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Muertos y olvidados

Los forenses de Mallorca han detectado un incremento de casos de personas que fallecen en sus domicilios sin que nadie repare en su ausencia durante semanas o meses

Edificio en el que se halló el esqueleto de un hombre fallecido hacía cinco años.

Edificio en el que se halló el esqueleto de un hombre fallecido hacía cinco años. Lorenzo Marina

Manuel fue el primero. Tenía 78 años y llevaba unos veinte viviendo en una planta baja de la calle Prunes, en La Soledat. Su cadáver en avanzado estado de descomposición fue descubierto en el suelo, en medio del pasillo de su casa, el pasado 1 de noviembre. El forense que lo examinó estimó que llevaba muerto unos seis meses, casi desde el principio del confinamiento por la pandemia. A finales de febrero se descubrió el cuerpo sin vida de Bernardo, que tendría 55 años, en un sofá de su apartamento de Cala Major, rodeado de botellas de cerveza y paquetes de tabaco. En este caso la muerte se había producido unos cinco años atrás. A mediados de marzo la Policía descubrió el cadáver de una mujer en su piso de Son Gotleu, muerta desde hacía cuatro meses. Su perro todavía estaba con vida, aunque muy desnutrido. Pero no han sido los únicos. Los forenses de Mallorca han detectado media docena de casos en los últimos meses de personas fallecidas y cuyos cuerpos no fueron descubiertos hasta más de una semana después. La soledad, el aislamiento y las restricciones sociales por el coronavirus están detrás de este fenómeno, que hubiera sido inaudito hace apenas un año.

«Sí, hemos notado un incremento en estos casos, que no se daban antes», comenta el forense Javier Alarcón. El médico achaca estas situaciones a un cambio en el modelo de vida, agudizado por las circunstancias derivadas de la pandemia de coronavirus. «Hay mucha gente mayor que vive sola», explica, «y cuyas relaciones sociales se han visto muy limitadas por las restricciones y por el miedo al contagio».

Casa de La Soledat en la que apareció un hombre muerto seis meses antes. | GUILLEM BOSCH

Hasta hace poco más de un año, cuando el coronavirus se extendió por todo el mundo, no era extraño que aparecieran cadáveres de personas que habían fallecido solas en sus domicilios. Lo que ha cambiado es el tiempo que pasa hasta que se tiene constancia de esa muerte. Entre los forenses han comprobado al menos media docena de casos en los últimos meses, en los que pasaron más de una semana o diez días desde que se produjo el óbito de una persona que vivía sola en su domicilio, hasta que se descubrió su cadáver.

«Hasta hace unos meses era muy raro que una persona que muriera sola no fuera echada de menos por alguien», prosigue Javier Alarcón. «En la mayoría de estos casos eran familiares o amigos que alertaban tras intentar ponerse en contacto con ellos, o los mismos vecinos, que se extrañaban tras unos días sin verles. En otros casos llamaban a la Policía alertados por el olor de descomposición que desprendía el cuerpo».

Sin embargo, en tres de los casos detectados en los últimos cinco meses se ha superado el periodo en que se produce la putrefacción. El anciano que apareció en su casa de La Soledat tenía vecinos en la casa de al lado, que no sospecharon nada raro porque oían la radio encendida. Manuel, según comentaban, era un hombre poco sociable, que apenas tenía relación con ellos ni con su familia. Su muerte coincidió con el principio del confinamiento duro, en marzo del año pasado. A nadie le extrañó que no saliera de casa. Cuando los bomberos entraron finalmente en su casa a través del patio de los vecinos encontraron el cadáver momificado en el pasillo. La radio seguía encendida.

El caso de Bernardo fue mucho más extremo. Sus vecinos del edificio de apartamentos de la calle Miquel Rosselló Alemany, en Cala Major, llevaban unos cinco años sin verle, pero nadie le echó de menos hasta el pasado 24 de febrero. La Policía acudió al domicilio y, como nadie contestaba al timbre, entró en la casa con una copia de las llaves que le había dejado años atrás a uno de los vecinos. Encontraron su esqueleto en el sofá, rodeado de botellas de cerveza, paquetes de tabaco y suciedad.

Una mujer pasó muerta cuatro meses en un piso de Son Gotleu, en Palma. | X.P.

El pasado 14 de marzo, una residente en la calle Sant Fulgenci, en Son Gotleu, avisó a la Policía extrañada porque una de sus vecinas, una mujer de 38 años que vivía sola, llevaba mucho tiempo sin contestar a su mensajes y sin intervenir en las redes sociales. Los policías entraron en el piso a través de la terraza de otro vecino. Encontraron su cadáver junto a una nota de suicidio. Los forenses estimaron que llevaba muerta unos cuatro meses. Su perro, un animal pequeño, había sobrevivido.

Distrofia social: el riesgo de vivir cada vez más aislados

Distrofia social

Los expertos utilizan el término distrofia social para referirse a este fenómeno, de aislamiento y quiebra de los lazos con la comunidad. «Cada vez hay más gente que ha elegido vivir sola», comenta el forense Javier Alarcón, «y esto se ha acentuado con la pandemia. El coronavirus hace que mires a tu vecino con desconfianza, como si supusiera un riesgo. Cada vez hay más gente que vive y muere sola, y es algo que va a ser más frecuente en el futuro»

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