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Diario de Mallorca

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DANZA CRÍTICA

Apoteosis de la danza

Richard Wagner calificó de «Apoteosis de la danza» la Séptima Sinfonía de Beethoven, pues en ella están concentrados, según el compositor de ópera, toda la historia del baile hasta el siglo XIX.

Utilizando, no Beethoven pero sí Vivaldi y otras músicas de estilos opuestos, pero siempre con el ritmo como elemento común, las mallorquinas residentes en Cataluña Laura Lliteras y Marina Fullana, apoyadas en una dramaturgia creada por Joan Fullana, han elaborado un espectáculo de danza impactante en el que pretenden poner sobre la mesa los pros y los contras de ese arte, a veces transgresivo, otras agresivo, otras lleno de estética pero siempre sacrificado. Las dos artistas pretenden decir que dedicarse a la danza es muy bonito, que sí, que vale la pena, pero que llegar donde han llegado ellas conlleva una vida de sacrificio y esfuerzo, que nada se regala pues los niveles de exigencia son enormes.

En Hacemos como que bailamos hay belleza, hay misterio, hay rigor, hay dureza y hay encanto. Pero siempre con ese denominador común de que nada es gratuito, que para pasar unos «cástings» el artista debe someterse a pruebas duras que pueden llegar incluso a la vejación, con frases parecidas a «usted no sirve para esto» y similares.

Pero la final, después de todo, el camino vale la pena. Pues es en el caminar donde el bailarín encuentra su objetivo. Caminar es el resultado. Parafraseando a Machado, «se hace camino al danzar».

Pero hay más en Hacemos como que bailamos, hay investigación sobre el placer de bailar y sobre lo que significa el baile para los que se dedican a ello. Hay también sentimiento, hay caricatura, hay burla, hay subversión, ir contra corriente, incluso. Hay fatiga y provocación… Y todo para llegar a un final abierto. ¿Feliz? Tal vez, al menos para el espectador que disfruta con esa hora de pasión escénica.

Es de justicia citar a los protagonistas del espectáculo. Ellos son, además de las dos directoras ya citadas, Jesús Benzal, Júlia Godino y Ioar Labat. Enormes todos sobre un espacio escénico vacío y con una iluminación muy adecuada y efectista.

Espectáculos como este hacen que creamos, como Wagner, que existe la apoteosis de la danza.

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