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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Mallorca

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 07
    Noviembre
    2016

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    Jabalí (Cap.23): "El encuentro con el Creador"

    Jabalí (Cap.23):

    Todo pasó muy rápidamente. En efecto, las intuiciones de Trotte se hicieron realidad. A medida que iban avanzando, aparecían más y más jabalíes parlantes. Jabalíes coach, jabalíes expertos en networking, jabalíes con dos masters en gestión emocional, jabalíes bloggers, jabalíes titulados en aromaterapia, jabalíes escritores de libros de autoayuda, jabalíes consultores estratégicos, jabalíes personalshoppers, jabalíes que te miraban los chakras y te pasan los flores de bach en la misma sesión, jabalíes homeópatas, jabalíes espiritistas, jabalíes expertos en branding… y hasta jabalíes seminaristas y cardenales… No había ya duda alguna. Se estaban acercando al meollo de la cuestión.

    Y entonces fue cuando ocurrió.

    Una espesa sustancia comenzó a envolverlos a todos. Algo parecido a la niebla, pero de mucha mayor consistencia. No había forma de ver más allá de las narices, cosa que alivió bastante a Lela pues tampoco McGallard podría  perderse en la contemplación de los traseros enfundados en mallas de Las Trescientas. Pronto, aquella sustancia algodonosa los rodeaba por todos los lados. Parecía mantenerlos flotando. ¿Por qué no detuvieron su marcha? ¿Qué fue lo que les impidió volver por donde habían venido? Pues fue el grito que surgió del pelotón de Las Trescientas y que las hizo enardecer.

    -¡Es una barba! ¡Esto no es niebla! ¡Es una barba cana! ¡Es el símbolo más rancio del paternalismo patriarcal! ¡Es la barba de Dios, la barba de Tolstoi, la barba de Marx! ¡Machete al machote!

    Fue escuchar estas cosas y convertirse aquel grupo de mujeres en un organismo letal que avanzaba como un ariete, ciego hacia su destino.

    Lela no tardó en contemplar cómo, al término de aquella barba, cuando empezaron a abandonar la espesa niebla peluda, aparecía un hombre menudísimo cuyas gafas de pasta habían quedado rotas en mil pedazos bajo el implacable pisoteo de Las Trescientas. Lela corrió a pedirle a su excuñada Trotte que por favor no acabasen con la vida del pobre incauto que había cometido la imprudencia de dejarse crecer tanto la barba, el más execrable símbolo del paternalismo. Después del puro habano y los discos de El Fary, por supuesto.

    -Dejadle que hable, por favor –pidió Lela a Las Trescientas.

    Trotte levantó la mano y todas obedecieron como una sola mujer. Se detuvieron pero, como los toros a punto a embestir, iban horadando la tierra con una de sus piernas. Lela se acercó al hombre barbado que permanecía allí tendido.

    -Vamos, ¿quién eres?, desembucha malandrín. ¿Qué quienes que ver tú con Paulcoelho, con todos estos jabalíes parlantes que íbamos encontrando hasta llegar a ti? Está claro que algo tienes que ver. Venga, ya estás hablando. O les digo a éstas que continúen con su tarea.

    El hombre miraba a Lela y señalaba implorante sus gafas de pasta gorda. Había en su índice una especie de convulsión nerviosa. Una petición. Lela comprendió. Necesitaba aquellas gafas. Una de Las Trescientas se las alargó. El hombre lloró de agradecimiento y se las puso tembloroso. Un cristal se había roto y una patilla había quedado muy floja, pero aún se le aguantaban en la cara. Al ponérselas, el hombre pareció resucitar.

    -Muchas gracias, es que sin ellas no sé hablar…

    -¿Sin las gafas?

    -Sí, es que sin ellas no me vienen las palabras a la cabeza. Sin las gafas no parezco un tío interesante, ¿me comprende? Con estas gafas hice mi tesis sobre cine iraní, sobre Abbas Kiarostami, ya me entiende…

    “Joder, otro intensito”, pensó Lela. Desde luego, no quedaban ya hombres-hombres como McGallard, hombres de pocas palabras pero de mucha acción. “Hombres como Trotte”, le dijo también una voz interior, a la que no hizo caso y apartó como un moscardón molesto.

    A punto estaba de solmenarle un sopapo a aquel mequetrefe para que no se viniera arriba cuando escuchó a sus espaldas un trote que hizo temer a Lela que Trotte hubiera ordenado otro ataque de Las Trescientas. Pero no, era Paulocoelho el que venía corriendo. Corriendo y con lágrimas en los ojos. Lela se quedó de una pieza cuando el jabalí pasó ante ella ignorándola por completo.

    Antes de que se diera cuenta, Paulocoelho se había abrazado a aquel idiota de gafas de pasta negra y lloraba emocionado. Y el hombre le decía:

    -Tranquilo chiquitín, tranquilo. Ya estás en casa. No pasa nada, no pasa nada.

    -¿Pero le conoce?

    A Lela no le salía la voz del cuerpo.

    -¿Cómo que si le conozco? Claro que le conozco.

    -¿Pues usted me dirá?

    -Mediré uno sesenta y ocho, no soy muy alto, pero con las gafas parezco más alto.

    -Mire, señor, que no tengo el chichi pa farolillos. Déjese de chistes idiotas. O me dice de qué conoce a Paulo ahora mismo o…

    Lela levantó el casco de alemán con la intención de arrearle a aquel hipster en todos los dientes y Las Trescientas, al verla en posición de ataque, empezaron a tomar carrerilla. Si le pasaban por encima a aquel cretino iba a poder asistir a pocos festivales de cine independiente sin su silla de ruedas.

    El tipo pilló el mensaje al instante. Se quedo lívido.

    -¿Cómo no voy a conocer a Paulo si yo soy su creador? Yo lo hice como es.

    A Lela, del susto, se le cayó el casco de alemán al suelo, ocasión que aprovechó McGallard para echar un vistazo más a todos aquellos culitos de Las Trescientas que, por nada del mundo, le gustaría que pasaran hambre.

    (Continuará)

     

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