Todos sabemos dónde vive Matas -y algunos han votado en consecuencia-, pero la pregunta por un día es retórica. Noqueado por las elecciones, habita un universo paralelo donde siempre tiene razón. Avergonzado de presentarse en público, y le sobran los motivos, ha reinterpretado en una declaración clandestina el resultado del 27-M. La excusa era arrearle a Munar. Visto cómo seduce a UM cuando es un simple pretendiente, cabe imaginar su comportamiento tras un pacto.

Salvo error en el recuento, el PP ha perdido el control de Palma, Mallorca, Menorca, Eivissa, Formentera y Balears -seis instituciones seis-. También ha bajado en votos constantes respecto a 2003, puesto que el censo ha crecido. Su táctica de reducir la campaña a un akelarre contra UM ha conferido un vigor renovado al partido nacionalista. Por segunda vez, Matas ha desperdiciado una mayoría absoluta. Si estas coordenadas encuadran el mayor triunfo de la historia, entonces basta que los representantes de la derecha se voten a sí mismos en la media docena de investiduras, a ver qué sucede.

Matas omite asimismo que se midió a un rival tan débil que no recordamos ni su nombre. La ausencia de adversario aumenta la atmósfera plebiscitaria de las elecciones, que él corrobora al arremeter contra Munar. En ese referéndum, el PP obtuvo el mismo porcentaje que Ségolène Royal, otro resultado histórico. El veredicto pudo deberse a la ausencia de antidisturbios en los colegios electorales, en contra de lo habitual en las autopistas de la legislatura. A escondidas y agazapado, como de costumbre cuando no le van bien las cosas, el aspirante se erige en protagonista, ahora de su segundo gran fracaso. Es importante que el president en funciones -"Matas funciona"- confirme periódicamente las razones por las que ha perdido las mayorías. Si lo desalojan del Consolat, le sobran estancias privadas donde reunir a su camarilla, y confirmar que ha ganado hasta Roland Garros. No nos acusen de sanguinarios, nunca seremos tan crueles como sus correligionarios cuando lo desguacen.