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Daniel Capó


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  • 08
    Enero
    2014

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    Llueve en Madrid

    En Madrid se percibe un malestar en el que se conjugan la decepción y la incertidumbre, el enfado y la convicción de que ya nada volverá a ser igual

    Paso por Madrid de camino a los Montes de Toledo. Las nubes cubren el cielo gris mientras cae una lluvia agria, sucia y persistente. En la calle se percibe un malestar contenido en el que se conjugan la decepción y la incertidumbre, el enfado y la evidencia repentina que ya nada volverá a ser igual. Curiosamente, no se habla del desafío separatista lanzado por Artur Mas; no en primera instancia, quiero decir, y no de forma cotidiana. “La Caixa” continúa siendo uno de los puntales del sistema financiero español (y madrileño); el cava catalán sigue reinando en las celebraciones de Nochevieja; los flujos comerciales funcionan con la precisión habitual. ¿Qué significa esta aparente normalidad? ¿La fortaleza del Estado de Derecho? ¿La tentación escapista de las sociedades inmaduras? ¿El abismo entre la opinión pública y la opinión publicada? ¿El cansancio acumulado por ese interminable lustro de crisis económica? ¿O sencillamente la tranquilidad de saber que lo imposible —la ruptura de una nación moderna y democrática inserta en Europa— no puede suceder? Quizás se trate de la suma contradictoria de todo ello. Citando al periodista Enric Juliana —que habla del “català emprenyat”—, cabe decir que el malestar colectivo repercute en la imagen de un “madrileño cabreado”, aunque la manifestación de uno u otro enfado sea muy distinta. Las heridas en la Villa y Corte no se atribuyen al fracaso de la estructura autonómica, sino que se interpretan en clave interna y regional. Pero los espejismos se desvanecen y en parte, sólo en parte, Madrid era un espejismo más.

    Durante muchos años la capital de España ejemplificó las bondades de la propuesta conservadora. Y ciertamente había motivos para que se produjera ese boom en su autoestima: los fundamentales eran sólidos; la economía, fuerte. Gallardón enterró la M-30, dibujando una ciudad de arterias verdes y espacios públicos. Aguirre consolidaba el superávit fiscal con bajadas de impuestos. La privatización de las grandes empresas del Estado situó de repente a Madrid en el epicentro de las multinacionales del país. La expansión urbanística fue feroz, el diseño se adueñaba de las propuestas comerciales y las líneas de metro constituían la envidia de los visitantes. El turismo acudía en masa propiciado por el moderno aeropuerto de Richard Rogers y por la renovada oferta museística, con Nouvel en el Reina Sofía y Moneo en El Prado. El auge de Madrid coincidió con la burbuja, pero se prolongó en el tiempo más allá de la misma. A pesar de la sangría en las cuentas públicas del Estado, los presupuestos de la Comunidad mantenían los números verdes. Aguirre acarició un enfrentamiento abierto con Mariano Rajoy; Caja Madrid creció sin medida pugnando por ser la primera caja nacional. Entonces llegaron las Olimpiadas y Adelson, el glamour deportivo y la ludopatía Eurovegas, como catapultas de futuro. Salieron mal como habían salido mal muchas otras cosas: Blesa y el agujero negro de Caja Madrid, la privatización de la sanidad y la caída del turismo, la trama Gürtel y los recambios de Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón. Un axioma filosófico básico distingue entre ser y parecer: declararse liberal no supone ipso facto creer en la competencia. Así, la gran narrativa madrileña —un oasis en medio de la crisis, gracias a las políticas de inspiración thatcheriana— cayó hecha pedazos. Madrid no era ya la solución sino una parte más del problema. La confusión se apoderó de un presente que ha dejado de confiar en los espejismos.

    En estos dos últimos años han coincidido el final de la segunda recesión, el desprestigio de las instituciones y el acelerador separatista. La crispación ha cundido entre los voceros del debate público, que buscan en las frases huecas y grandilocuentes una solución a cuestiones muy complejas de analizar. Uno se pregunta si, a día de hoy, existe en España alguna plataforma política que aborde con sentido los desafíos a los que se enfrenta el país: la falta de perspectivas laborales, el envejecimiento demográfico, el peso aplastante de ciertos lobbies, la disfuncionalidad de la clase política, la corrupción, el endeudamiento masivo, la desconexión territorial, la fractura social, etc. De la ficción al desengaño, ha llegado el momento de encarar la realidad. Habrá que hacerlo con moderación, inteligencia, firmeza y premura. Que Madrid recupere el pulso es crucial para el gobierno de Mariano Rajoy, pero sobre todo para el conjunto de la Nación.

     

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