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Crisis del coronavirus

El enemigo de la vacuna española

Jose Martínez Costas (2º, iz.), con su equipo del CiQus.

Jose Martínez Costas (2º, iz.), con su equipo del CiQus.

Casi desde el inicio de la pandemia, varios grupos de investigación trabajan en España en el desarrollo de distintas vacunas contra el covid-19. Sin embargo, un año y medio después, países como Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido, Rusia y China han lanzado sus propias vacunas, mientras que en España continúan en fase preclínica. Eso sí, con resultados más que prometedores. Pero, ¿cuál será el futuro de las vacunas españolas ahora que ya se están administrando en todo el mundo?

Solo cinco de los doce científicos que trabajan en el proyecto gallego son fijos; el resto están vinculados al proyecto y su continuidad dependerá de si hay fondos para recontratarlos.

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Los científicos españoles no dudan en asegurar que, aunque ya haya varias vacunas disponibles en el mercado –solo la Agencia Europea del Medicamento (EMA por sus siglas en inglés) ha aprobado cuatro: Pfizer/Biontech, Moderna, Oxford-AstraZeneca y Janssen de Johnson & Johnson–, la investigación sigue siendo tan necesaria como el primer día, aunque también reconocen que sin presupuestos, hacer ciencia es una quimera.

En este sentido, cabe destacar que España es uno de los países desarrollados que menos ha variado su inversión en ciencia. Si en 1996 destinaba el 0,789% del PIB a investigación y desarrollo, en 2018 apenas llegaba al 1,236%, bastante lejos de la media mundial (2,274%) y a más de tres puntos del país que más recursos destina (Israel: 4,95%). A finales de 2020, la inversión para I+D o ciencia básica en España se había estancado en el 1,25% del PIB según el INE.

“El problema fundamental que tenemos los investigadores es que venimos de una época de diez años en los que no hubo dinero ninguno para prácticamente nada y el sistema ahora mismo es muy muy precario; hay mucha inseguridad. Hace falta muchísima inversión de base”, afirma el científico vigués José Martínez Costas, profesor del departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Santiago (USC) y director del equipo que trabaja desde el Centro Singular de Investigación en Química Biológica y Materiales Moleculares (CiQus) en una vacuna contra el covid-19.

“El sistema es muy precario; hay mucha inseguridad”

José Martínez Costas - Investigador del CIQUS

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La investigación la están llevando a cabo de forma conjunta con el grupo de Javier Ortego del Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA-INIA) de Madrid y el liderado por Luis Enjuanes e Isabel Sola del Centro Nacional Biotecnología del CSIC en Madrid. Entre los dos equipos trabajan una docena de investigadores, de los cuales, solo cinco tienen contrato fijo, dos en Santiago y otros tres en Madrid. En este proyecto trabajan tres investigadores contratados con proyectos de coronavirus –una investigadora de postdoctorado y dos predoctorales – y el resto están contratados por otros proyectos.

La precariedad laboral de los científicos es un problema endémico en España derivado directamente de la falta de presupuesto de lo que las sociedades científicas llevan años advirtiendo, ya que sin fondos, no hay investigación. Una consecuencia de esto ha sido la fuga de cerebros, que no parece que vaya a cambiar, a menos a corto o medio plazo.

“Estos años se han marchado muchos investigadores formados aquí con mucha capacidad porque aquí no había posibilidades de nada y otros investigadores que estaban haciendo investigación en las universidades y el CSIC dejaron de hacerla porque no eran capaces de encontrar financiación. La gente entró en desánimo y hubo grupos de investigación que dejaron de investigar”, asegura.

Pero quienes tienen contrato fijo tampoco lo tienen mucho mejor, ya que la investigación no es una faceta exclusiva en España. “Yo tengo contrato fijo, pero tampoco puedo estar en el laboratorio todo el tiempo, porque tengo que dar clases y dirigir proyectos. Intento estar lo máximo posible en el proyecto vacuna, pero quienes realmente llevan el laboratorio son ellos, no yo”, reconoce el director del equipo del CiQus, que aguarda los resultados del ensayo en animales de su vacuna realizado en Alemania.

