16 de febrero de 2020
16.02.2020
10 días desaparecidos

El colapso del vertedero de Zaldibar: Crisis política y dos muertos olvidados

Ermua ignoraba que se almacenaba amianto en una escombrera ubicada justo sobre sus vecinos

16.02.2020 | 10:22
Una columna de humo sale del vertedero de Zaldibar.

Alberto le pidió a Henrike intercambiar sus puestos de trabajo en el vertedero de Zaldibar (Guipúzkoa) durante un rato. Alberto se quedó con Joaquín, otro empleado, en la zona de pesaje de camiones, donde se discriminan los residuos, y Henrike subió a la parte superior de la escombrera de Verter Recycling 2002 SL. Eso ocurrió media hora antes de que el vertedero colapsara. Las paredes de un monte vaciado por el hombre y rellenado de su basura, convertido en un contenedor gigantesco en forma de vaso, se agrietaron. Dos desprendimientos simultáneos, aludes de residuos, descendieron por laderas opuestas. Uno hacia al pueblo de Ermua y el otro hacia el de Zaldibar. El primero arrastró la cabina de pesaje y atrapó a Alberto y a Joaquín. Eran las 16.05 horas del jueves 6 de febrero. Más de una semana después los dos siguen desaparecidos. El impacto ambiental es un enigma y la actividad de la empresa acabará en los tribunales. El juicio político nunca espera tanto: ya ha comenzado.

El primer agente de la policía local de Ermua que acudió al desprendimiento descubrió atónito que toneladas de desperdicios regurgitados por la montaña cortaban la autopista AP-8. Coches atascados en ambos sentidos y humo emanando de los escombros. "Pensamos que eso significaría que habría coches debajo. Trepamos y comenzamos a buscarlos". Minutos después, llegaron los bomberos y la Ertzaintza. Se descartó pronto que hubiera coches pero trabajadores de Verter Recycling, como Henrike, avisaron angustiados de que Alberto y Joaquín tenían que encontrarse justo en ese punto.

La alarma del amianto

A la una de la madrugada, cuando los equipos de rescate llevaban ocho horas tratando de hallar a los dos empleados, salió a la luz que entre los residuos había también amianto, un producto cancerígeno. Se detuvo la búsqueda. Todo aquel que hubiera entrado en contacto con el desprendimiento tenía que ducharse y meter la ropa en una bolsa precintada y enviarla a una empresa especializada en descontaminación. "A los ertzaintzas incluso les pidieron que metieran la pistola", añade un policía autonómico. Otros, como el agente municipal de Ermua, no se enteraron. Se marcharon a casa, dejaron ropa posiblemente contaminada por amianto en el cubo de siempre y se acostaron. ¿Por qué tardaron ocho horas en avisar de que había amianto?

Al despacho del alcalde de Ermua (PSE), Juan Carlos Abascal, se llega después de cruzar junto a un busto imponente de Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP que ETA asesinó en 1997 en un episodio que iba a cambiar el conflicto vasco. "El vertedero pertenece a Zaldibar", matiza Abascal, pero la zona habitada más cercana al desprendimiento es de Ermua, el barrio de San Lorenzo. "Que nosotros supiéramos, era un vertedero de residuos no peligrosos. Y nunca nos informaron de lo contrario", explica. Sin embargo, el ayuntamiento de Zaldibar sí tenía que saber que había amianto. El vertedero fue autorizado por la consejería de Medio Ambiente en el 2007. Pero el 4 de septiembre del 2013 hubo una segunda resolución -también publicada en el boletín oficial- que dio permiso a Verter Recycling para almacenar restos con amianto.

En esa escombrera con una capacidad para dos millones y medio de toneladas había unas 15.000 de residuos con amianto. Esto, se apresuran a subrayar desde el consistorio de Zaldibar (PNV), no significa que almacene esa cifra de amianto sino de escombros que lo contienen. Al alcalde del municipio al que pertenece el vertedero, José Luís Maiztegui, no le gusta la prensa, y limita el encuentro con este diario a una frase: "Estamos en estado de emergencia y quienes deben informar son los técnicos".

José Luís Maiztegui, el alcalde de Zaldibar.

El incendio

Un día después, con los equipos de emergencia ya debidamente protegidos, se retomaron los trabajos de rescate de Joaquín y Alberto. Al rato, otro obstáculo: los escombros entraron en combustión. Hace medio año, una inspección al recinto había detectado que dos de las chimeneas instaladas para desahogar el metano que genera la materia en descomposición estaban obturadas. Se investiga si eso pudo provocar una explosión interna. De lo que hay menos dudas es de que el colapso del 6 de febrero taponó todas las chimeneas y posiblemente por eso la basura arde. Siete días después, las discusiones sobre cómo combatir estas llamas por el riesgo de nuevos desprendimientos todavía siguen. Las llamas, también.

El lehendakari Iñigo Urkullu (PNV) tardó dos días en pisar el lugar de la tragedia y dos días más tarde, sin alterar sus planes, convocó elecciones para el mes de abril, invitando a la oposición a mojar pan en el desastre de Zaldibar. Los vecinos no lo comprenden. Tampoco que desembozar la autopista o construir un muro de contención hayan sido trabajos modélicos y, en cambio, encontrar los cuerpos de Joaquín y Alberto aparentemente no revista tal urgencia.

La solución de la crisis no está cerca. La vista del monte rodeado de toneladas de basura ardiendo no engaña. Agustín (78 años) vive en un caserío ubicado justo debajo del tramo de la autopista que invadieron los residuos. "Cada día veía pasar camiones y más camiones camino de la escombrera", recuerda para dar a entender que llevarse tanta porquería va a requerir mucho tiempo.

Agustín en su caserío, el más cercano al desprendimiento.

El impacto ambiental todavía se desconoce. Pero la desconfianza hacia lo que Verter Recycling pudo haber lanzado dentro de la escombrera aumenta. El Gobierno de Urkullu anunció en rueda de prensa el viernes que han detectado niveles altos de dioxinas -provocados por el incendio- y aconsejó a los habitantes de Ermua, Zaldibar y Eibar que cierren ventanas, no ventilen la casa y eviten practicar deporte al aire libre. Es más, el partido entre el Eibar y la Real Sociedad de este sábado por la tarde se tuvo que suspender para no correr riesgos.

Henrike, compañero de trabajo de Alberto y vecino de Markina, sigue sin poder olvidar que sin ese cambio de puesto él habría sido arrastrado en el desprendimiento y que Alberto seguiría vivo, en casa junto a su mujer y su hija. José Pablo, hermano de Henrike, ve que lo está pasando mal y que no podrá comenzar el duelo hasta que los equipos de rescate encuentren a Alberto y a Joaquín. La sobrina de Alberto, Helene, a través de un audio que manda por teléfono, agradece el apoyo de los vecinos y denuncia inacción por parte de las instituciones: "Estamos muy dolidos. Y enfadados".

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