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Caso Abierto - Diario de Mallorca

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Terrorismo

Las cárceles europeas constatan el peligro de los yihadistas falsos arrepentidos

Consenso en la Red de Alerta europea sobre el fracaso de los programas de tratamiento de los fanáticos

A la izquierda, una pintada yihadista en una prisión castellana reproduce la bandera de ISIS, a la derecha.

En los cinco años transcurridos desde los atentados de Barcelona y Cambrils, ninguno de los tres únicos encarcelados por aquellos ataques ha hecho expresión pública de arrepentimiento. Acaso sí apreciación del dolor causado (en el caso de Driss Oukabir, y en privado), pero negando en todos los casos –Oukabir, Mohamed Houli Chemlal y el ya excarcelado Said Ben Iazza- culpabilidad en los crímenes.

Y no es un fenómeno particular: la ausencia de arrepentimiento y la negación de la culpabilidad es común en la casuística yihadista en Europa, pese a los esfuerzos de reinserción de las autoridades penitenciarias. De hecho, para los yihadistas encarcelados el falso arrepentimiento es otra forma de continuación de su lucha terrorista, y no hay actualmente herramientas que permitan constatar que un islamista fanático ha abandonado su ideología violenta.

Son dos de las conclusiones que a vuelta de verano se verán publicadas después de que expertos policiales y penitenciarios de toda Europa hayan participado, los pasados días 7 y 8 de julio, en una reunión de la RAN (Radicalisation Awareness Network), la Red europea de Alerta sobre Radicalización.

Las autoridades penitenciarias europeas constatan el fracaso de los planes de desradicalización en prisión desplegados hasta ahora. Por su escaso seguimiento (en España cinco internos apuntados a este tipo de tratamiento), pero también sobre todo por la dificultad de detectar el engaño. “Trabajamos con personas. Esto no es una ciencia exacta”, resume el funcionario penitenciario de la cárcel de Mallorca especialista en fanatismo Francisco José Macero. Este experto -delegado de ACAIP-UGT, principal sindicato de las prisiones- es el único miembro español activo de la RAN.

Salir y atentar

Acerca de las dudas que crea en las prisiones el arrepentimiento de los yihadistas saben algo en Londres. El 2 de febrero de 2020, en el barrio de Streatham, Sudesh Amman, excarcelado tras acogerse a reducción de pena por seguir un curso de desradicalización, consiguió apuñalar a dos mujeres antes de que lo abatiera a tiros la policía.

La preocupación por los falsos arrepentidos “se percibe también en Francia y en Bélgica”, relata Macero. En España hay experiencia con el arrepentido–se vio que no tanto- proselitista del terrorismo Mustafá Maya, melillense a quien la Justicia procesó en 2018 como el captador de presos más activo encausado hasta entonces.

Hay consenso en la RAN en que el tratamiento de un radical ha de ser individualizado. Apenas valen los programas. “Es precisa la individualización científica del tratamiento –argumenta Macero-, pero en España los funcionarios y trabajadores sociales no reciben formación sobre la cultura musulmana, o la idiosincrasia marroquí o argelina. Deben buscarse la vida…”.

“A un fanático no se le puede abordar de frente, diciéndole desde el principio que aquello en lo que él cree es un error, porque será totalmente refractario a lo que le digas”, explica M.G., psicóloga con trabajos desarrollados en prisiones de Madrid los últimos 15 años. Coincide con ella Macero desde Mallorca: “Nos tenemos que plantear pequeños objetivos, paso a paso. Primero, por ejemplo, que el radical acepte hablar con una mujer”.

Como recompensa, el cuadro de alivios de la vida de la prisión: poder salir del módulo, poder acceder a programas de ocio, poder relacionarse con otros internos, quizá gozar de algún permiso penitenciario cuando evolucione… El objetivo final es que el interno reconozca el valor de la vida humana, y abomine no tanto de sus creencias como de la violencia.

Detalles que vigilar

Las prisiones sí cuentan con un instrumento efectivo de detección de radicales, captadores y prosélitos: derivado de la instrucción 8/2014 de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Es un manual interno de febrero de 2018 –posterior a los atentados de Cataluña- que fija una lista de detalles que observar en el preso: un “creciente entrenamiento físico”, “resistencia al cumplimiento de la normativa del centro”, “necesidad de un mayor estatus personal”, “rechazo a las funcionarias y personal femenino”…

Es el principal instrumento de análisis de los Grupos de Control y Seguimiento de las prisiones, las unidades que vigilan la radicalización de los presos. Son la principal herramienta de la seguridad del Estado para evitar que las cárceles se consoliden como centros de adoctrinamiento yihadista, y que caigan en al red del fanatismo presos musulmanes entre rejas por otro tipo de delitos, robos o narcotráfico, por ejemplo.

La observación sirve incluso aunque los captados se camuflen no vistiendo chilaba ni rezando en público. “El buen reclutador consigue que sus alumnos se salten las partes visibles de su radicalización”, cuenta Macero.

La norma obliga a todos los estamentos de la prisión, bibliotecarios, educadores, trabajadores sociales, personal sanitario… y no solo a los vigilantes de los grupos de seguimiento. “Pero hay trabajadores que ven detalles y no saben ni a quién dirigirse”, lamenta M.G.

En España no hay de momento un jeque que aúne a todos los islamistas fanáticos presos, confirman fuentes penitenciarias, aunque sí ha habido un intento de fundar un frente carcelario que fracasó con la Operación Escribano, instruida por la Audiencia Nacional. Pero a medio plazo la radicalización violenta intramuros "lleva camino de convertirse en el principal problema de seguridad de las prisiones junto con la enfermedad mental y la acción interna del crimen organizado", augura Macero.

De momento el germen es pequeño: en una población penitenciaria de 60.000 reclusos, apenas 250 presos, de los que 89 son condenados por su relación con el terrorismo yihadista; la mayoría como inductores o colaboradores; ninguno, por cierto, como autor directo de matanzas: como ocurrió con los ataques de Barcelona y Madrid, los asesinos no suelen dejarse coger vivos.

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