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La foto contada

El diario del eclipse, los hechos de la vida

LA FOTO CONTADA | Una pareja observa el eclipse total de Sol sobre las rocas en El Molinar.

LA FOTO CONTADA | Una pareja observa el eclipse total de Sol sobre las rocas en El Molinar. / Xisco Alario

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Palma

Ir, registrar, volver, contar. A narrar los hechos de la vida se dedica el periodismo. Y como en toda profesión hay días especiales y extraordinarios. A veces porque una situación repentina (un accidente de grandes proporciones) cambia de raíz el curso de la información, a veces porque asistimos a un fenómeno irrepetible (un eclipse total de Sol) que sobrecoge a cualquiera.

Por eso, cuando Xisco Alario se preparaba para captar esta imagen en El Molinar y los otros fotógrafos de Diario de Mallorca se ubicaban en otros sitios de la isla para hacer clic y conmovernos después, los trabajadores del periódico, que cubrimos el evento desde la sala de redacción el miércoles pasado, no quisimos perdernos el espectáculo prodigioso que los periodistas desplegados en Palma, la Part Forana, la Serra de Tramuntana y el litoral narraron en la edición digital y en la histórica edición impresa del 13 de agosto, el diario del eclipse, con una serie de crónicas, noticias, columnas, entrevistas, opiniones y reportajes.

Así fue como salimos del edificio, cruzamos la autopista y nos ubicamos en la explanada sobre el final de la Playa de Can Pere Antoni y el comienzo de Portitxol. Parecíamos una excursión escolar. En el momento previo, algunos compañeros conversaban de pie, otros hacían bromas, grababan videos y tomaban fotos cuando decidí comprarme una cervecita en la tarde calurosa poblada de gente ansiosa. Enseguida volví al grupo e hice un paneo general. Entonces mientras conversaba con Gabi Rodas, me reía con Virginia Torres, Lorenzo Marina y Amanda Rotger, hablaba de fútbol con Jaume Bauzà y Enrique Casanova o miraba la risa del piloto Mateu Ferrer, detrás de las gafas negras un poco absurdas, por un momento me aparté y me puse a pensar, traté de recordar, por qué era periodista.

Es difícil saberlo con certeza, pero una escena repetida de la infancia me transportó a mi primera casa en Buenos Aires. Mi padre, antes de ir a trabajar, todas las mañanas desplegaba el diario La Nación sobre la cama y parecía perderse en ese mundo de letras de varios tamaños, dibujos, infografías, recuadros y fotos. A veces se reía, también fustigaba, casi siempre negaba con la cabeza. «¡Qué país, querido, qué país!», solía decir, y yo sonreía a su lado, y daba vueltas las páginas una y otra vez sin entender demasiado por qué esa cantidad de hojas manchadas de tinta parecían tan importantes.

Pasaron los años y me fui a vivir a Suiza. En Ginebra, en 2016, cubrí a orillas del río Ródano, en el cementerio de Plainpalais, la ceremonia que recordaba los 30 años de la muerte del escritor argentino Jorge Luis Borges. Ir, registrar, volver, contar.

El resultado fue el primer texto que publiqué en La Nación, que al otro día por la mañana mi padre esperó como un niño pequeño detrás de la puerta. Al rato mi madre me envió por WhatsApp una foto desde Buenos Aires. Mi padre, sentado en la cama, con el periódico desplegado. Lo llamo por teléfono. Escucho un ruido, un silencio, la voz de mi padre que dice «no puedo» conmovido y emocionado, como si hubiera visto un eclipse total de Sol con sus compañeros de trabajo.

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