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Una gran historia de espías

La serie de televisión sobre Eli Cohen, el infiltrado israelí en Damasco

Fotograma de Spy.

Fotograma de Spy.

Ocurre en los últimos minutos del tercer episodio, en montaje paralelo de tres escenas. Una se recrea en una bacanal a todo color de diplomáticos y militares en Damasco, con el espía israelí (no soy espoiler) Eli Cohen infiltrado entre ellos: en un momento dado queda absorto y en extremo triste recordando a su esposa. Otra escena sigue los pasos precisamente de su mujer, que en esa misma noche regresa a casa en Israel, en un autobús grisáceo. La tercera saca del camastro - también gris austero- en que pernocta al supervisor de Cohen (Noah Emmerich, sí el agente del FBI de esa joya que es The americans), quien se atormenta por controlar a su agente y, a la vez, sufre el desconsuelo de reconocer acaso cierta inclinación amorosa por la mujer de su hombre. Bueno, parece un cierre de capítulo, a mitad de la serie, sin más. Es una historia de espías y, por lo tanto, los personajes fingen, simulan, sufren en soledad. Pero. Pero mientras la mujer avanza por un parque nocturno y sin un alma, la cámara se eleva para darnos un plano general (sí, lo mismo que en Cantando bajo la lluvia, en su más célebre escena). Ahí está el detalle, en esa grúa que hace subir el enfoque y nos ofrece la imagen de la desolación. Aparentes menudencias como esa, convierten a The spy en una narración con voluntad de estilo, hecha con interés y cuidado, nunca pegando un plano con el siguiente sin más. ¿Hay intriga, suspense, emoción? Claro. Pero ya de hacerlo, hacerlo bien. No dejen de verla.

Eli Cohen existió. Era egipcio y judío, patriota israelí y que apenas llegó a los 40 años. El Mosad (o Mossad, ya uno no sabe lo que sostiene la RAE: los espías israelíes, quiero decir) lo reclutan para que se establezca en Siria como muy rico comerciante, dotándole de la correspondiente tapadera (se hace llamar Kamel Thaabet) de un pasado en Argentina donde heredó la fortuna que trasladó a su presuntamente amada Siria, hogar supuesto de sus antepasados y patria querida. Hablo de los años 60 del XX: tensión aguda en Oriente Medio. Su don de gentes, su prestancia (lo interpreta de lujo Sacha Baron Cohen -sí, el de Borat y tantas cosas- con su más de 190 cm de altura) consiguen que medre tanto que está a un tris de un altísimo cargo en el gobierno damasceno. Y va pasando, mientras tanto, información esencial al Mosad, a Israel. No se pierdan su idea de colocar eucaliptos en los altos del Golán: vean la serie, insisto mucho. (Y, de paso, no desperdicien la oportunidad de volver a la magistral Operación Cicerón, a la que tantísimo debe). Pero Eli y Kamel (la misma persona, dos personas, una esquizofrenia andante: lo dice el rabino que abre y cierra la serie) entran en conflicto: la familia, el hogar en Israel, el deber, su temperamente obsesivo que le lleva más allá de lo que le piden sus jefes... Y las cosas acaban como acaban. Wikipedia lo cuenta para los presurosos. Ni se les ocurra consultarla.

Incluso puede verse desde una óptica cómica, y que Cohen me perdone. Supongo que por asuntos de producción, los sirios aparecen como patanes, putañeros, lerdos, borrachuzos, codiciosos y abyectos. Los israelíes no paran - mientras tanto y por el contrariode servir y proteger. Color chillón hortera frente al sobrio gris. Bueno, ustedes verán.

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