La foto contada
Las voces del verano

LA FOTO CONTADA | Las voces del verano: Cientos de personas disfrutan de una tarde de verano en Mallorca. / Xisco Alario / DMA
De todos lados llegan voces, comentarios, risas y preguntas en este verano eclipsado de mar tibio y andar lento. Hay conversaciones previsibles sobre el calor, el abandono del gimnasio, la dieta postergada, los proyectos inconclusos, la ansiada cerveza fría cuando cae el sol, los cursos innecesarios que vendrán en octubre para intentar cambiar la vida gris y ordinaria.
—¿Se sabe quiénes son los policías que hirieron a una veintena de manifestantes en la marcha contra la saturación turística? — pregunta una chica joven de pie en la playa, mientras su novio le cubre la espalda con crema para protegerla del sol.
Silencio breve, un «qué va» y besito en el cuello. Se valora la justa indignación de estas personas que en verano se relajan sin dejar las neuronas olvidadas en el tender de la coladuría. Entre tanto comentario juguetón al oído, un niño en bañador les extiende el brazo con una bolsa llena de chuches. La pareja sonríe, le preguntan cuál es su nombre, el niño se cubre la cara.
Un poco más aislados, metidos en su mundo de palabras y voces narrativas, está la fauna de los lectores. En general se ubican en zonas de la playa lejos del bullicio. Buscan refugio debajo de un árbol o aspiran a la sombra bondadosa de una construcción, como en Sa Rápita y Ses Covetes. Los más valientes se ubican con la silla debajo del sol y frente al mar, que les roza los pies con insistencia página tras página. Ellos disfrutan el ida y vuelta de la espuma fresca saboreando una metáfora, una descripción minuciosa, la arquitectura de un cuento perfecto con desenlace sutil.
«Un lujo hoy en El Molinar», le cuenta una señora a una amiga en un breve diálogo telefónico cómo va su día con el libro abierto sobre las rodillas, cuando poco a poco comienzan a rodearla otros vecinos y turistas recién llegados. De repente, un grupo de chicos con gafas oscuras extiende una esterilla rectangular sobre la arena. Apoyan sus neveras cargadas de tinto de verano, botellines de cerveza, hielo y bocadillos. Todos tienen el mismo corte de pelo, el corte del verano, hablan igual, caminan igual. También brotan los paquetes de patatas, los botes de humus y guacamole. Hay pocas servilletas, olvidaron los vasos. Se sientan con las piernas cruzadas. Hablan fuerte. Entre tanto un niño en bañador les extiende el brazo con una bolsa casi sin chuches. Ellos sonríen, le preguntan cuál es su nombre, el niño se cubre la cara y se va.
Enseguida el abanico de la conversación se abre y fluye entre el picoteo y el sonido continuo de las mandíbulas adolescentes que a veces impide escuchar frases inteligentes y olvidables. Hace calor y da pereza interrogar con un «¿Qué has dicho?» o un «¿Puedes repetir?». Entonces todo discurre con gracia y amabilidad porque son amigos y cae la tarde y porque siempre en estas situaciones se dicen las mismas cosas con pequeñas variaciones en las que todos están de acuerdo mientras el alcohol se agota de mano en mano y a lo lejos se oye la voz de un padre buscando a su hijo.
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