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Diario de Mallorca

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Merkel no pasó ni un día en Mallorca, Kohl cenó dos veces en Formentor

Merkel y Zapatero en la capilla de Barceló, 2008. Lorenzo

Los cuatro últimos gobernantes de Alemania han visitado Mallorca mientras ocupaban el poder, pero tres de ellos solamente cuando estaban en ejercicio. En concreto, Helmut Kohl, Gerhard Schröder y Angela Merkel. En cambio, el canciller alemán fiel a Mallorca hasta la muerte fue el socialdemócrata Helmut Schmidt, padrino político de Felipe González y figura clave en cuanto artífice en la sombra de gestiones decisivas para el tránsito de España hacia la democracia.

 El zorro plateado no dejaba pasar un año sin su paréntesis de reposo absoluto en Formentor, incluso cuando se hallaba al frente del Gobierno, para disfrutar de relajantes partidas de ajedrez con su esposa Hannelore. Antes de recalar en la península septentrional, había sido cliente de paquete turístico en el hotel Ravenna de Calas de Mallorca. Ya nonagenario y obligado a desembarcar del avión en silla de ruedas, se instalaba en el Hotel Mardavall para culminar su incansable carrera de prosista, director de Die Zeit y alma de la Europa contemporánea. Años antes le había confesado al periodista Antonio Pizá que los alemanes sentían una admiración secreta por Franco, aunque lo desmentiría si lo publicaba. 

Helmut Schmidt juega una partida de ajedrez en enero de 1975. Torrelló Matías Vallés

Kohl debutó en Mallorca como invitado de su inseparable Felipe González en la cumbre de quince jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea de 1995, celebrada en Formentor bajo la vigilancia de un barco de Greenpeace que acechaba a Chirac. El canciller había encargado una silla especial para sus dimensiones, un asiento mucho más ancho que el resto. 

Durante su estancia en la isla, Kohl hizo gala de su apetito insaciable. Frente a la austeridad de un González que desdeñó las delicias gastronómicas para solicitar una austera tabla de quesos, su enamorado alemán cenaba dos veces cada noche, con un resopón que no tenía nada que envidiar al banquete oficial. Sensible a la importancia de Mallorca para sus compatriotas, el democristiano que reunificó Alemania diseñó su último asalto a la cancillería en torno al Prinzip Ballermann.

Schröder y Antich en el restaurante Vistamar de Valldemossa, 2000.

En un país habituado a la pasión de sus presidentes del Gobierno por el avión oficial, el primer detalle a consignar de la visita de Schröder, su esposa Doris Schröder-Koef y el hijo de la pareja es que se desplazaron a la isla en un vuelo comercial. Corría el año 2000, y el canciller almorzaba poco después con Francesc Antich, en su segundo año como presidente de un Govern de izquierdas. El inventor de los ERTE, bajo la denominación de Kurzarbeit, se reunió a manteles con su correligionario mallorquín en el restaurante Vistamar de Valldemossa. El canciller se alojó en una casa del camino viejo de Bunyola y se aficionó a los vinos locales.

González recibe a su amigo Helmut Kohl en Palma, 1995.

Merkel es una veraneante alpina, alérgica al estío y estilo mallorquines. Su única visita tuvo lugar en 2008, para una cumbre bilateral hispanoalemana. El anfitrión fue Zapatero, y para la historia han quedado los semblantes desconcertados de ambos ante la capilla de Barceló en la catedral de Palma. La cancillera ni siquiera durmió en Mallorca, donde pasó apenas doce horas.

Helmut Schmidt fue fiel a una isla a la que ya como visitante nonagenario llegaba en silla de ruedas

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La mayor implicación sentimental de los dirigentes alemanes con Mallorca corresponde a Guido Westerwelle. El ministro de Asuntos Exteriores selló su compromiso con la isla adquiriendo una mansión de dos millones de euros y cuatrocientos metros cuadrados en Son Vida. Compartía la vivienda con su pareja, el empresario Michael Mronz. Dotada de una piscina de sesenta metros, la villa prolongaba el vínculo que el político ya fallecido había establecido desde niño con la isla. 

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