Una familia entera vuelve a su casa el viernes por la tarde, en Son Banya, y se topa con el enorme operativo policial. Nadie puede entrar en el poblado y todo el que se sale es cacheado al milímetro. La familia se resigna y las mujeres echan mano de las mantas que llevan en el coche para soportar mejor la espera, mientras intentan averiguar desde la distancia a qué clan le ha tocado esta vez. En media hora, son ya una veintena los vecinos que esperan a que se levante el cerco. "¿Cuánto falta?", pregunta una mujer a uno de los agentes que bloquea la entrada. "Es que he dejado al niño solo, jugando a la pelota, y debe tener un pasmo... Le da mucho miedo la Policía", argumenta. El agente digiere la frase, arquea las cejas y da media vuelta. El mundo al revés.

En las calles de Son Banya, un centenar de policías toma posiciones para controlar la reacción de los vecinos mientras se llevan a cabo los 16 registros previstos. El helicóptero y su potente foco sobrevuelan la zona, mientras algunos agentes recorren los tejados por si alguien ha decidido deshacerse de la mercancía ante la llegada de la caballería.

La calle 4 es el epicentro de la operación antidroga. En el interior de las 16 viviendas allanadas, los agentes custodian a los moradores a la espera de que la comisión judicial la registre a fondo. "Lo que no puedo es negarme y que me lleven a comisaría", argumenta un hombre a su mujer, que desde la puerta, custodiada por un pertrechado policía, le anima a que oponga resistencia. En otra chabola sospechosa una pareja de jóvenes espera, ya esposada y sentada en un sofá, mientras un gallo pulula por el salón. Los agentes saben que cualquier lugar puede convertirse en un escondite. Ha aparecido droga en una viga y ni siquiera la ropa tendida se libra de ser inspeccionada.

Todo transcurre con calma. Son Banya se ha acostumbrado a este tipo de visitas. Lejos quedan aquellas revueltas, en las que la llegada de la Policía al poblado derivaba en un sucedáneo de Intifada con pedradas y barricadas. Ahora, a los vecinos solo les molestan los flashes de las cámaras y ahí aparece El Pelón, patriarca y alcalde oficioso del barrio, para dejar constancia de su enfado con la prensa. "¡Eso, eso, los gitanos fuera y los payos dentro!", grita a modo de protesta una mujer que no puede llegar a su casa.

Es viernes por la noche, quizá el momento de la semana con mayor afluencia de público en busca de una dosis de droga. Pero hoy no es un buen día para pillar en Son Banya. Tendrán que darse media vuelta y regresar a ese mundo en el que a los niños no les da miedo la Policía.