Ciencia y sociedad
La drástica reducción del cerebro canino convirtió a los perros en los guardianes del Neolítico
Un nuevo estudio revela que el tamaño del cerebro de los perros sufrió una caída abrupta del 46% hace 5.000 años

Los perros tuvieron cerebros tan grandes como los de los lobos antes de la domesticación, / Unsplash
Redacción T21
Los primeros perros tenían cerebros de tamaño similar al de sus parientes los lobos. Sin embargo, durante la domesticación, el cerebro canino se redujo aproximadamente a la mitad y se volvieron más atentos y cautelosos.
Durante décadas, la neurociencia evolutiva ha dado por sentado que la domesticación de los mamíferos conllevaba una pérdida progresiva de masa encefálica. En el caso del mejor amigo del ser humano, se creía erróneamente que el encogimiento del cráneo había sido una constante desde que los lobos empezaron a acercarse a nuestras hogueras. Sin embargo, un reciente análisis paleoneurológico publicado en Royal Society Open Science desbarata por completo esa cronología clásica de la evolución biológica.
Tras escanear mediante tomografía computarizada los cráneos de 185 cánidos modernos y 22 fósiles europeos, los investigadores han descubierto datos sorprendentes sobre los perros primitivos. Estos animales prehistóricos, que vivieron hace unos 35.000 años, conservaban un cerebro de proporciones salvajes totalmente equiparable al de los lobos. De hecho, los datos apuntan a que los primeros perros desarrollaron inicialmente un cerebro levemente mayor para procesar las complejas interacciones sociales con los cazadores-recolectores.
Tres ideas clave:
- El volumen endocraneal de los primeros perros del Pleistoceno era idéntico, o incluso ligeramente superior, al de los lobos de su misma época.
- Hace unos 5.000 años, la anatomía canina experimentó un encogimiento brusco del 46%, equiparando su cerebro al de los terriers actuales.
- La reorganización de los tejidos cerebrales generó animales mucho más ansiosos, una característica perfecta para alertar a las comunidades humanas.
Referencia: Brain size reduction in dogs was already established at least by the Late Neolithic of Western Europe, 5000 years ago. Cucchi T. et al. Royal Society Open Science (2026). DOI:https://doi.org/10.1098/rsos.252453
Asentamientos y anatomía canina
El verdadero colapso anatómico en esta especie animal ocurrió mucho más tarde, durante la proliferación de la agricultura en el Neolítico Tardío. Los registros óseos de asentamientos de hace unos 5.000 años, como el importante yacimiento lacustre de Chalain en Francia, revelan cráneos extraordinariamente pequeños. En este periodo concreto, los cerebros caninos sufrieron una brutal reducción del 46% respecto a los lobos contemporáneos que habitaban los mismos territorios.
Según concluye el equipo liderado por Thomas Cucchi, esta caída abrupta del volumen endocraneal dejó a los perros prehistóricos con un cerebro muy mermado. Su capacidad cerebral pasó a ser estadísticamente comparable a la de razas pequeñas actuales de compañía, como el carlino, el chihuahua o ciertos terriers. Esta brusca reducción física coincidió temporalmente con un cambio profundo en el modelo de vida humano derivado del paulatino abandono del nomadismo.
Reorganización del cerebro
Este descubrimiento paleontológico tiene profundas consecuencias en la conducta de los animales. Al encogerse el tamaño total, el cerebro canino tuvo que reorganizar todos sus tejidos internos, perdiendo masa cortical y priorizando de forma natural las áreas subcorticales. Las evidencias neuroanatómicas actuales indican que los perros con cerebros pequeños y reestructurados tienden a ser mucho más miedosos y muy propensos a ladrar incesantemente.
Los investigadores postulan que este nuevo temperamento reactivo y sumamente nervioso no fue un simple accidente biológico, sino una inmensa ventaja evolutiva compartida. En un entorno rural de los primeros agricultores, plagado de depredadores y amenazas externas, tener rondando por la aldea a animales tan ruidosos suponía contar con el mejor sistema de alerta posible.
Aquellos antiguos perros ladraban incansablemente ante lo desconocido para mantener a salvo a las familias humanas que los acogían y alimentaban.
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