Testimonio en primera persona: “Busco al hombre que me salvó la vida hace 35 años en Mallorca”
Gregorio tenía ocho años cuando sufrió un gravísimo accidente de tráfico en agosto de 1991 en el Coll d’en Rabassa en el que falleció su padre. Antes de que llegaran los bomberos, un testigo llamado Francisco Martín le rescató y le sacó del amasijo de hierros en el que quedó el coche volcado. Tres décadas más tarde, intenta localizar a este hombre “para darle las gracias”

Gregorio García Clavel, de 42 años, durante una jornada laboral, busca al hombre que hace 35 años le salvó la vida en Mallorca cuando era un niño. / D.M.

Gregorio no lo tuvo fácil de niño. Su vida es un ejemplo de superación. Acababa de cumplir ocho años cuando un gravísimo accidente de tráfico en el verano de 1991 en el Coll d’en Rabassa le arrebató la vida a su padre y él quedó malherido. Sufrió severas lesiones que le dejaron postrado en la cama durante dos años. “Me rompí todos los huesos, los médicos me dijeron que no volvería a andar, era un desecho humano”, recuerda ahora, con 42 años. Antes de que llegaran los bomberos al lugar del siniestro, un hombre llamado Francisco Martín le rescató del amasijo de hierros en el que quedó convertido el BMW volcado, en el que viajaban también dos de sus primos, de trece y catorce años, ambos heridos de gravedad. “Busco al hombre que me salvó la vida hace 35 años. No sé nada de él, solo su nombre”, afirma con rotundidad Gregorio García Clavel.
Su testimonio es conmovedor. “Mi mayor ilusión es poder dar con él. Me gustaría darle un abrazo y las gracias porque él me salvó la vida. Así podría cerrar un círculo que está abierto desde hace muchos años”, asegura, tres décadas después de la fatal colisión.

Noticia del accidente publicada en Diario de Mallorca en 1991. En el recuadro, Francisco Martín, el hombre que salvó a Gregorio cuando era niño. / D.M.
“No sé si es bombero, si estaba de vacaciones en Mallorca en esas fechas o si vivía en la isla. Yo creo que es de Mallorca, calculo que ahora debe tener unos 60 o 70 años”, añade, esperanzado. Gregorio aún conserva el artículo de DIARIO de MALLORCA con la noticia del accidente. En ella aparece la fotografía de este héroe que intervino y sacó a los niños del coche destrozado, además de la imagen de su padre trasladado en camilla. Francisco Martín reconoció entonces que se le “saltaron las lágrimas” al ver a los menores malheridos en la parte trasera del vehículo “como si esos niños hubieran sido los míos”. Dos jóvenes le ayudaron a abrir el cristal de una puerta para lograr meterse en el automóvil retorcido. “Me faltaban las fuerzas para empujar los sillones y poder sacarlos”, explicó. Consiguió rescatar a los niños y lo intentó con el conductor, pero le fue imposible porque “estaba incrustado entre el volante y el motor”, según se desprende de la crónica del periódico.
Uno de estos menores, ya adulto, rememora los hechos. “El accidente fue el 7 de agosto de 1991. Tengo vagos recuerdos, ilusiones, que no creo que sean cien por cien reales. Mi cumpleaños había sido días antes, el 4 de agosto. Acababa de cumplir ocho años. Mi padre nos llevaba a celebrarlo a la playa con mis primos. Ese día íbamos a la playa a Can Pastilla”, explica Gregorio García. El BMW en el que iban realizaba un adelantamiento a un grupo de motocicletas, cuando se encontró con un motorista de frente a gran velocidad. Para esquivarlo, el conductor dio un volantazo y chocó contra un muro de piedras.
Varias vueltas de campana
“El coche dio varias vueltas de campana. Yo iba atrás en medio. Momentos antes de la colisión, me metí entre el asiento de mi padre y las piernas de mi prima, que viajaba a mi lado. Eso fue lo que me salvó y también gracias a Francisco que me sacó del vehículo”, detalla Gregorio, natural de Valencia, donde reside, si bien vivió un par de años durante su infancia en Palma.
“Mi padre y yo estuvimos conscientes al principio. Éramos los únicos que estábamos conscientes. Mi padre me decía que olía a quemado. Tenía las piernas atrapadas por el motor. Murió al llegar a Son Dureta. Tenía 27 años”, añade.
“Yo no recuerdo nada más, ni cuando me trasladaron al hospital. Luego, pasado un tiempo ya abrí los ojos en Son Dureta. Me dieron por incapacitado. Me rompí las dos piernas, la pelvis, varias costillas, el cráneo, la mandíbula… Me dijeron que no volvería andar. Meses después, me llevaron en helicóptero al hospital La Fe, en Valencia, y también allí dijeron que no iba a poder caminar”, señala.
“Mi madre perdió las esperanzas. Sus jefes la veían llorar en el trabajo y le preguntaron. Ella les contó lo ocurrido. Entonces, ellos costearon todo, mi rehabilitación. Me llevaron a los mejores médicos de Madrid y Barcelona. En Madrid indicaron que no podría caminar, pero en Barcelona el doctor vio algún estímulo o algo y dijo que sí que podría andar. Recuerdo que me quedé a solas con el médico y me cogió de la pechera y me dijo o te levantas o se acabaron las tonterías. Estuve dos años de rehabilitación en el hospital en Valencia”, comenta Gregorio.
Postrado en la cama
Fue una etapa dura. “Me hicieron un pupitre en la cama para hacer los deberes. Yo vivía en el piso de mi abuela, en un edificio sin ascensor, con mi madre. Yo me tiraba de la cama al suelo para ir al baño y me movía arrastrándome con los brazos. A veces un vecino me cogía a peso, me bajaba por las escaleras a un bar y me ponía entre dos sillas al sol”, recuerda.
“Con once años ya podía caminar, me recuperé bastante. Y con doce años me apunté a la semana deportiva en el colegio y gané la competición de atletismo”, reconoce con cierto orgullo el hombre. “Ahora, hago vida normal, no tengo secuelas. Me duelen los huesos, pero supongo que es por la edad y por mi trabajo en la construcción. He continuado con la empresa de mi abuelo. Él fue mi punto de referencia al faltar mi padre. Hacemos escaleras de bóveda, un trabajo artesanal”, señala Gregorio.
Volviendo a su niñez en Son Dureta, reconoce que al principio le ocultaron la muerte de su progenitor. “Lo enterraron muy tarde en Valencia. Ese día me lo contó mi madre y me dio un ataque. Me tuvieron que dar un tranquilizante en el hospital. Mi madre se quedó conmigo y tampoco pudo ir al entierro”, lamenta.
Gregorio regresó hace dos años a Mallorca de vacaciones con su mujer y sus dos hijos. “Intenté buscar a Francisco Martín pero no fue posible. Hice el mismo recorrido que mi padre, fui a Can Pastilla e incluso pude hablar con un hombre que se llamaba igual, pero no era él. Voy a seguir buscándole”, concluye.
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