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Eduardo Jordà


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  • 25
    Marzo
    2014

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    Preguntas incómodas

    En julio de 1980, seis meses antes de dimitir como presidente del gobierno, Adolfo Suárez concedió una entrevista a una periodista de ABC (Josefina Martínez del Álamo) que nunca llegó a publicarse. Los asesores de Suárez consideraron que era una entrevista demasiado sincera que podía perjudicar su imagen, ya muy deteriorada en aquellos momentos en que prácticamente ya no tenía un solo partidario en ningún sitio. Estos días, tras la muerte de Suárez, se ha publicado al fin la entrevista, treinta y cuatro años después de haber sido realizada. Esa entrevista es uno de los testimonios más estremecedores que he podido leer sobre la soledad y la incomprensión de un político. Pero no es sólo eso, porque también es una prueba de la extraordinaria inteligencia de aquel hombre al que todos —yo el primero— nos dedicamos a perdonarle la vida. Palabra por palabra, lo que decía Suárez en 1980 —hace 34 años, insisto— parece estar explicando todo lo que está sucediendo ahora mismo.

    Y hay un aspecto de esa entrevista que nos afecta —y de qué manera— a los que escribimos en los periódicos, y por eso me permito comentarlo. En la entrevista, Suárez se quejaba de las críticas despiadadas que estaba recibiendo por parte de los intelectuales gallegos en los momentos en que se estaba tramitando el Estatuto de Autonomía de Galicia. Por lo visto, aquellos intelectuales decían que el proyecto de Estatuto era una ofensa y un insulto a Galicia (años después, es muy posible que muchos de aquellos intelectuales fueran consejeros o altos cargos y se pasearan en coche oficial gracias a ese mismo Estatuto que consideraban una ofensa y un insulto). Me permito reproducir las palabras de Suárez porque revelan una verdad aterradora que casi nunca se tiene en cuenta: “Me he reunido con los intelectuales gallegos que habían criticado el Estatuto de Galicia. Los he llamado reservadamente. Los he invitado a almorzar. He ido con el estatuto y lo he puesto encima de la mesa: “Señores, vamos a mirar artículo por artículo dónde está la ofensa a Galicia...”. ¡Y me confesaron que no lo habían leído!... Cuando todos ellos se habían manifestado públicamente en contra... Sólo porque Alfonso Guerra había dicho que aquello era una ofensa a Galicia. Y Fraga había dicho que aquello era una ofensa a Galicia... Así que funcionaban simplemente por el ruido del tam-tam de la selva. Yo repito a menudo que en España está ocurriendo un fenómeno muy grave: las cosas entran por el oído, se expulsan por la boca y no pasan nunca por el cerebro... Casi nunca pasan por la reflexión previa”.

    Leer estas palabras de Adolfo Suárez pone los pelos de punta, porque estaba hablando hace mucho tiempo de algo que no ha hecho sino empeorar en todos estos años. Aquellos críticos despiadados ni siquiera se habían leído el Estatuto que criticaban de forma feroz. Todo eso les daba igual, porque hiciera lo que hiciera Suárez (o quien fuese), ellos iban a atacarlo sin piedad. “El ruido del tam-tam de la selva”, lo llamaba Suárez, y todos sabemos —o deberíamos saber— en qué consiste ese sonido. Se trata de la falta de sentido de la realidad que nos lleva a despreciar lo que no entendemos o no somos capaces de intentar entender. Y de la incapacidad casi biológica de tratar con un mínimo de ecuanimidad a quien no nos gusta o no nos cae bien. ¿Cuántos de nosotros —y yo el primero— opinamos de algo sin tener ni la más remota idea, y peor aún, sin tener siquiera la intención de informarnos o de buscar referencias fiables? ¿Y cuántos de nosotros nos limitamos a escribir para esa hinchada que aprueba todo lo que decimos y que por eso mismo nos lee con devoción, si es que tenemos la suerte de tener un mínimo de lectores? ¿Y cuántos de nosotros no escribimos artículos de política y de economía con el piloto automático puesto, atacando a quien nuestra hinchada nos pide atacar, y defendiendo a quien nuestra hinchada nos pide defender?

    George Orwell decía que la libertad de expresión sólo consiste en el derecho a decir lo que la gente “no” quiere oír. ¿Cuántos de nosotros nos atreveríamos a escribir justo lo que nuestra hinchada no está dispuesta a oír? Dejo ahí la pregunta.

     

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