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Sombras&Pliegues

La alta costura de París primavera-verano 2026 entre la naturaleza y la fantasía

París volvió a demostrar que la Alta Costura es mucho más que destreza técnica: es memoria, emoción y una forma de narrar el presente a través del arte. La temporada Primavera-Verano 2026 reunió relevos generacionales, nuevas sensibilidades creativas y una belleza que osciló entre lo etéreo y lo monumental, con colecciones que miraron tanto a la historia como a la naturaleza para reinventar la feminidad contemporánea

Schiaparelli, bajo la dirección de Daniel Roseberry, volvió a ocupar el centro del debate con una propuesta donde el exceso convivía con la contención. Volúmenes extremos, corsetería escultórica y una teatralidad casi barroca se mezclaron con un trabajo artesanal deslumbrante, salpicado de referencias animalesplumas, escamas de pedrería— filtradas por el surrealismo que define a la casa.

En Chanel, Matthieu Blazy apostó por una costura sensorial y liviana. El tweed clásico se transformó para el verano en gasas y organzas transparentes, manteniendo la estructura icónica de la firma, pero aligerándola con bordados etéreos y una elegancia casi onírica.

Uno de los momentos más simbólicos de la semana fue el debut de Silvana Armani al frente de Giorgio Armani Privé. Su primera colección habló de continuidad y renovación a partes iguales: tonos suaves como el verde, el rosa empolvado o el marfil envolvieron tejidos ligeros, mientras un impecable traje blanco de pantalón y americana abría el desfile como declaración de intenciones. Una costura pensada para mujeres seguras, donde la fluidez y el movimiento se convierten en lenguaje creativo.

Jonathan Anderson firmó su estreno en Dior con una colección atravesada por la naturaleza y el archivo histórico. Tejidos del siglo XVIII, plisados vibrantes, punto y bolsos dialogaron con siluetas que imitaban conchas, fauna y flores. Estas últimas dominaron el escenario: colgaban del techo, se posaban sobre las cabezas y florecían en vestidos románticos que parecían un auténtico himno a la primavera.

Elie Saab viajó a los años setenta con Golden Summer Nights of ’71, una oda al glamur de la jet set. El dorado articuló vestidos bordados, cristales que caían como gotas de luz sobre la piel y materiales inesperados como cuero tratado como joya, chiffon cambiante o mallas metálicas que brillaban al caminar.

Stéphane Rolland transformó el circo en manifiesto estético y cultural. Pantalones balón, monos arquitectónicos y abrigos monumentales exploraron la geometría en una pasarela dominada por círculos y cuadrados. Organza, satén y gazar, bordados con piedras preciosas, convivieron con una paleta que iba del blanco y negro gráfico a rojos profundos y caramelo.

Viktor&Rolf, fieles a su ADN, ofrecieron el desfile más explosivo: proporciones imposibles, dramatismo sofisticado y siluetas escultóricas que volvieron a borrar la frontera entre moda y arte.

Cerrando este recorrido emocional, Zuhair Murad presentó una colección marcada por la esperanza. Inspirado en el Chiaroscuro, combinó luz y sombra en corsés de pedrería, faldas drapeadas y volúmenes generosos que evocaban tanto el Renacimiento como la arquitectura femenina de los años cincuenta. Un recordatorio de que, incluso en tiempos complejos, la costura sigue siendo un refugio de belleza.

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