25 de agosto de 2019
25.08.2019
Investigación

Yvonne O'Brien: veinte años de la noche del horror en el Port d'Alcúdia

La Guardia Civil se volcó en el caso e investigó a una decena de sospechosos, pero no halló al autor

25.08.2019 | 02:45

Uno de los crímenes más truculentos de Mallorca. El 30 de agosto de 1999 un tranquilo chalé del Port d'Alcúdia se convirtió en el escenario del horror. Su inquilina, una británica de 44 años, fue estrangulada con un cable, pero el asesino después le cortó los pechos, la destripó, le arrancó la mandíbula y le introdujo una pistola de juguete en la vagina. En la pared escribió con sangre "Amoor, paz y sexo" y el símbolo de la paz.

La escena parecía sacada de una película de terror. El cadáver yacía desnudo sobre su cama, en su pequeña casa del Port d'Alcúdia. Tenía anudado alrededor del cuello el cable del televisor con el que la habían estrangulado. Pero tras su muerte, el asesino había practicado un ritual macabro. Le había extirpado el hueso de la mandíbula, le había cercenado los pechos, la había destripado y le había metido un revólver de juguete en la vagina. En una de las paredes escribió con la sangre de la víctima "Amoor, paz y sexo" (la primera palabra con dos os), junto al símbolo de la paz. Toda esta parafernalia convirtió el asesinato de Yvonne O'Brien en uno de los más truculentos de la historia criminal de las islas. Era el 30 de agosto de 1999. La Guardia Civil movilizó sus mejores efectivos para arrestar al autor, aparentemente un psicópata, pero se encontraron con enormes dificultades. Hubo una decena de sospechosos, pero veinte años después, el crimen sigue sin esclarecerse.

"Es un caso que nos dejó a todos un regusto amargo", comenta Bartolomé del Amor, comandante retirado de la Guardia Civil que en aquella época, como teniente, dirigió al equipo de investigación del asesinato. "Tengo la sensación de que no tocamos la tecla correcta, que algo se nos pasó por alto. Aunque sinceramente, no sé qué más pudimos hacer. Trabajamos una barbaridad, durante meses estuvimos yendo cada día a Alcúdia, en jornadas de 17 horas, hasta la madrugada".

En aquella época del Amor no era ningún novato. Tenía 45 años y había investigado ya unos cuantos asesinatos. Dirigía además un grupo que integraba a veteranos con gran experiencia y guardias jóvenes, todos muy implicados. En los quince años que estuvo al frente de la Policía Judicial investigó decenas de homicidios. Pero nada comparable al caso del Port d'Alcúdia. "Es lo peor que he visto en toda mi carrera", comenta.


Yvonne O'Brien, en una foto tomada en el Port d'Alcúdia antes de su muerte.

Además del componente de sadismo, el crimen se vio marcado por la personalidad de la víctima, que complicó extraordinariamente las pesquisas.

Uno de los objetivos de los investigadores desde el principio fue descubrir quién era la víctima, qué relaciones tenía, quién podía tener motivos para matarla. Fue un terreno pantanoso desde el principio.

La casa del crimen


Yvonne O'Brien tenía 44 años y llevaba dos viviendo en el Port d'Alcúdia. Había estado casada en su país y procedía de una familia acomodada. Tenía un fondo de acciones y un administrador le enviaba cada mes una cantidad de dinero que le permitía vivir con holgura. Pero parecía haber huido de su vida anterior.

Era alcohólica, pero no era conflictiva y muchos vecinos la recordaban con simpatía. Se desplazaba arrastrando un carrito de supermercado en el que llevaba un aparato de música. Era habitual de varios bares, donde se relacionaba con los personajes más marginales del pueblo. Como tenía dinero y podía invitar a beber, siempre tenía a algún gorrón a su alrededor.

Vivía de alquiler en una pequeña casita, un anexo a un chalé de la calle Teodoro Canet. Allí fue asesinada en la madrugada del 30 de agosto. Y allí, en aquel escenario del horror, los investigadores se encontraron con las primeras dificultades.

"La casa era un desastre, un poco reflejo de la personalidad de Yvonne", recuerda el comandante del Amor. "Había mucho desorden y suciedad, lo que dificultó mucho la búsqueda de vestigios".

El crimen se cometió además antes de la revolución que supusieron las técnicas relacionadas con los restos del ADN. "Cuando llegó mi equipo", prosigue del Amor, "allí había entrado todo el mundo. Habían estado los dueños de la casa, que fueron quienes encontraron el cadáver, policías locales, los guardias del puesto. En aquella época no teníamos todavía el protocolo necesario para preservar la escena de un crimen. Estaba ya muy contaminado".

Comenzó entonces una tarea titánica de los investigadores. La inspección ocular se desarrolló a lo largo de tres días, en los que los agentes del laboratorio inundaron de polvo todas las estancias en busca de huellas dactilares. No encontraron ninguna que no fuera de Yvonne.

Se encontraron con que el asesino se había llevado el hueso de la mandíbula de la víctima y el cuchillo utilizado en la carnicería. Se revisaron todos los contenedores y cubos de basura de los alrededores, siempre con resultado negativo.


Retrato robot del hombre que fue visto siguiendo a la víctima.

En las semanas siguientes se tomaron declaración a decenas de testigos. Los agentes se encontraron con que una de las residentes en el chalé, que dormía pared con pared con la casa de Yvonne, había oído ruidos extraños, como si alguien entrase por la parte trasera del jardín, y cómo orinaban en el cuarto de baño de Yvonne. Por el ruido dedujo que era un hombre. Sin embargo, mantuvo que se había quedado dormida y no había oído nada más. Esta declaración contrastaba con la de unos turistas en un apartamento cercano, que habían oído una discusión entre un hombre y una mujer en la casa.

Esa madrugada, sobre las cinco media, Yvonne había sido vista por dos testigos distintos cuando volvía a su domicilio, ebria y empujando como siempre su carro de supermercado. Los dos recordaron que habían visto a un hombre sospechoso que parecía seguirla a escondidas. Sus descripciones permitieron realizar un retrato robot del sospechoso, pero no condujo a nada.

Relaciones peligrosas


Peor fueron las gestiones sobre el círculo de amigos y conocidos de la fallecida. Cuanto más escarbaban, más se enredaba la madeja. La mujer se relacionaba con los individuos más marginales de la localidad. Fueron examinados una decena de sospechosos de diferentes nacionalidades, muchos de ellos habituales de los bares a los que ella acudía.

Entre los sospechosos destacan tres, que habían mantenido relaciones con ella: Dennis C., británico, que le escribió cartas amenazantes cuando rompieron y firmaba "Un loco enamorado"; el alemán Peter T., que había protagonizado escenas violentas con ella; y el luxemburgués Gaston D., alcohólico que había salido pocos meses antes de un hospital psiquiátrico en Austria y vivía en la época en el Port d'Alcúdia. Todos fueron investigados y sometidos a vigilancia, pero no se pudo encontrar pruebas sólidas contra ninguno.

Veinte años después, el comandante del Amor sigue dándole vueltas. "Normalmente, cuando alguien comete un crimen, se marcha corriendo. En este caso el asesino mató a Yvonne y permaneció allí, quizá una hora, preparando toda aquella parafernalia. Es la reacción a sus complejos, probablemente de impotencia, porque Yvonne no había mantenido relaciones sexuales esa noche. Fue el momento, tras matarla, cuando se creyó el puto amo e hizo lo que quiso. Es la obra de un psicópata y estoy convencido de que no era la primera vez que hacía algo así".

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