevaba años, los coches carecían de aire acondicionado y las monjas hacían de enfermeras. Los antibióticos se administraban casi siempre por vía intramuscular, lo que te garantizaba dolorosas inyecciones si padecías de otitis o anginas. Por supuesto no existía internet ni los videojuegos ni los canales temáticos de televisión. El tiempo transcurría más lento, exigiéndote algo de tu parte. Nos entreteníamos a veces de la forma más absurda: con un tío mío, por ejemplo, recorríamos las calles anotando en una libreta el número de matrícula de los coches extranjeros. El motivo de organizar estos listados enormes e inútiles sigue siendo, después de tantos años, un misterio para mí, a pesar de que durante unos cuantos veranos nos dedicáramos en cuerpo y alma a esta labor. Teníamos que combatir el tedio, lo cual exigía -además de ir a la playa- salir a pescar, jugar al frontón con una raqueta de tenis, perderse por los acantilados, buscar en el atlas la longitud de los ríos o la altitud de las montañas, leer novelas y cómics, anotar la matrícula de los coches, recolectar conchas, fósiles, monedas antiguas, cromos, sellos...

La dibujante Ximena Maier ha escrito en El arte de pasarlo bien (editorial Nido de ratones) un libro ilustrado donde se rememora esa infancia anterior a la estimulación digital, que fue la de tantos de nosotros. No se trata de una falsa nostalgia, sino de la firme reivindicación de un mundo natural en el cual el aburrimiento desempeñaba el papel de acicate de la imaginación. Los remedios eran universales y tenían muy poco de premeditados. Se aprendía a jugar a fútbol en la calle, dando patadas a un balón, o a nadar en el mar; y, si trepabas a un árbol, sabías que un día u otro seguramente te caerías. Saltabas las vallas del colegio para ir a jugar y, cuando sentías hambre, robabas un níspero o una naranja o unas cerezas en el huerto de algún vecino. Ximena nos cuenta que entre las alegrías de la infancia se encuentra mirar las flores, las plantas y los insectos de un jardín con lupa; hacer un pícnic, construir una cabaña, escribir un cuento, dibujar con tizas en la acera, lanzar piedras para que reboten en el agua, coger hojas secas antes de que toquen el suelo, aprender a silbar, jugar al yoyó, construir castillos de arena, mirar la luna llena, dormir bajo las estrellas... Era un tiempo prodigioso precisamente porque nada era forzado, sino que el juego seguía el compás del despertar a la vida y carecía de otro sentido que la propia devoción por ese misterio que es el juego. Un día te disfrazabas de pirata y al otro de romano; a la semana siguiente, escudriñabas con unos prismáticos el cielo, reconociendo por vez primera el planeta Venus, los anillos de Saturno o el guerrero Marte. "Soy un firme partidario de la autodisciplina -escribe Gregorio Luri en el prólogo al libro-. Por eso estoy convencido de que no hay autodisciplina sin dominio de sí, y no hay dominio de sí sin aprender la importancia de los límites de uno mismo y del mundo en la experiencia aventurera". El arte de dejar de lado el aburrimiento, sin otra ayuda externa que la imaginación y los amigos, es la mejor receta que conozco contra una vida vacía que necesita de estímulos continuos. Se madura en la estabilidad de la familia. Y en el orden y el silencio del colegio. Y ejercitando el asombro. Y mirando el miedo a la cara. Y descubriendo en la aventura la gramática precoz de la alegría.

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