40 aniversario
Puerto Portals abrió la discreta Mallorca al exhibicionismo
Cuarenta años después, el complejo auspiciado por Tomeu Sitjar para Klaus Graf con la oposición ecologista y el aval de la Familia Real en pleno define la apoteosis de la industria del lujo en la isla

Mario Conde recibe feliz y muy moreno en su velero Banesto, atracado en Puerto Portals. No desentona un detalle de su vestimenta ni de su discurso, mientras embauca a un tropel de periodistas de pantalán. De repente, irrumpe un fotógrafo al grito de:
-¡Ha llegado el Fortuna con el Rey!
«El Rey» era el único que ejerció de tal en Mallorca. Los periodistas huyeron en estampida del influjo del entonces presidente de Banesto, Conde aprendió en su soledad en qué consistía el escalafón. Y el único protagonista sólido de esta historia con dos personajes es Puerto Portals, solo allí podía escenificarse.
Puerto Portals no fue el pionero, pero tras los titubeos iniciales pasó por encima de Son Vida y del antiguo Club de Mar, que escondían las joyas de Mallorca con más celo que Zapatero. Tiene su guasa que el cartujo billonario Klaus Graf, un alemán refractario a la mínima exposición de su imagen, creara el recinto que abrió la discreta Mallorca al exhibicionismo, la religión más difundida del milenio. Si no ibas allí a ver, ibas a ser visto. No bastaba con atracar el yate en los puestos de la basura, había que plantarlo frente al Tristán estrellado por Michelin. En qué otro sitio montarías guardia durante horas para inmortalizar la llegada de Isabel Preysler con el marqués de Griñón, más adelante con Miguel Boyer. Y así sucesivamente.
Juan Carlos I dudaba de la preeminencia que la canalla periodística le otorgaba sobre el banquero de moda, cuando ambos se consideraban tocados por la inviolabilidad, blindados por sus yates con nombre de mujer en Puerto Portals. Un cortesano se dirige al Rey:
-Majestad, querría ser conde.
-Toma, y yo también.
Cuarenta años después, el complejo creado por Tomeu Sitjar para Graf con la feroz oposición ecologista y el aval de la Familia Real en pleno define la apoteosis actual de la industria de lujo en la isla, cifrada en el desembarco de Four Seasons, Sheraton, Hilton o Mandarin. Se trataba de superar a Marbella sin caer en el gilismo, un objetivo logrado en la edad de oro de Puerto Portals a la mallorquina, sin empeñarse. Mientras tanto, Gil y Gil la emprendía a mandobles con Joan Fageda por la supremacía costera en el Mediterráneo. El astuto presidente atlético quería un pedazo de las vacaciones mallorquinas de los royals.
El calado del Blue Legend de Javier de la Rosa le obliga a atracar en el dique exterior de Puerto Portals, en aquel agosto de 1993. Antes de subir al yate, contamos uno y quizás dos vigilantes poderosamente armados. Nos descalzamos protocolariamente, y accedemos junto al empresario sonriente a un salón de tales dimensiones que más de un hotel lo cambiaría por el propio. Las lámparas son gigantescas, alfombras de un palmo de grosor, «le he puesto mucha ilusión a este yate». Sentado ante un enorme cuenco repleto de caramelos o pastillas, el hombre de los kuwaitíes en España simultanea la entrevista con el Telenotícies Vespre de TV3. Y como los protagonistas son circulares, en pantalla aparece un personaje que le obliga a curiosear «¿a ver qué dice Mario? Nuestras relaciones son buenas, aparte de lo que se haya escrito». A continuación resolvemos el enigma mejor guardado de las vacaciones de los potentados en Mallorca. Es la hora de marcharse a escribir, pero el financiero teme a la soledad y nos implora:
-No os vayáis, quedaos un rato más.
Solo un extranjero con equipo ciclista, Teka, se hubiera atrevido a inventar Puerto Portals. No había fotos del impulsor, pero sí de su avión privado, uno de los primeros en España consagrado a un solo pasajero. Por entonces, Escarrer obligaba a sus hijos y ejecutivos a viajar en turista. Fluxá fue el primer hotelero con jet, que cedió al gigante de Sol Meliá para comprarse otro de mayores prestaciones. Ahora que los empresarios locales han adquirido nociones de cálculo para aprender que el lujo sale más rentable, cabe conceder que Graf lo vio primero.
El test PCR del éxito de Puerto Portals se cifra en el semblante relajado que confería a Leonardo DiCaprio, a Cristiano Ronaldo, a Claudia Schiffer junto a su madre Gudrun, aunque es cierto que Gwyneth Paltrow estaba enfurruñada cuando se dirigía al TM Blue de Valentino Garavani. Sin embargo, el selecto enclave jamás hubiera alcanzado su proyección sin una figura cenital, Juan Carlos I. Por motivos estrictamente comerciales, el Jefe de Estado decidió retirarle la supremacía incluso de su yate al entorno del Club de Mar donde residía su propio padre, para concentrarse en la brutal excavación llevada a cabo en la Costa de Calvià. Su delegado en las instalaciones era Miguel Arias, importado de Baqueira Beret y que tenía su base de operaciones en Flanigan. Sin perder nunca el sentido del humor:
-Enhorabuena, Miguel, tienes el restaurante lleno a finales de septiembre.
-Son clientes de atrezzo.
En efecto, es el mismo humor de Juan Carlos I, porque Arias no se separa del rey ni en la boda de Rafael Nadal ni en Abu Dabi. Y cuando la encogida Familia Real de Felipe VI quiere vengarse del patriarca, lo tiene muy claro. No han vuelto nunca a Puerto Portals, donde les pertenecía la mesa redonda del Flanigan que también albergó a Margarita Nájera o a Carlos Fuentes. Los herederos se han mudado al plebeyo Portixol, una cura de humildad.
Las enseñas de Portals eran Tristán, donde Florentino Pérez le regala Etoo a Joan Laporta, el Flanigan donde Pilar de Borbón privilegia a Zapatero sobre Aznar con un directo «este por lo menos escucha», y el Wellies donde las inigualables dicción y entonación de Geoffrey Kenion ambientaban su incursión en el tráfico de hachís junto a Howard Marks, tal vez el filósofo más importante de la Mallorca reciente.
Los pilares se tambalearon y Puerto Portals desfalleció. Hasta le colocaron un Cappuccino, que tenía al menos la virtud de que el fiscal Pedro Horrach pudiera relajarse de las exigencias de bregar contra la corrupción en un ambiente marciano. Y si la auténtica atmósfera del enclave la define Rod Stewart retozando felino bajo la toldilla de un yate, el único cierre posible de un repaso apresurado es la foto más relevante de la historia del puerto y aledaños.
En agosto de 1990 y de izquierda a derecha, Juan Carlos I en mangas de camisa parece apenas un palafrenero, frente a la pujanza encanecida de Raul Gardini y Gianni Agnelli, las cimas del poder italiano y europeo en la era del pelotazo. Ambos en manga corta, el padrone de la Fiat con todas las señales de su estilo, empezando por el polo que se monta encima de los pantalones. Se asoman al mar impávidos, ajenos al paso del tiempo en el único lugar posible, en Puerto Portals.
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