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¡Qué tiempos aquellos!
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Sobre este blog de Cultura

Dicen que hay una memoria en nuestro cerebro de todas las experiencias vividas por nuestros antepasados.


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  • 21
    Abril
    2016

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    Cultura Mallorca

    El tranvía del Molinar

    No fue el primero, tampoco era el más utilizado. El paisaje de su línea no tenía la espectacularidad de aquel que llegaba a Cas Català pasando por el Terreno, pero era el único al que el mar acariciaba sus pesadas ruedas de metal, que discurrían sobre raíles con pátina de salitre.

     

    El tranvía del Molinar

    Fotografía tomada en 1946 del puerto y el paseo de las palmeras del Portitxol con el tranvía al fondo.


    El mar lo esperaba en el Portitxol, allí donde muere el Torrent d’en Barberà, acompañándolo el resto de su trayecto. Antes, había dejado atrás el señorío de Cort y Santa Eulàlia, y contemplado la grandiosa fachada de Sant Francesc, que descubría después de la esquina imposible de Can Coll, para continuar hacia el Temple y los altos muros de Sant Jeroni.

    Dejaba tras de si la antigüedad de Ciutat y se adentraba en la entonces moderna zona industrial, haciendo coincidir sus paradas con la entradas de aquellas fábricas que habían cambiado la vida cotidiana de sus pasajeros: la fábrica del gas, la de electricidad y también Sa Petrolera, a las que debía su existencia. La esbeltez de las chimeneas contrastaba con las humildes columnas de su catenaria, pero no se amedrentaba y continuaba su servicio. Era su tributo.


    Lo engalanaron el primer día, y los chiquillos acompañaron sus primero pasos, quizás nunca dejaron de hacerlo. Creció y amplió su recorrido hasta los altos del Coll, pasando por el sueño irrealizable de la Ciudad Jardín. Se llenó entonces de bañistas y veraneantes, tanto que, en los días estivales le enganchaban una de aquellas viejas jardineras heredadas del tranvía de mulas de Porto Pi.


    Sufrió los desastres de las guerras: las restricciones y racionamientos, también los cortes del suministro eléctrico. Entonces comenzó su declive. Cuentan que por las consecuencias de un misterioso accidente se volvió a quedar en el Molinar y ya nunca más volvería a subir al alto del Coll. Se acabaron así los bañistas y paseantes, también los huéspedes del hotel de la Ciudad Jardín que alguna vez se aventuraban a subirse. Se acababa un sueño que casi no había tenido tiempo de empezar.


    Pocos años más tarde, también él desapareció. Los tiempos corrían más que el tranvía, y tal era la velocidad que a su paso también hicieron desaparecer las orgullosas chimeneas que empequeñecían las columnas del tendido tranviario.


    Hoy, ya no existe la fábrica del gas, ni la de electricidad, tampoco sa Petrolera. Han desaparecido los raíles con pátina de salitre, los postes del tendido. Del tranvía del Molinar sólo queda lo que nuestra imaginación quiere, y, para demostrar que un día existió, los restos de alguna roseta de su catenaria en la imposible esquina de Can Coll, o quizás ni eso.

     

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