06 de febrero de 2012
06.02.2012

Las mentiras de una sanidad pública en quiebra

05.02.2012 | 21:29
En una situación de crisis, la gestión de la sanidad pública es sin duda el asunto más complejo, sensible y de mayor trascendencia económica y social de todos los que afectan a un gobierno. En este campo esquivar las decisiones más difíciles, los errores o los caprichos se traducen directamente en millones de euros. No hablamos aquí de unos coches oficiales, tres mariscadas o cuarenta enchufados más a cuenta del erario público. No, aquí la cifra que leemos en la parte inferior de cada factura que genera un inepto o un irresponsable tiene como mínimo siete dígitos. Y luego están las otras consecuencias, las que soportan los usuarios de un sistema sanitario con unos niveles de prestaciones difíciles de soñar en España hace treinta años. Mentir está feo, siempre, pero cuando hablamos de la salud de las personas aún es peor. Además, a medio plazo la mentira crea mucha más alarma social que la verdad, por dolorosa que esta sea. Así que convendría empezar por el principio: nuestro sistema sanitario está en quiebra. Así de claro, así de duro, aunque prefiramos pensar que la cosa no es tan grave.

Si el director de un hospital de Mallorca reúne a sus jefes de servicio y les comunica que la totalidad de la tesorería se destina a pagar las nóminas del personal, o sea, que en estos momentos no se atiende ni un solo pago a proveedores, no hace falta ser un experto en gestión para saber lo que eso supondría antes o después en una empresa privada: el cierre. De acuerdo, Son Espases, Son Llatzer o el Hospital de Manacor no van a cerrar mañana, pero eso no quiere decir que esa quiebra teórica no acarree consecuencias inmediatas. Los ciudadanos deberían saber qué significa que las empresas proveedoras de material fungible dejen de suministrar guantes esterilizados porque llevan dos años sin cobrar. Significa que determinados médicos no podrán explorar a sus pacientes. Si las empresas que se encargan del mantenimiento de los aparatos de radiología dejan de hacerlo no se podrán realizar multitud de diagnósticos. Y así hasta mil ejemplos. Es decir, no basta con ir pagando los sueldos como buenamente se pueda para que el sistema siga funcionando. Si esta es una perogrullada tan grande que hasta da vergüenza escribirla, ¿cómo es posible que se intente ocultar la realidad a la gente diciendo que en ningún caso se van a reducir las prestaciones sanitarias? En medio de este drama, hablar de eficacia, eficiencia y optimización es como el valor en el militar: algo que se presupone. Pero es que además hay que ser sinceros y reconocer que un país con más de cinco millones de parados y en recesión económica no puede soportar una cartera de servicios sanitarios que no tienen algunos de los países más ricos del mundo, y nosotros no estamos en ese club. Hay que tener el valor de explicar a los contribuyentes que para no dejar ni un solo enfermo sin su quimioterapia habrá que dejar de financiar indiscriminadamente, por ejemplo, costosísimos tratamientos de fertilidad, u operaciones de esterilización que en la mayoría de los casos no suponen una cuestión de salud. Hay que hacerlo aunque se vislumbren siempre en el horizonte otras elecciones autonómicas o haya que soportar una oposición burda y demagógica. Esto último ni ayuda ni fuerza a los actuales gobernantes a ese ejercicio de valentía y responsabilidad, porque escuchar en el Parlament al anterior conseller de Sanidad, Vicenç Thomas, increpando por los recortes a la actual, Carmen Castro, es como ver a un pirómano protestando por el funcionamiento de los sistemas de extinción de incendios.

Ya digo que todo esto es muy complicado, pero aún se le puede añadir un elemento más a este cóctel de mentiras y medias verdades para aumentar su explosividad. Equiparar la gestión de recursos humanos en la Sanidad con el pastoreo lanar, con el palo y tentetieso a la oveja que se sale del redil, es la manera perfecta de potenciar el estallido. Lo del director del IB-Salut, señor Bestard, empieza a recordar al chiste de la madre viendo desfilar a su hijo el día de la jura de bandera: "Ay, mira, todos llevan el paso cambiado menos mi niño".

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