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La foto contada

Juntos a la Par

La foto contada | Juntos a la par

La foto contada | Juntos a la par / Xisco Alario

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Los juegos en casa, las risas y las peleas tras los juegos en casa. Los de mesa, de naipes, los inventados con disfraces, las caras pintadas, los pasatiempos más sencillos con papel, lápices y cartulinas. ¿Te acuerdas cómo era ese mundo precioso de descubrir palabras con pistas, adivinar acertijos, dibujar con fibras y pinturas, mancharse y mancharnos a propósito, con picardía y complicidad de hermanos?

Así todo. Y juntos. Como cruzar la calle, de la mano, hacia la casa de la abuela, donde habitaba un perfume definitivo, que con el paso de los años no volvimos a respirar, pero que podríamos reconocer al instante, como el sabor único de los entrecots jugosos con patatas fritas crocantes, ensalada de tomate y pan, el menú indiscutible de siempre que disfrutamos felices, al igual que los paseos por la plaza detrás de las palomas.

Caminamos muchos años juntos. También al colegio, hacia la casa de un amigo para jugar y pasar la tarde después del colegio. De igual manera no nos demorábamos al quiosco en busca de nuestras chuches, de álbumes de cromos y pegatinas. También compartimos los miedos de la noche. Cuando la casa se apagaba después de la cena, a veces una luz intermitente entraba por la ventana, o un sonido extraño, o comentarios lejanos de voces desconocidas. Y entonces me pasaba a tu cama y disfrutaba ese refugio amoroso entre tu cuerpo y las sábanas y nos tapábamos hasta arriba, abrazados y temerosos, y enseguida venían las risas, pero no muy altas y escandalosas para no despertar a papá y mamá, para no liarla parda juntos a la par. Así, poco a poco, nació nuestro lenguaje, un código compartido, una manera de llamarnos y tratarnos, una forma única y especial de entendernos, de comprendernos y conocernos. Era evidente, pero aún no lo sabía: mi infancia sin ti hubiera sido otra cosa. Tal vez más gris, poco colorida y regular, menos matizada. ¿Con quién hubiera aprendido a jugar, a compartir, a aburrirme, a pelearme, a esperar, a discutir?

Y vivimos también un sinfín de vacaciones de verano en la playa cuando el mundo era mar, risas, pecho al viento y bicicleta, bocadillos de jamón y helado de palito sin turismo de masas. Más adelante llegó la música, las salidas de adolescentes, fiestas compartidas, conciertos. Y nunca perdimos la intimidad y la confianza, pese a los años lógicos de distanciamiento, de vivir en diferentes países. Cada uno tomó su camino, desarrolló su vida, como quiso, como pudo, como todos. Vivimos amores, los años universitarios, empleos, problemas y siempre nos mantuvimos graciosos y valientes e interesados por Mallorca, cada vez más movilizada y atenta ante los embates contra el medio ambiente y la vivienda digna.

El sábado pasado tuvimos una cita de honor. ¿Cómo no reencontrarnos juntos a la par en un concierto de Los Atunos Rojos? Sátira política, punk y rock que oxigena sin medias tintas. Letras inteligentes como ¿Qué será, será de Mademoiselle Le Senne?, Welcome tu Tramuntana y Felive VI, entre otras, también hablan de esta tierra con amor, como un niño desde la platea jugando con su abuela viendo cantar a su padre.

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