30 de noviembre de 2008
30.11.2008
boulevard

Nuestro general entra en la Casa Blanca

30.11.2008 | 01:00
Abel Matutes, siempre en el centro de la imagen, dirigiendo el cotarro en la Eivissa clásica junto a Ursula Andress, Antonio Garrigues Walker y el padre de la chica Bond.
Ningún medio europeo puede competir con esta sección en la cobertura del norteamericano James L. Jones, sólo Charlize Theron supera su número de menciones en nuestra jeremiada dominical. El único general de marines con cuatro estrellas, amén de comandante supremo de las fuerzas de la OTAN, nos ha apasionado en los últimos tiempos. En concreto, desde que revelamos que se había convertido en mallorquín de adopción, por el expeditivo procedimiento de enamorarse locamente de una de nuestras compatriotas, hija de un ilustre abogado. Nunca nos distinguió el ardor guerrero, pero sucumbimos con fruición a los furores sentimentales.
Pues bien, James L. Jones ha entrado en la Casa Blanca, con la misma energía que le impulsaba a volar reiteradamente a Palma desde el cuartel general de la Alianza en Bruselas, para citarse con su pareja creando algún conflicto de seguridad. A partir de enero, cada mañana a las ocho y media en punto se reunirá a solas con Barack Obama en el Despacho Oval, para filtrarle un destilado de la información del Pentágono, el espionaje estadounidense y el Departamento de Estado. Es decir, nuestro Jim Jones ha sido nombrado Consejero de Seguridad Nacional, el cargo que desempeñara Colin Powell para Reagan y Condoleezza Rice durante el primer mandato de Bush.
¿Estamos insinuando que la puntual presencia de James L. Jones en esta sección le ha aupado al nuevo Camelot? Juzguen ustedes, pero un enamorado de Mallorca y de su litoral -algún ex director general de la Guardia Civil se arrepentirá ahora de no haberle suministrado la escolta que pidió- será los ojos y los oídos del emperador del planeta. De hecho, estará por encima de Obama en sus encuentros diarios, porque el general que mandó un pelotón en Vietnam mide 1.95. En estos tiempos de estrecheces bursátiles, Gabriel Escarrer podrá presumir de que el jefe de los asesores del presidente asistió en Bellver a su condecoración a manos de Juan Carlos de Borbón.
¿Y dónde queda el amor, a todo esto? Se impuso el pragmatismo. Una cosa es un presidente negro, y otra un miembro de la Administración Obama emparejado con una europea. Los endogámicos estadounidenses no lo entenderían. El general Jones ha tenido incluso que ocultar que habla francés a la perfección, una tara inadmisible en un país más orgulloso de su incultura que Mallorca. La ambición de poder siempre desbanca al amor, afortunadamente. No importa, mantendremos nuestra admiración hacia el hombre que rechazó un cargo de Donald Rumsfeld y que rehúye los paños calientes. Admite que en Afganistán se libra una guerra, y que la estamos perdiendo. La vinculación que hemos detallado contribuyó a que el ministerio de Carme Chacón le concediera en junio la Gran Cruz del Mérito Naval, que equivale al Premio Cervantes de la Armada o algo así.
La conexión mallorquina con la Casa Blanca va más allá de Jim Jones. La designación de Hillary Clinton como Secretaria de Estado no sólo ha obligado a Bill Clinton a entregar la relación de mujeres a las que ha seducido a lo largo de estos ocho años, sino también la lista -más reducida- de los 208 mil donantes a su William J. Clinton Foundation. Entre las aportaciones, figura una a nombre del grupo hotelero Barceló. Su copresidente, Simón Pedro Barceló, trajo al bulímico estadista a Mallorca, después de contribuir a la causa.
Para quienes deseen calibrar las diferencias entre España y Estados Unidos, Bill Clinton ha tenido que detallar pormenorizadamente sus andanzas por Kazajastán a los hombres de Obama. En cambio, el autócrata presidente kazajo Nursultan Nazarbayev disfrutó de unas vacaciones en Mallorca a cuerpo de sultán, invitado por los paganos habituales. Y cuando se debate el empujón que la entrada de Lukoil en Repsol habría recibido desde La Zarzuela, recuerden que con dos semanas de antelación ustedes habían disfrutado -por un módico precio- del titular "El Rey y Gazprom", en esta misma página.
Si empiezan a estar saturados de la dimensión estratosférica de Rafael Nadal, el Sunday Times -el mejor dominical europeo, pese a Rupert Murdoch- ha consagrado una página íntegra a Concha Buika. El diario inglés señala que "la cantante de flamenco nacida en Palma de Mallorca tiene una pasión por la vida que hace que Amy Winehouse parezca mustia". La publicidad es gratuita, a diferencia de El Canto del Loro. Y recordemos que Amy Vinocasero es británica, lo cual aumenta el valor del piropo.
Muy mal tienen que andar las cosas en el PP balear, si Abel Matutes rompe el carné y exige dimisiones para los presuntos corruptos de su partido. Mantiene el aspecto de uno de esos boxeadores que siempre arrean un puñetazo de más, por lo que nos hemos atrevido a mostrárselo en su esplendor, junto a uno de los iconos ibicencos. Ahí está Ursula Andress -chica Bond cuando a 007 le gustaban las mujeres-, equilibrada con el apolíneo Antonio Garrigues Walker para satisfacer todas las afinidades sensuales. En esta breve aporía de la política local, me insisten en que Vicenç Thomàs blasfemaba, mientras buscaba culpables de que este diario hubiera desnudado las vergüenzas arqueológicas del Govern en son Espases. Seguro que son maledicencias, un progresista que escribió sus obras completas contra el hospital no reaccionaría nunca de esta manera.
Un año atrás vi una docena de veces -a cada oportunidad en que me acercaba a un cine- un corto de animación realizado por la Universitat y esponsorizado por el Govern, sobre malos tratos. Un año después, me han endosado esta pieza moral en otras tres ocasiones, un procedimiento radical aunque efectivo para acabar con medio siglo de adicción cinematográfica. La habré contemplado más veces que las personas que la han confeccionado, o que la suma de las conselleres que nos la inyectan. He captado el discutible mensaje sobre los riesgos de regalarle un balón a un chaval, pero me parece excesivo encerrar a un espectador cautivo en una sala oscura, después de obligarle a pagar 6.5 euros, y cargarle por segundo año consecutivo el mismo cortometraje. La crisis económica enseña que también se puede abusar del consumidor. A propósito, lea Gomorra, no vea Gomorra. El conflicto entre demagogos y pedagogos en La ola interesa sin apasionar.
Reflexión dominical sexológica: "Se llama pornografía cuando lo hacen los demás, y erotismo cuando no lo hacemos nosotros".
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