Sin embargo, lo más probable es que estos jóvenes investigadores tengan que buscarse la vida cuando finalice el proyecto de la vacuna. “La meta de los predoctorales es acabar la tesis y buscarse la vida, probablemente fuera de aquí, hacer una serie de postdoctorados y ya veremos qué pasa con ellos. Y la postdoc lo mismo: o se va fuera o esperará a que consigamos financiación para seguir contratándola. Y todos hemos salido un par de años, cinco para formarnos fuera, pero otra cosa es tener que irte porque aquí no hay posibilidad ninguna de desarrollar tu carrera”, se lamenta el investigador vigués que añade que, aunque este año se han aumentado algo los presupuestos destinados a ciencia, esta subida es “no es suficiente ni para empezar a recobrar el sistema”.

El docente e investigador Manuel Jordán, presidente de la Asocición Española de Científicos, también alerta de la precariedad de los contratos. “Hay investigadores que están trabajando en las vacunas y que se quedarán sin contrato antes de que finalice el proceso”, afirma.

“Me cabrea que de los fondos europeos se ejecute un 38% y el resto se devuelva”

Manuel Jordán - Asoc. de científicos

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Manuel Jordán - Asoc. de científicos

Este científico califica la realidad de la ciencia en España de “muy triste”. “La inversión en ciencia en España es muy pequeña. Más que invertir lo que hace falta es que lleguen los recursos. Me cabrea mucho que de los fondos europeos que se conceden, solo se ejecute el 38% y el resto se tenga que devolver. Algo falla ahí, hay que cambiar la política y acabar con la burocracia que frena los contrato”, opina.

Las tres vacunas españolas que se desarrollan en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) han demostrado su seguridad y eficacia en modelos animales. Sin embargo, pasar de la fase preclínica en animales a las clínicas con humanos supone pasar de cientos de miles de euros a varios millones. Por lo tanto, su futuro, en opinión de los investigadores que están al frente de estos proyectos, dependerá de cuánto se invierta en ellas.

“Solo la primera fase de la investigación clínica puede costar 10 millones”

Manuel Esteban - CSIC

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Manuel Esteban-CSIC

“Solo la primera fase de la investigación clínica puede ser unos 10 millones de euros”, aseguró hace unos días el investigador del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC y jefe del Grupo de Poxvirus y Vacunas, Manuel Esteban, en un coloquio organizado por la Fundación Alternativas, en el que participaron también los investigadores del CSIC Luis Enjuanes y Vicente Larraga.

Con las cosas así, los éxitos de las vacunas españolas tienen un sabor agridulce porque, aunque podrían pasar en breve a testarse en pequeños grupos de voluntarios, muchas otras fórmulas hace ya más de un año que superaron esta fase.

También se necesitan empresas dispuestas a invertir en el proceso

Todo, sin embargo, no es cuestión de dinero. O al menos no exclusivamente. También urge encontrar empresas con conocimiento en el sector, con una gran capacidad de producción y dispuestas a invertir en el desarrollo. Y, según explicaron los asistentes al coloquio, en España hay pocas empresas con este perfil. Por ahora, según comentaron los científicos, gran parte de las negociaciones se están realizando con empresas del mundo veterinario que trabajan para reconvertirse a la fabricación de fármacos humanos.

“No creo que la misión de un laboratorio sea llevar un producto hasta su fabricación. Creo que nuestro objetivo es trabajar en la calidad, demostrar que un producto es eficaz y seguro, y que a partir de ahí sea la industria la que se haga cargo de tirarlo adelante”, argumentó Juan Enjuanes, director del laboratorio de Coronavirus del Centro Nacional de Biotecnología (CNB), en el coloquio organizado por la Fundación Alternativas. Sobre esta cuestión, el profesor Emilio Bouza, de la Universidad Complutense de Madrid, trazó el siguiente paralelismo: “Pedirle a un investigador que se ocupe de toda la producción de una vacuna es como pedir a un mecánico que ha diseñado el prototipo de carburador de un coche que se haga cargo del montaje final del vehículo”.

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